La tragedia de un espalda mojada chileno

La tragedia de un espalda mojada chileno

Sergio Mundaca Arancibia es uno de los 30 chilenos que permanecen encerrados en cárceles de ciudades fronterizas mexicanas, acusados de intentar pasar ilegales a Estados Unidos. En octubre de 2004 fue detenido junto a otras siete personas, una de las cuales transportaba éxtasis y cocaína, y hasta hace un par de semanas nadie sabía a dónde había ido a parar. Ahora ya se sabe: está preso en el estado fronterizo de Tamaulipas. Cuando contó a sus amigos porteños que sería un “espalda mojada”, le preguntaron si estaba mal de la cabeza. En la zona, conocida como el Corredor de la Muerte, han muerto casi diez mil personas.
Dos chilenos perdieron la vida ahí y tres están desaparecidos. Viajó con la ilusión del sueño americano. Ahora sólo quiere volver a Valparaíso. Pero su caso recién comienza: tiene que probar que la droga no era suya.

En agosto del 2004, un mes antes de que Sergio Mundaca viajara a México, el diario La Cuarta publicó una crónica firmada por el corresponsal chileno en Estados Unidos Miguel Ángel Morales. Se titulaba “Chilenos mueren o se van en cana tratando de ser gringos” y en ella se informaba de la desaparición de tres chilenos y de la muerte de otros dos que intentaron ingresar ilegalmente a Estados Unidos por la frontera mexicana.

El Camino del Diablo lo llama en su nota el periodista, que estuvo en la zona y fotografió una banderita chilena enterrada en el desierto de Arizona. Hay de varias nacionalidades, pero la tricolor marca el lugar en que Manuel Berríos Angulo, porteño de 35 años, perdió la vida en 2000.

Manuel había sido abandonado a su suerte en el desierto, sin agua, sin papeles, como otros cientos de inmigrantes ilegales que hacen tratos con coyotes. “Pero sus trágicos finales -se lee al final de la nota- no han mermado las ansias de otros chilenos por conocer Estados Unidos. Aún existen quienes intentan conseguir el ‘sueño americano’ de la peor forma: a través del fatal corredor de la muerte”.

Sergio Mundaca no leyó la noticia del diario La Cuarta. Pero sí veía televisión y esa noche de septiembre, días antes de dejar el país, vio un reportaje en el que se narraba el caso de Claudio Valdés Larenas, también porteño, de 26 años, que en 2001 corrió la misma suerte que Manuel Berríos. Nadie ha clavado una banderita por Claudio. Su cuerpo permanece en el cementerio de Los No Olvidados, cercano al poblado de Sarita, Texas, donde llegan los cadáveres de inmigrantes ilegales que no son reclamados.

Sergio vio el reportaje junto a uno de sus amigos del grupo rockero porteño Ocho Bolas, donde participaba como un integrante más de la banda, oficiando de roadie, asistente, técnico, jefe de seguridad y extra. Su corpulenta figura aparece en el video del tema Décimas del Roto Chileno.

-Eso fue unos días antes que se fuera- recuerda el guitarrista de Ocho Bolas, Rienzi Nahuel, que advirtió a Sergio del peligro que corría al querer atravesar el Corredor de la Muerte. También lo alertó el bajista Jorge Vega, que había vivido en Estados Unidos y sabía cómo era la cosa allá. Los otros dos músicos del grupo porteño, Jesús y Pedro, voz y baterista, le preguntaron si estaba mal de la cabeza, “que pa’ qué iba a hacer huevás”.

Pero no había caso. Hacía tiempo, años, que Sergio transmitía con que iba a entrar de ilegal a Estados Unidos por la frontera mexicana. “Me voy a ir, van a ver, me voy a ir”, amenazaba.

Su hermano mayor, Luis, lo hizo hace casi diez años. Y había vuelto a hacerlo un par de veces más. Vivía ilegal en Houston y le había metido la idea en la cabeza a su hermano. El plan de Sergio era reunirse con Luis, trabajar algunos años y volver con la plata para montar un estudio de grabación. Era su sueño, y en Valparaíso, con un título de técnico en construcción en el DUOC que no le había servido más que para lucirlo en la pared, estaba condenado a seguir soñando.

Por eso volvía a lo mismo. “Me voy, me voy”, repetía. Hasta que se fue.

