La estatua de Merino se tambalea

La semana pasada entrevistamos a Nubia Becker, sobreviviente de Krassnoff en Villa Grimaldi, quien mencionó que en el frontis del Museo de la Marina hay una estatua de José Toribio Merino. “¡Un monumento a un gallo tan bestial”, dijo. Averiguamos y nos enteramos que este año cumple una década instalada, y también que fue financiada por gente como Eliodoro Matte, Ricardo Claro y Hernán Büchi. Acá, intelectuales, políticos y algunos torturados por la Armada, incluido un marino antigolpista, protestan por una estatua que hoy comienza, como en vida su inspirador, a tambalearse.


Ilustración: Marcelo Calquín

Eran las cinco en punto de la tarde del 31 de mayo de 2002 cuando el entonces jefe de la Armada, Miguel Ángel Vergara, destapó, en el frontis del Museo Naval y Marítimo de Valparaíso, una estatua de tres metros en honor a José Toribio Merino, autodesignado Comandante en Jefe de la Armada el mismo día del Golpe de Estado. La obra, realizada por el escultor Arturo Hevio Salazar -el mismo que diseñó la estatua de Allende que está en la Plaza de la Constitución-, pesa una tonelada y fue ubicada simbólicamente frente al mar; en ella, Merino aparece saludando con su mano derecha a la Escuadra Nacional al estilo militar.

Con esta estatua se inauguraba la Avenida de los Marinos Ilustres. Al estreno en sociedad de la escultura asistieron integrantes del alto mando naval, amigos cercanos, cómplices y la viuda de Merino, Margarita Riofrío, quien consultada por un medio local de la época se manifestó “realmente muy emocionada de ver que se reconozca la obra del almirante, un patriota extraordinario, que dedicó su vida al engrandecimiento de la patria, es muy merecido por ser tan insigne marino”.

El proyecto que incluye este homenaje comenzó a generarse años antes en el seno del directorio de la Corporación del Patrimonio Marítimo de Chile y fue apoyado económicamente por un grupo de cercanos a Merino. Concretamente, según indica la placa inscrita en la estatua, Eliodoro Matte, Ricardo Claro, Roberto Kelly, Juan Hurtado, Gonzalo Vial, Tsuyoshi Nichimura, Pedro Tomás Alliende, Ramón Covarrubias, Sergio de Castro, Jorge Claro, Félix Bacigalupo, Santiago Lorca, Felipe Lamarca, Bruno Phillipi, Wolf Von Appel, Andrés Concha, Roberto de Andraca, Hernán Büchi, Gonzalo Bofill, Alberto Kassis, Carlos Cáceres, Manuel Ariztía, Hernán Briones, Eugenio Heiremans y José Avayú.

El homenaje pasó casi desapercibido en los medios de prensa, salvo por notas breves en El Mercurio, La Estrella y otros medios afines al homenajeado. Y nadie dijo nada en contra. O casi nadie. El entonces diputado Alejandro Navarro fue de los pocos que se enteró de la estatua recién inaugurada. Y puso el grito en el cielo y se apuró en denunciar a la Cámara de Diputados la existencia de una estatua a un personaje tan nefasto. Pero, en una rápida sesión, los diputados rechazaron la propuesta de Navarro de sacar la estatua. ¿La razón? Según cuenta Navarro, en la sesión se arguyó que la Armada tiene autonomía militar para, si se les ocurre, poner o seguir levantando monumentos en unidades militares a violadores de derechos humanos. En todos los demás casos, el encargado de autorizarla es el Consejo de Monumentos Nacionales”. Y no pasó nada y el monumento al cómplice e instigador de asesinatos, violaciones, secuestros, torturas y desaparecimientos sigue ahí, aunque comienza a tambalearse.

UN INSULTO
En dictadura, la Armada prestó sus instalaciones como centros de detención y tortura bajo el mando de Merino. Nadie que haya pasado por dichos lugares tiene buenos recuerdos. El consejero nacional del Instituto de Derechos Humanos, Enrique Nuñez (59), fue uno de los torturados por la Armada. A él lo tomaron preso dos años después del Golpe y se lo llevaron primero a la Academia de Guerra de Playa Ancha y luego al cuartel Silva Palma, manejado por el Servicio de Inteligencia Naval (SIN). “Ahí fue tortura, tortura y tortura. Día y noche. Mucha presión psicológica. Era una cosa de locos. A los interrogadores les decíamos los Ramblers, porque nos hacían cantar mientras nos aplicaban corriente eléctrica. Uno ahora se ríe de eso, pero era terrible en ese momento. Un pésimo recuerdo de la Armada”, dice.

