Ahora mismo estoy escuchando Stronger than Me, cantado por Amy Winehouse, como si estuviera viva, cuando ya está muerta. Falta la autopsia, pero nadie duda de que se le pasó la mano con las drogas el 23 de julio recién pasado. Era buenísima en lo que hacía. Su escuela fue el jazz y especialmente el soul, cuando lo que vendía era el pop y sus derivados. No le andaban con cuentos. La templanza no le acomodaba. La música y su voz en Back to Black embrujan, mientras habla del novio que parte con el pico mojado, y ella se va a negro, a tomar como enferma, a meterse adentro cualquier cosa capaz de reemplazar la realidad.

Mi sicólogo dice que las adicciones son siempre el sustituto de un amor perdido, sea el tipo de amor que sea. Los que han pasado por esas aguas aseguran que se busca sin tregua revivir la experiencia de la primera vez.

La mamá de su ex marido, Blake Fielder-Civil, que fue arrestado en marzo de este año y condenado a 32 meses de prisión por robo y posesión de un arma de fuego falsa, cree que su hijo “debe asumir parte de la culpa”. “No puedo decir si Amy consumía o no drogas antes de conocer a Blake. Eso es algo que nadie sabrá nunca. Pero creo, en mi interior, que Blake es responsable”. Dicho sea de paso, no le permitieron salir de la cárcel para ir a enterrar a Amy. Poco antes, Georgette, expresó su temor de que Blake se “suicidara” al enterarse de la tragedia.

Él reconoció haberla introducido en el consumo de crack, heroína y cocaína. Debe haber sido un amor tan insoportable como novelesco, siempre y cuando se piense más en Breston Ellis que en Madame Bovary. En todo caso, los amores novelescos son por definición poco recomendables para la realidad cotidiana. Quien fuera la siguiente pareja del convicto, declaró: “Está devastado y roto. Simplemente no puede soportar que ella esté muerta y no volver a verla. Blake es el padre de nuestro hijo. Pero lo vi con Amy y sé que estaban enamorados y que eran almas gemelas”.

Amy hizo el loco varias veces. Por internet circulaban videos que la mostraban en estado calamitoso. Los paparazzis se daban banquetes con ella, pero a ella parecía no importarle. Optó por el carerajismo, como buena rocanrolera que terminó siendo, por mucho que algunos sostengan que su desenfado tenía más de música negra que de sicodelia auténticamente occidental. No por nada se la incorporó sin tardanza al grupo de los 27. Por muy trillado que esté el dato, que varios de los genios de la música contemporánea hallan muerto a esa edad, reventados por sobredosis, no deja de ser inquietante. Desde el mito de Marilyn Monroe se ha optado por responsabilizar a la fama, la prensa y las vidas de fantasía de la muerte de estos íconos. No son pocos los casos en que debe haber sido así.

En el videoclip de Tears Dry on Their Own, en todo caso, Amy pasea por Candem, el barrio londinense donde vivió hasta su muerte, y las prostitutas y travestis y maricas no se hacían precisamente a un lado cuando pasaba, sino que muchos, más bien, le daban con el hombro. La explicación, en todo caso, es tranquilizadora. Resulta demasiado insoportable aceptar la idea de que en los excesos hay también un camino de conocimiento. No de perfección ni nada parecido, muy por el contrario, un camino al que nadie invitaría a su hijo, pero a través del cual asoman aspectos alucinantes del ser humano.

Supongo que algo tiene que ver el descenso a la fragilidad. La voz de Amy Winehouse denota sinceridad pura. Si es una gran artista, es porque no escondió ni disimuló nada. ¿Por qué declara en Rehab que no quiere rehabilitarse? ¿Por qué lo hace con ese desdén capaz de desmoronar cualquier discurso bien pensante? ¿Qué vio allá, en el extravío, que la llevó a volver una y otra vez, despreciando incluso el ruego de sus padres? Fue la más desordenada de todos. Pudiendo ser princesa, eligió una vida de perro, y cantó como los dioses.