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Opinión

14 de julio de 2012

Cuando Donoso volvió a Chile

Por: Carolina Rojas para Revista Ñ En 1975, a dos años del golpe de estado en Chile, corrían días difíciles para los artistas. Difíciles incluso para intentar grabar un documental como el que se propuso Carlos Flores, un joven cineasta apenas conocido. Aprovechó Flores la visita de José Donoso y le sugirió dejarse seguir por […]

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Por: Carolina Rojas para Revista Ñ

En 1975, a dos años del golpe de estado en Chile, corrían días difíciles para los artistas. Difíciles incluso para intentar grabar un documental como el que se propuso Carlos Flores, un joven cineasta apenas conocido. Aprovechó Flores la visita de José Donoso y le sugirió dejarse seguir por unos días. Donoso vivía ya en España y era parte del llamado “Boom” latinoamericano, tenía entre manos el inicio de su libro “Casa de Campo” y degustaba de la fama del “El obsceno pájaro de la noche”. Y aceptó la propuesta.

El escritor había llegado a Chile de forma apresurada por la muerte de su madre, un punto de inflexión en la vida de cualquier persona. Carlos Flores, hoy director de la escuela de cine de la Universidad de Chile, en ese tiempo no conocía de manera profunda la obra del autor, pero de todo modos, se obsesionó con la idea de registrar esta visita. Tres décadas después, el documental “Pepe Donoso”, -que por estos días se presentó en el marco del Festival Internacional de Documentales de Santiago (FIDOCS)-, sigue despertando interés. Estas confesiones en la propia voz del escritor son un verdadero tesoro para quienes quieran acercarse un poco más a su figura.

Carlos Flores recuerda que fue una sorpresa cuando Donoso aceptó grabar con este grupo de cineastas jóvenes. Estaban en dictadura y todos desconfiaban de todos, entonces el escritor averiguó antes quién era Flores con Carlos Olivárez, el guionista. También consultó a un amigo suyo, el crítico de cine Hans Herman, que dio muy buena referencias de todos. Así, sin más, el escritor apareció en la oficina muy entusiasmado. “Nos preguntó cuándo empezábamos a filmar. Yo creo que aceptó porque era un personaje entusiasta, atento a lo nuevo, a lo experimental, a lo extraño, a todo lo que fuera incomprensible, él era muy leal a todos sus deseos”, recuerda Flores.

En las imágenes se ve a Donoso en una faceta relajada y al borde del exhibicionismo. Con un toque medio infantil, como si fuera un escritor amateur, sin misterios ni aprehensiones, como esas personas que lo cuentan todo sin desconfiar de nada. El itinerario fue la casa de su niñez, los bares y las conversaciones con Enrique Lihn y Guillermo Blanco, en medio de nubes de humo, mientras se interpone un corte desprolijo o una mesera muy maquillada que sirve una jarra de borgoña.

Donoso se muestra como nunca antes, mira a la cámara y se conmueve. Cuando terminaron el rodaje, le escribió una carta a Carlos Flores sobre sus impresiones. “(…) En la película aparezco como un rebelde sentimental sin rebeldía real y con ribetes de bohemio. Estas cosas, aisladas, nunca fui: lo que fui fue un niño bien fracasado a quien este fracaso le dio amargura y ‘mala leche’, como dicen aquí como para criticar aquello que no lo aceptó(…)lo que me parece peor es la banda sonora: quizás porque odio tanto el sonido de mi propia voz y la manera como hablo”.

El documental es un verdadera filmación de época, y pese a sus contradicciones internas, Donoso aparece el Parque de Quinta Normal donde huía para compartir y conversar con los vagabundos del lugar, a los que llamó “parias como yo”. Allí, descalzo, se refiere a cómo es ser escritor en una familia de hombres doctores y sobre este tema aparece hablando con su padre, a quien se ve sentado en un sillón mientras él lo escucha mirando hacia arriba, en una actitud de genuflexión.

Gonzalo Maza, director de Fidocs -que además junto al crítico de cine Jorge Morales, escribió el libro Idénticamente desigual: el cine imperfecto de Carlos Flores- reconoce lo preciado de esta pieza histórica. “El documental tiene el valor de los artistas que son filmados de primera mano: vemos a Donoso explicándose al mundo, dando cuenta de lo incomprendido que se ha sentido toda su vida. En ese sentido, cuando Donoso entrevista a su padre en cámara es brutal y reafirma sus convicciones artísticas. Se nota que está pasando un momento de mucha lucidez y energía creativa. Además esa carta es una joya. Carlos nos contó al pasar, mientras lo entrevistábamos para el libro, que Donoso le había enviado una carta donde criticaba la película, pero que en el fondo se criticaba a sí mismo. Aún la tenía y cuando la leímos no lo podíamos creer”.

En el rodaje en su hogar, un caserón antiguo de muebles finos, hay detalles de rostros en las sillas que el escritor los cataloga de “monstruos de madera”. De ellos tienen un poco sus personajes, seres fantasmagóricos producto del encierro. Habla de puertas cerradas, de cuartos clausurados, “de la opresión que no deja respirar”, de la decadencia de una casa, como si se tratara de sus propios habitantes.

Del recorrido también son parte los bares “El triunfo”, “El Bosco”, el barrio de Matucana, “el otro Santiago” como el escondite de una descendencia burguesa donde se diferenciaba a los patrones de los criados.

Correr el tupido velo

Después de su matrimonio con María Pilar, la pareja levantó una casa en Los Domínicos, parte del barrio alto chileno. Llegaron hasta allí con Carlos Flores. “Sin quererlo construí una casa que en cierto sentido era un imbunche. Era como una gran prisión blanca”, confiesa Donoso.

Por todas esas revelaciones, Flores recuerda que esta fue una gran experiencia en su carrera. “Me alegra mucho haber hecho este documental, y todavía más que se pueda ver hoy con entusiasmo, que no haya envejecido. Nos permite releer a José Donoso, detectar nuevas líneas de su personalidad fascinante, abrir nuevas lecturas de sus novelas o simplemente conocer a este Donoso que se presenta sólo hablando de su juventud en Chile”.

También hay espacio para los recuerdos dolorosos. Remueve un oscuro destello de cuando era joven: él y su al amigo arrollaron a un mendigo de vuelta de un viaje a la playa, fue un accidente. La empleada de su casa se emociona con los hechos, ella también tenía un hermano vagabundo. Donoso entristece.

A Flores le quedó grabada la personalidad del autor, el interés con que vivía y observaba todo, sus tribulaciones, la permanente fascinación por las cosas, las personas y su preocupación por las palabras. “Era impresionante su capacidad para cambiar de opinión en un segundo: podía encontrar fascinante un barrio de Santiago y luego, en un instante, encontrarlo atroz. Me sorprendió también su capacidad de dudar de todo y vivir la experiencia del mundo como un exploración que se construye en el lenguaje, aceptando la incertidumbre, lo incomprensible de eso que llamamos lo real, su esfuerzo por construirle un lugar en su literatura… Huía del sentido común. Todo eso me conmovió y me transformó”, dice de ese instante, hace treinta años.

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