Hubo varias despedidas, la principal en su casa del Cerro Barón, y hasta la última noche, ya sólo por molestarlo, porque Sergio tenía los pasajes comprados y las maletas hechas, sus amigos le decían: “No te vayai, guatón, qué vai a ir hacer allá”. Y el otro contestaba: “A ganar plata”.

Esa noche de septiembre fue la última que lo vieron su familia y sus amigos.

Desde entonces, y hasta dos semanas atrás, nunca más se supo de él. Su familia lo encargó a la policía, a los consulados, a las organizaciones de ayuda de inmigrantes y contaron su historia en diarios locales. Hicieron todo lo que pudieron y quedaron donde mismo. A Sergio, como a tantos otros que intentan cruzar la frontera ilegalmente, se lo había tragado la tierra. O el río.

Droga en la frontera

En la policía de inmigración de México y Estados Unidos a la familia le dijeron lo que dicen siempre en estos casos: si no aparece en cinco días, delo por muerto.

Había transcurrido mucho más que eso, un año exactamente, cuando Doris Mundaca, hermana de Sergio, fue contactada hace un par de semanas por un abogado mexicano que estaba colaborando en la búsqueda. Por medio de un chat le informó que había encontrado a su hermano en una cárcel de la ciudad de Matamoros, en el Estado fronterizo de Tamaulipas.

Ingresó como indocumentado y, por un error de taquigrafía, quedó registrado con otro nombre. Por eso costó tanto dar con él. Se lo acusa de transgredir las leyes de inmigración. Pero eso no es nada al lado de lo otro. Según Miguel Ángel Morales, corresponsal y activista de Chilenos al Rescate, organización que se encarga de asistir a inmigrantes en Norteamérica y que ha colaborado en el caso, Sergio cayó detenido cuando viajaba en una camioneta junto a un grupo de siete personas, en su mayoría centroamericanos. A uno de ellos, que no es el chileno, se le requisó droga.

-Éxtasis y cocaína -dice Morales al teléfono desde Estados Unidos-, y por eso, que es un delito grave, te pueden dar hasta 30 años de cárcel.

Sergio Fernando Mundaca Arancibia ya lleva un año detenido. El proceso judicial está abierto, y por estos días, a través del abogado mexicano que dio con su paradero, intenta probar que no tiene nada ver con la droga ni con los otros espaldas mojadas. Ya tiene su pasaporte de vuelta y en el tribunal que lleva su caso espera exhibir su papel chileno de antecedentes, que está limpio. La estrategia judicial apunta a conseguir sólo una condena por transgredir las fronteras y lograr su expulsión.

Por lo pronto, por recomendación del abogado mexicano, la familia decidió mantener las gestiones en reserva. No quieren alertar al gobierno chileno ni a organismos internacionales. Menos a la prensa. Temen que el caso judicial se complique si cobra notoriedad en México.

Soy electrónico

Eloy Caviedes, la calle de Cerro Barón donde Sergio Mundaca nació y vivió hasta un año atrás junto a sus padres, es una república independiente en Valparaíso. Ahí, donde comienza la quebrada Cabritas, frente a Cerro Placeres, no es la mejor vista para ver los fuegos artificiales. Pero quién los necesita en ese barrio. Para Año Nuevo, Navidad y Dieciocho la calle se cierra y los vecinos se lanzan a celebrar por su cuenta. En esas fechas Eloy Caviedes es una fiesta, pero la última que reporta el calendario fue distinta a las otras. Sergio, más conocido en el barrio como Feña –Fernando es su segundo nombre- o Pepe por Pepe Tapia, como lo apodó su hermano, era el encargado de la música.

-Fue un Dieciocho triste, por primera vez no se hizo nada acá -cuenta Cristián Valencia, cuñado de Sergio, que ha llevado la vocería en la familia. Su casa está casi frente a la de Sergio y se distingue del resto por un letrero que cuelga de una reja. “Hay pan”, se lee a la entrada del único almacén del barrio. Cristián y su esposa Diana se turnan para atenderlo, que cien pesos en dulces, que medio kilo de pan, un cuarto de mortadela, medio de azúcar. Se lo pasan el día en eso, viven de eso, y ahora que Sergio no está, si algún equipo falla en la casa hay que pagar por arreglarlo.

-Ése era su fuerte- dice Cristián, sentado frente al computador que le instaló su cuñado.

-Nunca estudió electrónica ni nada que tenga que ver con eso, pero tenía una habilidad innata para arreglar cualquier equipo que cayera en sus manos. A veces los cabros le traían una consola, un computador con algún problema, y él lo desarmaba entero y al rato lo armaba y lo tenía funcionando de nuevo.

