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El titular era este: «El reloj de Hitler, el secreto de Alemania». Con esas palabras tan directas como inquietantes, el prestigioso semanario alemán «Der Spiegel» sacudió Alemania con su portada de esta semana. Según el reportaje, que ocupa diez páginas, el reloj en discordia se lo regaló Adolf Hitler a su amante y posterior esposa Eva Braun en 1939. En su reverso, el dictador nacionasocialista ordenó grabar «6.02.1939, afectuosamente, A. Hitler». Fue el regalo que el Führer le hizo a Braun por su 27 cumpleaños.

Esta pieza literalmente marcada por el horror nacionalsocialista es sólo la punta del iceberg de lo que «Der Spiegel» ha bautizado como «botín pardo»: es decir, un museo oculto, miles de piezas de arte, joyas y objetos preciosos que el régimen nazi acumuló durante los doce años que tuvo el poder en Alemania y en su fallido intento de someter al resto de Europa.
Almacenado en Munich
El reloj de diamantes, junto con otros objetos como perlas, anillos y piezas de oro, permanece almacenado y apartado del público en la Pinacoteca de Arte Moderno de Múnich desde hace años.

El régimen nacionasocialista, en el marco de su naturaleza destructiva y belicista, siguió una lógica de extracción y robo allá donde conseguía imponer su poder. Una lógica que comenzaba con las órdenes de sus propios líderes (Hitler, Göring o Goebbels) y que, como en el caso del «reloj de Hitler», cerraba el círculo en la misma cúpula nazi.

¿De dónde procedía el reloj que Hitler le regaló a Eva Braun? No se sabe porque no se llegó a investigar. Quizá Hitler lo ordenó fabricar exclusivamente para el aniversario de su amante, o tal vez perteneciese a una familia judía expropiada y asesinada. No en vano, miles de valiosísimas propiedas robadas a las víctimas del nazismo alemán acabaron en manos de los principales ideólogos del nacionalsocialismo.

Según la detallada cronología ofrecida por «Der Spiegel», con la derrota del nazismo y el fin de la Segunda Guerra Mundial, las fuerzas aliadas occidentales trasladaron el expolio nazi a las dos sedes de la llamada Central Collection Potins situadas en Múnich y Wiesbaden. Entre 1945 y 1952, aproximádamente dos millones y medio de objetos valiosos y obras de arte (entre ellas más de 400.000 pinturas, esculturas y dibujos) fueron devueltas a sus propietarios originales.

Sin embargo, miles de de esos objetos pasaron a formar parte del patrimonio de la República Federal Alemana: cerca de 2.000 obras de arte acabaron repartidas entre 111 museos de todo el país, y 660 cuadros aterrizaron en instalaciones federales tanto en Alemania como en el extranjero. Sólo en las colecciones de pintura pertenecientes a museos estatales del Estado de Baviera hay unos 4.400 cuadros y 770 esculturas que llegaron allí por orden del régimen nazi. El número exacto de piezas que forman el «legado pardo» sigue, por tanto, siendo incierto.
Como ejemplo, «Der Spiegel» desempolva una foto tomada en 1988 que muestra una recepción del último presidente de la desaparecida República Democrática de Alemania (Estado socialista oriental), Erick Honecker, por parte del entonces primer ministro bávaro y socialcristiano Franz Josef Strauß: la instantánea en blanco y negro muestra como el acto protocolario tiene lugar sobre una alfombra que perteneció a Hermann Wilherlm Göring, lugarteniente de Hitler y comandante supremo del ejército del aire nazi.

80 años de la llegada al poder

Cuando se acaban de cumplir los 80 años de la llegada de Hitler al poder surgen lógicamente incómodas preguntas en un país que tiene que hacer frente a su pesada historia moderna una y otra vez: ¿qué hacer con el desagradable legado nacionalsocialista que sigue cogiendo polvo en museos de todo el país? Y sobre todo, ¿por qué las instituciones de la República Federal Alemana no abordaron antes y de forma más efectiva el «botín pardo»? ¿Por qué no devolvieron antes las propiedades extraídas a los descendientes de las víctimas del nazismo? ¿Por qué Alemania no manejó con mayor transparencia y rapidez tal herencia?

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