A las mujeres pareciera que el 14 de febrero el Universo les pregunta (con voz de vieja de mierda): ya pues mijita, ¿está emparejada o no? Eso explica de cierta forma los comentarios espontáneos que empiezan a hacer cuando se acerca la fecha, sin que nadie les haya preguntado. Porque independiente de la pará que tengan ellas frente al tema, de alguna forma las minas sienten una obligación a responder la dichosa Pregunta que nosotros no tenemos.

Y junto con esta presión viene la competencia. De maneras tácitas, las minas que están emparejadas les hacen saber a las solteras que hoy ellas ganan, que ellas son las que se llevan el oso de peluche, el globo con forma de corazón y la invitación al motel fino, mientras que las solter(on)as se quedan viendo películas o saliendo a buscar desesperadamente alguien que les pegue algún agarroncito de último minuto.

Por supuesto, esto no necesariamente corresponde a la realidad. Pero de todas formas las solteras se sienten obligadas a responder la Pregunta, y entonces las escuchas murmurando por ahí: Sí, estoy soltera, y qué tanto, orgullosa pues, mejor sola que mal acompañada¸y todas esas frases que combinan tan bien con la caja de pañuelos y el tarro de helado. Tal como a las que no les gusta estar de cumpleaños porque les recuerda que están cada día más viejas, el 14 les recuerda que siguen solteras, junto con el resto de auto-reproches: que si sigues así vas a terminar como la vieja de los gatos, que mira el matrimonio lindo que se mandó la Coti y tú ahí sola como las huevonas, etc.

Entonces, uno como macho pasa a ser no mucho más que un símbolo de estatus este día; un trofeo con el que la mina puede decirle entre dientes a su amiga viste linda, yo estoy con mino y tú no, já. Pero siempre está la sombra del comentario venenoso de vuelta, el miedo a la amiga picada respondiendo sí claro, pa tener un huevón poncherudo que dure 2 minutos y que me invite a comer a puras weás rascas, prefiero estar solita.

Por ende, las emparejadas, necesitadas de asegurar su victoria, le traspasan la presión al macho. Y le clavan los ojos encima con cara de Veamos Qué Me Tienes Preparado Para Este Día Tan Especial. O dicho de otra forma, el macho inconscientemente sabe que lo que él haga, diga o compre ese día será, para la mina, una respuesta a la pregunta tácita: ¿Cuánto me amas, Gordito?

Y ahí te quiero ver, en especial si la relación acaba de empezar y el tipo aún no le saca el perfil bioquímico a la mina: peluches gigantes pueden ser causal de enamoramiento o de pateadura; globos de helio con forma de corazón pueden ser tomados como una muestra de devoción eterna, o como una cursilería arjonesca; la invitación sorpresa al motel puede verse como una propuesta picarona y divertida, o como una desubicación de weón califa.

Entonces no hay salud. Somos las víctimas de una guerra subterránea entre las que tienen y las que no tienen. Entre las felices y triunfantes emparejadas y las viejas de los gatos. Entre las libertinas fotocopias de Sex and the City y las Chimoltrufias que se amarran a un pastelazo sólo para poder decir que tienen pareja.
Y mientras ellas se pelean a las patadas bajo la mesa, en el medio estamos nosotros. En la tienda de regalos. Pensando si estará bien comprarle un peluche, o si no será mejor un picnic romántico. Si le gustará más algo hecho por nosotros, o si querrá una muestra de sofisticación. Las minas leen esto y piensan putas los weones brutos… tanto les cuesta entender, y es porque el 14 de febrero es donde el efecto de Disney, los cuentos de hadas y la tía de las pulseras se dejan notar: hoy, ellas quieren un weón que les lea la mente.

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