Núñez nunca vio a Merino cuando estuvo preso. Pero sí escuchaba cuando lo nombraban. “Era él el que mandaba ahí y nada se hacía sin que supiera”, dice. Por eso, cuando hace un tiempo pasó por fuera del Museo Naval, no se sorprendió mayormente al encontrarse de sopetón con la figura imponente de Merino. “No me extraña que le hayan hecho una estatua a un señor que se dio el lujo de tratar a los chilenos de humanoides y que se dio el lujo de morirse sin siquiera dar una explicación a la ciudadanía”. Para Núñez, que se homenajee a Merino en un recinto fiscal es un insulto con todas sus letras no sólo a las víctimas de violaciones a los DD.HH, sino que a la sociedad entera. “Es otra consecuencia más de la impunidad y prepotencia de la Armada. Creo que hay que ponerle atajos a todo esto. Imagínese, ¿qué mensaje le entregarán a las nuevas generaciones que entran a las fuerzas armadas? Usted torture, asesine, conspire y no le pasará nada”, dice Núñez, quien, pese a que vive en Valparaíso, no se enteró de la existencia de esta estatua hasta que pasó esa vez por casualidad por el museo. “De haber sabido antes, reclamo. Aunque cuando la vi, tampoco hice nada. No hicimos ningún reclamo. Fue negligencia nuestra”.

José Bonifaz (62), que también pasó por la Armada siendo torturado primero en la Academia de Guerra Naval y luego en el Buque Lebu, tampoco se sorprende con la estatua: “No me extraña que se le hagan estos homenajes a Merino, un imbécil con ropa y todo, que tuvo como único legado los martes de Merino. Pero es culpa nuestra porque hemos sido incapaces de impedir este tipo de monumentos”.

Otra víctima de la Armada fue la profesora de la Universidad Católica de Valparaíso y partidaria del PS, Eliana Cielo, ahora de 81 años. El trauma vivido ahí fue tan fuerte que sólo hace unos años se atrevió a contar su testimonio a la Comisión Valech. “Como que lo bloqueé, fue lo más horrible que me ha tocado vivir y nunca más quise saber de la Armada”. Eso hasta hace poco. Justo para el día de los inocentes, el 28 de diciembre pasado, fue a visitar con sus vecinos el Museo Naval para conocer el patrimonio marítimo del que tanto se jactan. “Fui por curiosidad nomás. Estaba viendo toda esa cosa de la Independencia, de los héroes navales, hasta que alguien dijo ¡ohhh, está Toribio Merino! Y me salí. No quise verlo. Me parecía tan patético que estuviera entre los héroes un antihéroe. No lo vi, felizmente. Me sentí mal. Son cosas que ofenden tanto. Es algo tan brutal”, dice. Para ella, José Toribio Merino representa lo peor, lo más siniestro de nuestra historia: “Esa cobardía de actuar contra un pueblo desarmado me produce asco”.

No es la opinión del diputado de la UDI Felipe Ward, quien relativiza la famosa estatua: “Me tiene sin cuidado. Es la decisión de una institución independiente y como diputado no tengo nada que opinar respecto a eso. Hay estatuas para todos y todas en Chile. Está lleno de estatuas. Si alguien tomó la determinación de que estuviera ahí, tendrá sus razones. Yo no participé de esa determinación, así que no puedo responder más allá de eso.

Pero qué piensas de que se haga una estatua a alguien que mandó a torturar
-No puedes decir eso. No está acreditado qué haya hecho. Si lo está, preséntenlo a tribunales. Porque creo que esconder un delito también es delito. Pero más allá, la estatua no me quita el sueño.

Más allá de eso, ¿Merino se merece una estatua?
-Depende de donde esté. No tengo ningún problema con que esté en la Armada.
Por respuestas como esta, probablemente, es que Eliana Cielo ya no se lamenta por la existencia de una estatua a Merino. “Me causa más resquemor ver las estatuas vivientes que nos gobiernan y que participaron activamente en la dictadura. A esas estatuas hay que temerles. El otro, por último, está muerto”, dice.

