Falciano del Massico, al sur de Italia, es apenas un pueblo de 4.000 habitantes. Nadie lo conocería si no hubiera prohibido a los ciudadanos, “residentes o de paso, cruzar el límite de la vida terrena para ir al más alla”. En buen criollo, el pueblo tiene prohibida la muerte. Semejante barrabasada posee su explicación. El pueblo carece de cementerio y el único camposanto disponible es propiedad de Carinola, una localidad vecina.

Originariamente ambos pueblos estaban juntos, pero hace unos 40 años se separaron y Falciano se quedó sin cementerio, ya que quienes hicieron la división se olvidaron de dejarle una parte del anterior. Ahora la situación ya colapsó y los muertos del lugar deben ser llevados a kilómetros de distancia, razones por las cuales el alcalde se vio obligado a prohibir la muerte sin consultarlo con nadie. Evidentemente el lugar es gobernado por un desquiciado, así tenga razón. Pero lo más lindo es que el jefe comunal tiene el apoyo de la población. No sólo nadie quiere morir, sino que ahora está vedado por ley.

Hay una cláusula cuyo bizarrismo no debe conocer límites. Aclara que los ciudadanos no tienen que fallecer “en la medida de las posibilidades de cada uno”. El alcalde admitió, contra toda lógica, que “pueden existir objeciones de conciencia”. Y esta estupidez no es irracional. La ley entró en vigencia el 5 de marzo y el mismo día se murieron dos ancianos, a quienes el intendente llamó “desobedientes”. Se ignora si fueron detenidos por violar la ley.

Tamaño desatino no es nuevo. Biritiba-Mirim, una ciudad de 28.000 habitantes cercana a Sao Paulo, Brasil, hace unos años lanzó un proyecto de ley para prohibir la muerte. Por el mismo problema: la falta de un cementerio. Mama mía!!!