"Me peino así desde que tengo 22 años"

“Me peino así desde que tengo 22 años”

No se salte esta entrevista. Bélgica Castro interpreta magistralmente a una octogenaria con principios de alzheimer en “Gatos viejos”, de Pedro Peirano y Sebastián Silva. Figura legendaria del teatro y el cine chileno, inteligente y divertida, entrega acá su receta para llegar a los 90 años “vivita y coleando”. Y habla de sus lecturas, de su odio por las teleseries, de las marchas pasadas a lacrimógenas, de la estupidez de Piñera y de la estupidez de los actores.

Fotos: Alejandro Olivares

El día de esta entrevista Bélgica Castro (90) iría al cine El Biógrafo a ver “Copia Certificada” con su esposo Alejandro Sieveking. Pero se echó a perder el ascensor de su edificio. Una pesadilla para la actriz, que tiene más de cien obras de teatro en el cuerpo. Por un problema en su cadera, bajar o subir las escaleras puede transformarse en una odisea. La situación de ese día revive por momentos las escenas de “Gatos viejos”, la película del dúo Peirano y Silva donde ella es la protagonista junto a su marido y sus dos gatos, Támara e Iván (que murió este año). En el filme, Bélgica interpreta a una señora de 80 años que no puede salir a la calle si se echa a perder el ascensor. Es como si el fin del mundo la esperara tras la puerta. Y eso mismo le pasa la tarde de la entrevista. Pero, al igual que en la película, Bélgica no se echó a morir y se las arregló para bajar los ocho pisos y no aguar el panorama.

Que se le eche a perder el ascensor a menudo y todo lo que conlleva ese desperfecto para su vida cotidiana sirvió de puntapié inicial para que los realizadores armaran esta película pensando en Bélgica. “Ya estoy acostumbrada a cuando se echa a perder. El problema no es tanto bajar las escaleras, sino subirlas. Ahí se pone complicado”, dice la actriz.

Por eso mismo el set de “Gatos viejos”, que se estrena hoy jueves en todos los cines del país, está en el mismo departamento que Bélgica comparte hace décadas con su esposo. Para que fuera más real. Y tan real fue que el ascensor terminó por averiarse durante las filmaciones.

La película tiene otras escenas complicadas para usted, como esa donde debe subir a pie el Santa Lucía...
-Sí, pero menos mal que lo del cerro no fue nada. Hay una escena donde me mojo en una pileta. No sé nadar y le temo mucho al agua. Imagínate que me tuve que meter debajo del agua. ¡Y la filmamos cuatro veces! Fue una aventura realmente... Es raro que el set sea donde tú duermes. Es muy especial.

¿Cómo fue prestar su casa para una filmación?
-Terrible por momentos, pero muy atractiva. Fueron 16 días. Desde las siete de la mañana a la siete de la tarde circulaba gente. A veces era medio terrorífico.

¿Por qué?
-A veces aún no nos levantábamos y tocaban el timbre. Y teníamos que bañarnos entre medio de los técnicos que andaban por aquí.

Usted en la película interpreta a una señora que se está volviendo loca.
-Es súper interesante. Esta señora con mal carácter tiene problemas terribles con la hija, que es conflictiva también, un espanto de persona.

A ratos parece que usted en la película se estuviera interpretando a sí misma.
-Sí, porque no estaba caracterizando a nadie más que a mí: una señora de la edad mía. Lo único distinto es que tengo el pelo para atrás.

Y no la chasquilla que la caracteriza.
-Claro. Me peino así desde que tengo 22 años.

¿Por qué no lo ha cambiado?
-Es lo más cómodo. Tengo el pelo endemoniadamente liso. Y no me hago permanente ni nada. Mi pelo siempre ha sido así. Lo único que hago es teñírmelo. Ya ni siquiera sé de qué color lo tengo.

LOS NOVENTA
¿Cuando joven imaginó que llegaría a los 90 años?

-No. Nunca pienso en el futuro. Vivo el día a día. Ahora, a los 90 años, tienes que saber que te vas a morir en cualquier momento. Mi mamá murió a los 78, mi papá a los 60. No tengo antecedentes de longevidad. Todos mis hermanos se murieron hace tiempo. Pero no me preocupa la muerte. Nunca me preocupó. Y eso que he estado muy enferma. Cuando tenía 24 años me dio una bronconeumonia terrible, que se transformó en una pleuresía y después en tuberculosis. Y se me pegó en una vértebra, que se deshizo. Y quedé inmóvil durante tres años con un yeso terrible. Y, fíjate, ahora estoy vivita y coleando. Después me pasaron otras enfermedades, debí operarme de una cadera. Bueno, a todas las mujeres cuando pasan los 70 años las caderas se empiezan a desarmar.

Ahí se acordó de la edad.
-Sí. Ahí uno dice qué espanto es la vejez...

¿Cuál es su receta para llegar a los 90?
-No sé. He sido todo el tiempo muy energética, animada, con la cabeza siempre ocupada. Si me proponen algo y me parece bien, rápidamente empiezo a pensar en eso. Y no hago malos textos. Eso es lo que más te salva la cabeza. Por eso no hago tv, porque tiene muy malos textos. La última vez que hice tv fue antes del Golpe. Y de ahí nada más.

