Foto: Alejandro Olivares

Si algo se ha perdido durante el último tiempo, a lo largo y ancho de la sociedad, desde la relación con el gobierno hasta los espacios íntimos, parece ser la confianza. A los políticos, aseguran las encuestas, no les cree nadie. A los curas, ni hablar. Los escándalos de pedofilia se convirtieron en plaga. Hay más de 150 querellas presentadas en distintas escuelas de Santiago, cincuenta y tantas de las cuales corresponden a colegios del barrio alto. En muchos establecimientos educacionales ya no dejan que los menores deambulen libremente por sus patios fuera del horario de clases. Si deben esperar a sus padres, los recluyen en gimnasios o bibliotecas para evitar su contacto con los sicópatas que, a estas alturas, debemos pensar que acechan desde todos los rincones.

Son cada vez más los apoderados que no dejan que sus pupilos duerman en casas ajenas. Acaba de abrirse el caso, todavía por dilucidar, de la supuesta violación de un niño de seis años por el mejor amigo de su papá, en uno de los colegios más empingorotados de la capital. Habría sucedido cuando lo invitó de vacaciones. Los policías de la PDI que trabajan en la brigada de abusos infantiles, saben desde siempre que los menores son víctimas frecuentes de los tíos, padrastros y vecinos, cuando no de los mismísimos padres o hermanos biológicos. Las guarderías, luego de lo ocurrido en Los Hijitus de la Aurora, también están en tela de juicio. Un grupo de abusados organizó una Fundación para la Confianza, hija legítima de la aprensión, el miedo y la sospecha. La lista de curas en la mira ha crecido como la espuma. Para qué recordarlos. Ya no sólo provienen de la iglesia conservadora y maniquea, sino también de aquella que dio muestras de humanidad, a la sombra de las bayonetas. La paranoia campea en las familias. Miles de clientes de La Polar conocieron en carne propia el engaño.

Para ellos, una simple compra llegó a transformarse en pesadilla para satisfacer la ambición de sus altos ejecutivos. Nada era lo que parecía. Si no es porque afectaba el negocio de las AFP, Enersis hubiera hecho de las suyas pasando por alto la voluntad de sus socios minoritarios. Y el gobierno, como si fuera poco, se ha encargado de fragilizar todavía más la fe pública. El jugueteo con la cifra de pobres es lisa y llanamente escandaloso. Tecnicismos más, tecnicismos menos, en este lío ha hecho primar la búsqueda de aplausos y popularidad por encima del diagnóstico riguroso, tan necesario para la solución de “los problemas reales de la gente”.

Esta frase la instituyó el mismísimo ministro Lavín, responsable directo de la encuesta Casen y la fanfarria con que se celebraron sus logros cuestionados, y el que hoy, cuando se le piden explicaciones, responde como un santón ofendido en lugar de exponer argumentos, o, lisa y llanamente, ofrecer disculpas. Lo lógico, en cualquier democracia civilizada, sería que renunciara, como hicieron los miembros de la CEPAL implicados en el desaguisado, pero eso significaría reconocer una falta y, han de evaluar, mejor cargar con la desconfianza que con la culpa de un chanchullo. El grito -“¡cumplido!”-, bastante ridículo por lo demás, con que Mañalich festeja sus metas en apariencia conseguidas, hoy remite a ciertos parlamentos circenses. Nos han terminado por acostumbrar a las mañas de las letras chicas.

Hermógenes Pérez de Arce viene repitiendo desde hace años que el problema de Piñera no sólo es que hace trampa, sino que siempre lo pillan. Es muy posible que esta desconfianza no provenga tanto de la novedad de las faltas, como de la posibilidad de descubrirlas. Los secretos se han vuelto muy difíciles de guardar. No sólo esos que esconden un pecado, sino incluso aquellos que preservan la intimidad. Pero ese es otro cuento, el lado oscuro de la transparencia, esa que cada vez más nos devela los engaños y peligros del mundo. Quizás llegue el momento en que para volver a vivir en paz, pidamos de vuelta las anteojeras. Quién sabe. Por el momento, continuamos aprendiendo a desconfiar.