MARINOS LEALES
Existieron en Chile los uniformados constitucionalistas, los marinos antigolpistas, que se apegaron a la Constitución y apoyaron a Allende, aun cuando no comulgaran con su proyecto. La tortura en Chile comenzó con ellos, quienes fueron duramente torturados por sus propios compañeros de la Armada en los días previos al 11 de septiembre del 73. Es el caso de Victor López, quien actualmente preside la Coordinadora del Personal Exonerado de la Armada. “Es un trauma fuerte ver cómo tus propios compañeros se transforman en tus torturadores de la noche a la mañana”, dice. A él lo sacaron engañado de su puesto de guardia. A la media hora lo estaban pateando en el Fuerte de la Infantería Marina. Él, junto a otros dos ex marinos, formaron luego parte del llamado “Proceso de la Escuadra”, en el que fueron juzgados por querer apoderarse de los buques para tratar de resistir el golpe de Estado, en un plan ideado, según la Armada, por los secretarios generales del MIR, Miguel Enríquez; del PS, Carlos Altamirano, y del MAPU, Óscar Guillermo Garretón, lo que finalmente se demostró que era falso.

Víctor López nunca más volvió a su institución. Pese a ello, no siente rencor. Sabe que dentro hay un gran porcentaje de marinos contrarios a Merino. Para López, José Toribio Merino traicionó la lealtad que debía a su superior, el almirante Raúl Montero, y participó en una dictadura execrable durante 17 años. “No hizo nada por la Armada. Lo único que hizo fue usurpar el cargo de almirante”. Por eso, cuando López se enteró de la famosa estatua, se indignó. “Quieren poco menos que ponerlo en el mismo nivel que Arturo Prat. Es tan indigno como que quieran cambiar el concepto de dictadura por el de régimen militar”.

TAREA PARA LA ARMADA

La estatua al almirante Merino pasó piola durante estos casi diez años que lleva en pie, sin que nadie dijera nada, ya sea porque se ignoraba su existencia o simplemente porque no se creyó en la necesidad o viabilidad de generar un debate sobre este tipo de monumentos, que han sido prohibidos en otros países como Alemania y España, país este último donde hace unos meses retiraron de todos los edificios, espacios públicos, cuarteles y recintos militares más de 570 símbolos franquistas por mandato de la Ley de Memoria Histórica de España, aprobada por el Congreso de Diputados en 2007.

Es de esperar, dice Lorena Fríes, del Instituto de Derechos Humanos, que la ciudadanía, así como valoró los homenajes hechos a las víctimas, adopte una postura crítica frente a este otro tipo de memoriales. “Para así iniciar un debate crítico y social sobre la pertinencia de estos monumentos que en el fondo nos recuerdan una era negra de la historia de Chile. Y dependerá de la fuerza del debate y de la capacidad de la sociedad chilena de imponer una mirada que aleje los símbolos de la dictadura”. Esa tarea también va, dice, para la misma Armada. “No hay nada en su estructura currícular sobre memoria, es decir, no hay nada que los impulse, en términos de generaciones, a repensar la participación que tuvieron desde un juicio crítico. Y es tiempo que empiecen a repensarse”, dice Fríes.

En ese sentido, la autonomía de la Armada para llegar y colocar, sin consultarle a nadie, una estatua en honor a Merino no deslinda a la institución de los cuestionamientos que le pueda hacer la ciudadanía. “Si es legal o no que esté la estatua no es el asunto, aquí hay un problema de ética”, dice el abogado del Centro de Derechos Humanos de la UDP, Jorge Contesse. Y agrega: “Como las fuerzas armadas están subordinadas al poder civil, si quieren hacerle un homenaje a uno de los suyos que tenga responsabilidades en la violación de derechos humanos, aunque sea colocando algo en el baño o la oficina de alguien, tienen que consultarle al mismo poder civil, que tiene el derecho y deber de velar porque los homenajes se hagan a personas e instituciones dignas de ser homenajeadas”.

Tratamos de contactarnos con el Museo Naval, pero fueron en vano los intentos. Casi al cierre de esta edición, el comandante Arnaldo Peralta, de la dirección de comunicaciones de la Armada, dada la insistencia de The Clinic, se comunicó con nosotros muy amablemente, dispuesto a responder nuestras inquietudes. Pero al preguntársele sobre la famosa estatua, se excusó diciendo que no era especialista en el tema, que no era de su alcance, que averiguaría y que por favor le mandáramos un correo que respondería en los próximos días. En resumidas cuentas, se echó al pollo.

Comentarios
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