Pero actuó en La Recta Provincia, de Raúl Ruiz, exhibida en TVN.
-Pero no era pensada para la tv. Y se hizo muy cuidadosamente. Me enteré que se pasaría por televisión al quinto día que estábamos grabando. Lo peor es que la daban como a las dos de la mañana. Pero así es el criterio de la televisión. Los dueños de las televisiones o los que mandan lo que quieren es que haya mucho público mirando. Y para eso dan basura. Pero tienen que hacer algo que parezca cultural, porque tienen un compromiso... Entonces, dan 95% de estupideces y un 5% o menos de cultura y a una hora que nadie ve.

¿Y la llaman de la tele para que participe?
-Los directores de teleseries se cansaron de que no los pescara.

¿Y qué les dijo para que se cansaran?
-Una vez tuve una conversación por teléfono con una directora del 7, que me insistía para que actuara. Le dije que de ninguna manera actuaría, porque mi consistencia como actriz era haciendo cosas muy buenas con muy buenos directores... Incluso me ofreció pagarme cuatrocientos millones al año.

Mucha plata.
-¡Un horror! Y me dijo “haz la cosa y te vas a Europa”. Y le respondí: “No me voy a poder ir a Europa”. “¿Por qué no?”, me dijo. “Porque cuando vea el primer episodio me voy a tirar por el balcón”. Y nunca más llamó. Después otros me han insistido. Y lo mismo les respondo.

¿Y su rechazo a las teleseries lo dice con conocimiento de causa? Es decir, ¿ha visto alguna teleserie?
-No. Apenas veo un pedacito me doy cuenta de lo que es. Y converso con mis amigos, que trabajan en tv, y me dicen que lo más importante de todo es que no se vea el micrófono, los enfoques, la iluminación que suele ser horrorosa. Y nada más. Los textos son estúpidos, vergonzosos. Y tienen elementos tan básicos y plásticos para traer mucho público, que es lo más peligroso que hay.

¿Por qué?
-Hacen cosas cada vez más baratas intelectualmente. Están echando a perder el pueblo, al país. Están bajando cada vez más la manera de pensar de la gente y sus capacidades intelectuales. Cuando apareció la tv y se hicieron las primeras cosas en los años 50, uno estaba feliz porque decía “mira qué maravilla, es un camino hacia la cultura”. Uno la veía como una manera de cultivar a una gran cantidad de gente, pero ahora es todo lo contrario: estupidizan a la gente. No quiero participar en eso.

Y de comerciales, como de AFP, ¿no la han llamado?
-No.

Julio Yung hizo uno, por ejemplo.
-A la gente que está en tv no le importa eso... Mira, sé que soy una persona rara.

¿Por qué?
-No me gusta ser rica. Claro, es fantástico ser rica porque uno puede viajar, pero estaría vendiendo mi alma al diablo. Y no puedes hacerlo. No puedes prostituirte.

¿Por qué dice que no nació para ser rica?
-Aprendí a actuar con el principio de mejorar el país. Fui una de las fundadoras del Teatro Experimental, que pretendía que el teatro perteneciera a la rama del arte, que fuera una cosa distinguida, que se pudiera comparar con una orquesta sinfónica. Y durante mucho tiempo fue así.

Ahora las escuelas de teatro forman a actores para que sean famosos.
-Pero la fama es emífera, como bien dijo Zamorano. Si quieres dedicarte al teatro, no tienes que tener ninguno de esos objetivos, sino hacer algo bueno como lo haría, por ejemplo, un escritor como Nicanor Parra, que no escribe para el público. Estos comentarios la gente no los entiende. Dicen que soy muy pesada. Porque rechazo las cosas. Para qué, si podemos vivir con lo que ganamos.

Aparte que con la plata del Premio Nacional, le debe alcanzar demás.
-Es una gran ayuda.

Ese premio se lo dieron a los 75 años...No fue tan tardío, como a Nicanor Parra, que le dieron el Cervantes a los 97.
-No. ¡Qué horror! ¡Qué vergüenza! Y le dan primero a Jorge Edwards, ¿cómo es posible? No, no, Jorge Edwards es un buen escritor, una persona que tiene mucha preparación para eso, pero no es un gran novelista.


LAS MARCHAS
En su juventud, ¿salió a marchar?

-No se hacían manifestaciones en la calle. Si había algún problema, se citaba a reuniones. Se consiguieron cosas buenas en esos años. Fui de las primeras mujeres que se inscribió para estudiar en la universidad, cuando era gratis y no existía el lucro. Eso mismo me gustaría que sucediera ahora. Que el pueblo pudiera educarse gratis. Estas manifestaciones me recuerdan a la dictadura.

¿Por la represión?
-La represión policial es inverosímil. Hay una cosa de imposición, de falta de consulta.