Una de las últimas cosas que hizo antes de irse fue a ayudar al guitarrista de Ocho Bolas a montar un estudio de sonido en su casa. ¿Dónde aprendió a hacer eso? Con práctica y estudios por correspondencia. Su madre, Doris Arancibia, guarda los catálogos de electrónica que le siguen llegando a su hijo menor desde Estados Unidos. Ya cuenta siete u ocho sin abrir. Ella no sabe bien en qué momento aprendió inglés, pero aprendió.

-Lo que pasa es que el Sergio es rebelde, informal, le gusta hacer las cosas a su modo. Él no entendía por qué tenía que estudiar algo que no le iba a servir en la vida -dice Cristián, concediendo que en el Liceo 3 de Hombres de Valparaíso, donde estudió su cuñado, no había muchas cosas que creyera útiles. Empezando por el uniforme. Lo detestaba. Cuando por fin egresó, después de mucho batallar, una sola vez transó con la corbata: en la foto de bautizo del hijo menor de Cristián y Doris, en la que ofició de padrino, se lo ve impecable, serio, de tenida formal y peinado a la gomina.

Hay otra imagen excepcional en su vida y se encuentra en la página de Internet en que se reporta su desaparición. Bajo el llamado “Ayúdanos a encontrar a Sergio Fernando Mundaca”, éste aparece con el pelo corto y bien afeitado. También aquí se ve serio, de ceño fruncido, más bien preocupado. La foto fue tomada en el aeropuerto de Santiago, minutos antes de embarcarse a México, y es una de las últimas que se conocen de él antes de que cayera detenido.

El últino llamado

Llegó a México, eso es seguro. Llamó por teléfono desde allá, dijo que estaba bien, que pronto cruzaría, que divisaba el río Grande, frontera natural entre México y Estados Unidos, en la que debutaría como espalda mojada. Pero ese río, comentó con cierto alivio, apenas daba para mojarse los tobillos. Parecía un buen comienzo: Sergio no sabía nadar.

No fue ese el último llamado. El 23 de octubre de 2004, justo un mes después de su partida de Chile, habló con su cuñado. Le contó que estaba bien, que había cruzado la frontera y que se dirigía rumbo a San Antonio, donde lo esperaba su hermano Luis. Está claro que no se encontraron y probablemente nunca cruzó la frontera. De lo contrario habría terminado entre los cerca de 140 chilenos que permanecen en cárceles de ciudades fronterizas del sur estadounidense, acusados de transgredir las leyes de inmigración.

Del otro lado, en México, hay poco más de 30 en la misma situación, pero esos lo pasan peor, explica Miguel Ángel Morales.

-Allá opera otra cultura, la del soborno. Todo se compra y se paga. Si quieres información por un detenido, pagas. Si quieres una ayuda judicial, eso tiene otro valor. Y si estás dentro de un CERESO (Centro de Rehabilitación Social), como se les llama eufemísticamente a las prisiones federales de las fronteras mexicanas donde llega lo peor de lo peor, desde asesinos a violadores, y donde lamentablemente está Sergio Mundaca en este momento, más vale que tengas dinero fresco. Ahí se paga por el agua, por la comida y el colchón. Él lo ha pasado muy mal. Ha perdido veinte kilos.

Miguel Ángel Morales colabora hace ocho años en la búsqueda y asistencia de chilenos en ambos lados de la frontera. Estuvo tras la pista de Miguel Berríos Angulo y Claudio Valdés Larenas, los dos porteños encontrados muertos en 2000 y 2001. Hay desaparecidos tres más -Luis Castillo Argandoña, Marco Antonio Fernández y Miguel Fernández Castillo- a los que no le da esperanza de vida. Y aparte de los que están presos de un lado y otro, reporta el caso de una centena de chilenos que vivió experiencias traumáticas al cruzar la frontera. Esos están vivos, pero muy a mal traer.

-En Chile no le han tomado el peso a lo que está pasando acá -se queja Morales.

-En la organización asistimos a más de cien chilenos, hombres y mujeres, que han sido violados y sufrido vejaciones horribles de parte de la mafia de los coyotes. Esta es tierra de nadie, y cuando te has confiado a uno de estos tipos que se ofrecen a cruzarte por dos mil dólares, sacan un arma en el medio de desierto y te dicen: ‘Oye, cabrón, hijo de la chingana, me das mil dólares o te mato aquí mismo’. Así funciona la cosa acá.

