Fotos: Pamela Albarracín.

Son las ocho de la noche y Martín conduce su bicicleta hacia el Parque Bustamante. En su mochila lleva dos guantes de boxeo y dos cabezales. A esa hora el parque comienza a llenarse. En la Providencia de la Pepa Errázuriz cuesta menos tomarse los espacios públicos, o eso es lo que la gente dice. Junto a unas barras azules donde un grupo de cabros jóvenes practica calistenia, Martín deja la bici, saca los guantes y en pocos minutos quedará a guata pelá, listo para el combate.

En breve comenzarán a llegar otros hombres en bici o a pie, quienes con o sin la espalda descubierta, se pondrán los guantes y comenzarán la pelea. Desde las ocho y a veces, hasta medianoche, el grupo ocupa todo un cuadrado de pasto como cuadrilátero sin límites donde meterse combos, pero siempre arriba de la cintura. Es el autodenominado Club de Boxeo al Aire Libre Parque Bustamante, donde un grupo de personas se reúne con el único fin de boxear.

Comerse combos

Sobre el pasto está Martín, 71 kilos y frente a él, Marcelo, de 140 kilos. Un combo de Marcelo podría sacar volando a Martín del pasto, pero esa no es la idea. Ambos están tirando golpes largos, con los puños cerca del rostro, haciendo abdominales y corrigiendo el ángulo de los brazos cuando los tiran a matar.

Desde la banca miran dos hombres: uno joven y otro viejo. El joven es amigo de Marcelo y viene por primera vez. No tiene ni zapatillas ni buzo, y tampoco quiere probarse los guantes de inmediato. El otro es Sergio, mecánico de máquinas y preparador físico, el dueño del saco que por ahora descansa en el suelo.

Un día a comienzos de enero, mientras Martín hacía el viaje a su casa en bicicleta, vio el saco colgado y se acercó. Le metió conversa a Sergio y un par de combos al saco. Miró, preguntó y se quedó. La siguiente vez llevó sus guantes y la gente comenzó a llegar. Primero los que estaban al frente haciendo calistenia, un deporte que se practica en las barras. Luego Martín llevó a gente del ámbito a quien conocía por su trabajo como árbitro de Box.

Con guantes y con rivales no quedaba más que hacer que pelear. Cuando están reunidos, los miembros del club se dedican a practicar algunos golpes y a entrenar. Martín se ofrece para enseñar lo básico y lo no tan básico. Los golpes largos, que son los ABC del boxeo. También a ocupar la izquierda, luego a sacar la derecha. “Con eso entramos a los ganchos. Y a la pelea dura” dice Martín.

Los ganchos son los golpes que se pegan curvando el brazo. Se pegan desde abajo, cruzados, y el uppercut, el golpe más letal, que es un combo ascendente al mentón. “Pa entrar a la pelea corta hay que tener más aguante, teni que ir a comerte combos. Una cosa, es que te enseñen dónde y cómo meter los combos, “y la otra es con un hueoncito pegándote”.

Con dos personas dispuestas a ponerse los guantes, comienza el combate. Porque el boxeo sin rival no alcanza a ser boxeo.

Esto no es una carnicería

Martín, sociólogo de profesión, vendedor de antigüedades y árbitro de boxeo, comenzó con el autodenominado Club de Boxeo al Aire Libre. En sus palabras, se mantiene por él. Suyos son los guantes y los otros implementos que ocupan los que concurren a practicar el deporte y también los que se acercan a mirar y se tientan con participar.

En el borrador del manifiesto que prepara para el club, habla que la idea surge “como una fuerza incontrolable ante la potencia histórica del re-nacimiento del boxeo chileno”. El deporte que tuvo sus últimas glorias en los ’80, tocó fondo en 1991, cuando el chileno David Ellis murió tras haber permanecido en estado de muerte cerebral como consecuencia de los golpes sufridos en una pelea por el título chileno de los pesos medios.

Tras el suceso, políticos como Jorge Burgos o Enrique Accorsi promovieron mociones para prohibir el boxeo. Además, el Colegio de Médicos prohibió a sus colegiados participar en las peleas. Hoy, cuando hay encuentros o se juegan campeonatos, los boxeadores sólo cuentan con paramédicos para asistirlos en casos de emergencia.

Desde entonces y hasta ahora, el deporte se mantuvo de la mano del Club México, que opera desde 1934 formando a boxeadores profesionales. Allí enseña Líner Huamán, la actual promesa del boxeo nacional, que se convirtió a los golpes luego de ser agarrado a combos en el Parque de los Reyes a los 13 años. Su historia es épica y por eso es el más conocido, pero no es el único ganando títulos en los rings nacionales e internacionales.

Al trabajo del Club México se ha sumado el Club Vitalis, de Vitacura, que desde el año pasado comenzó a hacer veladas de boxeo exitosas, y un puñado de clubs en comunas como Estación Central o Quinta Normal que se llenan durante las tardes de verano.

A esta velada en el parque asiste Óscar “La Máquina” Bravo, quien ha peleado títulos internacionales en Argentina, Australia y en Ghana, por la categoría súper pluma. También se presenta Miguel “El Aguja” González, elegido como el boxeador del año 2012 por el Círculo de Periodistas Deportivos. El Aguja, que se pasea entre las barras y el boxeo comienza a azuzar a La Máquina Bravo para que se mida con alguien. Martín, que tiene tatuado en el pecho un boxeador con su nombre en el cinto, termina montándose el cabezal para entrar en el esparreo.

En el parque, los miembros del incipiente club practican el boxeo amateur, que se diferencia del profesional por el uso del cabezal. El box profesional y clásico se pelea a pecho y cabeza descubierta, pero en el parque no todos son profesionales y tampoco es un club de la pelea. Al menos no para Martín, que trata de imponer las reglas del boxeo para evitar carnicerías. La idea es sacarse la chucha mientras dure el combate, pero que eso no quite la posibilidad de compartir después.

En el esparreo de tres rounds, La Máquina saca ventaja. La pelea es seguida de cerca por El Aguja, que graba con un celular, Rodrigo, el otro árbitro constante del club, y el resto de los asistentes. También por un par de extranjeros que miran desde la calle.

Cuando terminan, La Máquina apenas transpira. Martín se ve superado y se sienta mientras uno de los extranjeros que se viste como latino en Miami se pone los guantes. Apoyado sobre una banca, con el cuerpo transpirado, dice que el boxeo estuvo perdido durante 15 años. Pero que ya está volviendo. Que es cosa de ir a darse una vuelta a cualquiera de los clubs que abren sus puertas, donde los golpes recibidos hacen transpirar más a causa del calor que sofoca por lo repleto.

El club funciona por ahora tres o cuatro veces por semana, dependiendo del ánimo de la gente, de los guantes y el tiempo. Ahora La Máquina Bravo sigue peleando con el extranjero que al terminar preguntará cuándo se vuelven a juntar y a qué hora. Marcelo, el gigante de 140 kilos por hoy no se medirá con nadie. Dicen que mañana irá un brasilero de su categoría con el que podrá pelear. Su amigo termina poniéndose los guantes, pero sólo para tirar golpes al aire, no para entrar en combate. Martín espera que mañana aprezcan tres cabros que quiere formar en el club, a los que les ve futuro. Procurará enseñarles lo que pueda, aunque hay cosas fundamentales en el deporte, como tener la mano dura. Y eso no se puede enseñar.

Nadie sabe hasta cuándo durará el club y tampoco qué pasará cuando ceda el clima. Pero por ahora las condiciones son ideales para ponerse los guantes, sacarse la polera y pelear.