¿Y ha ido a las marchas?
-Yo iba sola a apoyar a la Gladys Marín. Mis papás eran anarquistas y eso se me fue quedando. Soy izquierdista, pero nunca he militado por ningún partido, tal vez me falta carácter para eso... Pero siempre he ido a las marchas, ahora no, porque sería mucho pedirme. Me moriría de cansancio. Tendrían que llevarme en un carrito. Pero me asomo por la ventana, aunque el olor de la bomba lacrimógena es para morirse. Me acuerdo de una marcha inolvidable que hubo antes del Golpe.

¿Cuál?
-Una del 4 de septiembre del 73. Estaba toda la familia reunida. Fue fantástica. Todos felices. Nada de violencia. En cambio, las marchas de ahora son bien especiales. Son bien organizadas, pero cuando van terminando aparecen los encapuchados. ¿Cómo que aparecen? ¡Son gente contratada! Los encapuchados son inventos recientes, pero ¡qué horror! Ni siquiera en las marchas, cuando la dictadura se estaba yendo, había encapuchados. La gente mostraba su cara.

Usted es anticatólica.
-La religión católica es un desastre en este país. Toda la clase alta son católicos de misa diaria, pero después andan haciendo lo contrario. La religión está metida en todos lados, es cosa de leer El Mercurio. Más encima ¿qué cara tienen después de lo de Karadima? Es una patudez.

EL CINE CHILENO
¿Cómo ve a la Concertación?

-Son personalistas. Eso es lo que mata a la gente. Cada partido tiene una persona que se dice ser el jefe de todos y eso es una barbaridad. Es como una enfermedad. Si no nos juntamos y nos unimos, no llegaremos a ningún lado. Si se pelean entre ellos, no.

¿Qué le parece Piñera?

-No es nadie. Es inverosímil. Si hasta cualquiera de los estúpidos ministros que tiene son un poquito más inteligente que él. Si él es imposible. Es una vergüenza. No sabe nada de nada. Es un niñito bien, criado por millonarios, yo me pregunto cómo en Chile puede haber un presidente multimillonario.

¿Y cómo lo ha hecho el Ministro de Cultura, Luciano Cruz Coke?
-No sé lo que ha hecho realmente. Ignoro su trabajo. Los actores no sirven para ser ministros. Porque somos bien estúpidos. No somos muy inteligentes.

¿Por qué no?
-Los actores, en general, no son los genios del mundo. Es como pedirle a los pintores que sean muy inteligentes para solucionar problemas. Tienen otros intereses. Los actores somos creativos en cuanto a la vocación, pero no puedes pedirme a mí que sea ministra de Cultura porque no sabría qué hacer. Me moriría de desesperación.

¿Cómo ve el cine chileno?
-Con subidas y bajadas. Le tengo miedo a las cosas de Pablo Larraín.

¿Por qué?
-Tanto éxito que tuvo con Tony Manero, y no era nada de buena. Era vergonzosa. Era arbitraria, aburridísima...Ver a Alfredo Castro caminando como estúpido, no, no, no. Castro es un buen actor, que ha hecho cosas muy buenas, pero no puede actuar en cualquier tontera.

¿Cómo es trabajar con su esposo?
-Está bien que me dirija porque sabe.

¿Y lo malo?
-Seguramente estoy cegada, así que no veo lo malo.

¿Cómo se conocieron?
-Él fue alumno mío en un ramo. Él siguió con sus estudios y yo me fui un tiempo a Uruguay. Y cuando volví nos tocó trabajar en una obra. Y comenzamos a acercarnos. Yo no me acordaba de él como alumno.

Nunca le echó el ojo.
-No, ¡qué plancha! Y menos me habría fijado en un alumno, que era lo más terrible. Porque en el Pedagógico nos enseñaron que nunca había que involucrarse con los alumnos, ni siquiera tomar té.

¿Alguna receta para llevar 50 años juntos?
-Es cosa de comprensión. Nos entendemos muy bien, nos respetamos mucho... Nunca jamás en los 50 años hemos peleado, nunca jamás, ¿no es cierto, Alejandro?

Alejandro, que va pasando por el living, le responde: “¿Cómo que no, Bélgica? Si hemos peleado, pero por cinco minutos. En el fondo es una competencia por ideas. No es una pelea, sino que estás ejercitándote en discrepar. Jajaja”. Y Bélgica dice: “Eso es lo que me gusta de Alejandro, que me hace reír muchísimo con sus chistes. Alejandro es el marido más recomendable que puede haber. Es perfecto”.

Por último, usted creció en Temuco. Tengo entendido que no le gusta la vida en ciudades pequeñas.
-Si nos has visto otra cosa, eres feliz. Pero cuando conocí Santiago no me quería mover nunca más de aquí. No encontré nada más maravilloso que esta ciudad. Ver brillar el asfalto, porque en Temuco no brillaba el suelo. No me gusta para nada el campo ni las ciudades chicas. Me aburren. Por mí viviría en Nueva York o en Londres, porque hay muchas más posibilidades de ver cosas. Cuando hemos viajado al extranjero, no vamos a turistear, sino que compramos entradas para los teatros todos los días. No iría a sacarme fotos a la Torre Eiffel.

Comentarios
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