En Santiago, la Cancillería no maneja las cifras de los chilenos detenidos por inmigración ilegal en las fronteras de México y Estados Unidos. Las cifras -advierte Eduardo Bonilla, director de Servicios Consulares de la Cancillería- pueden resultar imprecisas: tal como ocurrió con Sergio Mundaca, hay muchos otros casos de chilenos que ingresan a las cárceles sin documentos o bien sus nombres no siempre quedan correctamente registrados. También, explica Bonilla, los detenidos pueden acogerse al derecho de la privacidad y no informar de su reclusión.

Como sea, a diferencia de Miguel Ángel Morales y los activistas de Chilenos al Rescate, el funcionario diplomático no ve un motivo de alarma en los casos de chilenos detenidos en las fronteras de México y Estados Unidos.
-Vemos estos casos como hechos aislados, particulares -pondera Eduardo Bonilla.

Dos videntes

Cuando se perdió Sergio Mundaca, sus familiares y amigos hicieron todo lo que se supone hay que hacer en esos casos. Pusieron una denuncia en Investigaciones y en la Fiscalía; contactaron a la Cancillería chilena; golpearon las puertas de políticos; acudieron a los medios; a agencias internacionales y hasta a videntes. Ninguna de estas gestiones, con excepción de la última, derivó en un mínimo avance.

No fue uno, sino dos los videntes consultados por amigos de la familia, y ambos coincidieron en que Sergio no estaba bien, pero estaba vivo, y había que buscarlo en México. Eso ya era algo, una esperanza, una señal, y la madre de Sergio, que a esa altura creía mucho menos en la ciencia que en lo sobrenatural, se vio tentada de acudir a la vidente de Chimbarongo. Pero se abstuvo: Doris Arancibia temía que le dijera lo que no quería escuchar.

Prefirió seguir la pista de una quiosquera de calle Errázuriz, en el plan del puerto, de quien escuchó decir que su sobrino había pasado por algo similar a lo que podría haberle ocurrido a Sergio. O algo mucho peor. Ese otro muchacho había permanecido siete años detenido en México sin que jamás haya podido comunicarse con su familia en Chile. Un día, cuando ya lo daban por muerto hace rato, llegó solo de vuelta a su casa.

Doris quiso contactarse con el muchacho. Quería saber cómo había sido su experiencia, si había conocido o escuchado hablar de otro chileno. Pero le mandaron a decir que eso no iba a ser posible.

-Decían que el muchacho había quedado muy afectado. No salía de su casa ni hablaba -cuenta la madre de Sergio.
-Cuando estás en una situación así, eres completamente influenciable, te compras cualquier cosa, vas a todas -dice Cristián Valencia.

Clave: ocho bolas

La noticia la dio El Mercurio de Valparaíso. Enterada de que la familia de Sergio había dado con una pista de su paradero, una periodista de ese diario fue a instalarse a la casa de Cristián y Diana en el Cerro Barón. Era la tarde del miércoles 26 de octubre y los encontró sentados frente al computador, chateando con el abogado mexicano. Éste aseguraba haber ubicado a un muchacho parecido a Sergio, aunque bastante más flaco y a mal traer. Para cerciorarse de que era la persona que buscaba, el abogado le preguntó si recordaba el nombre del grupo con el que colaboraba en Valparaíso.

-Ocho bolas-, respondió, automático.

“De acuerdo con la información enviada por el abogado que tomó contacto con el muchacho -publicó el diario al día siguiente- Sergio, tras ser detenido, quedó en estado de shock, razón por la que olvidó todos los números de teléfonos de la familia y sus amigos”.

Peter, baterista de Ocho Bolas y amigo de Sergio, se enteró el mismo día. Es profesor de inglés y ese miércoles por la tarde, cuando sonó su teléfono celular, estaba en una misa de aniversario del colegio donde hace clases. Era Jorge, el bajista, dándole la noticia.

Peter se puso eufórico, quería abrazar a todo el mundo, hasta al cura, que sacó sus conclusiones:

-Ves, hijo -le comentó al baterista-, otro milagro del Padre Hurtado.
El milagro es que el disco de Ocho Bolas, que saldrá en diciembre con el título de Chaquetas Sucias, se haya retrasado en la imprenta. Hasta ese miércoles en la carátula se leía “En Memoria de Sergio Mundaca”. Ahora dirá “Dedicado a Sergio Mundaca”.

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