Vía Rolling Stone

En el Village Voice, por ejemplo, un cronista dijo que Morrison era el “primer gran sex symbol desde que James Dean muriera y a Marlon Brando le creciera la barriga”; y otro le llamó (en distintas ocasiones) un “tigre de cuero”, un “rey chamán-serpiente” y “el edípico ruiseñor de América”. En la revista Eye le describieron como una “visión demoníaca surgida de las puertas del infierno”, y el autor de un libro sobre The Doors le llamó “el Sexo Mortal, Evangelista puesto de Ácido del rock, algo parecido a un Ángel del Infierno de la ingle”. También el Miami Herald le tildó de “el Rey del Rock Orgásmico” y la poetisa de la prosa, Liza Williams, dijo que era un “bebé torero” y “la barbie suprema”.

Si tantos escritores se han sentido impulsados a tejer tal excepcional cantidad de palabras, los fans de Morrison han llegado mucho más lejos, inventando y difundiendo escandalosas historias con la misma facilidad que The Doors fabricaban éxitos. De creerlas todas, Morrison estaría siempre fumado y/o borracho; sería a la vez un niño angelical en un entorno desafortunado y un sátiro buscando una continua perversión; grosero y con dificultad para expresarse a la vez que educado, considerado y tímido; todos los anteriores y ninguno de ellos. Nuevas historias se contaban cada semana, y en un periodo de más o menos dos años, Jim Morrison llegó a representar a la perfecta súper estrella.

En realidad, muchas de las historias extremas estaban basadas en cuentos de hadas. La semana en la que le entrevisté, por ejemplo, las autoridades prohibieron los conciertos de The Doors en St. Louis y Honolulu por los cargos de alcoholismo y exhibicionismo que pesaban sobre Morrison tras un concierto en Miami – y esa misma semana, Morrison acabó de escribir un guión junto al poeta Michael McClure y firmó un contrato con Simon and Schuster para publicar su propio libro de poemas. Otra de las “raras escenas en la mina de oro” de la vida del cantante (la frase está sacada de una de las canciones de Morrison, The End) ocurrió tras una de las sesiones de esta entrevista, cuando salimos a tomar algo a un local de topless del que Morrison es cliente habitual. Allí Morrison, el dios psicodélico del sexo, se sentó a beber whisky con cerveza mientras chicas de grandes tetas se contoneaban al ritmo de éxitos de The Doors.

A diferencia de la mitología, la música de The Doors no es una “influencia” en el rock, sino un monumento, una fuerza. “La música es tu amigo especial”, cantaba Morrison en The Music’s Over, y para millones de personas la música de The Doors es exactamente eso; de la misma forma que el Sgt. Pepper’s de los Beatles llena a una generación entera de nostalgia, el Light My Fire de The Doors consigue la misma sensación. En el punto álgido de la banda, entre 1967-1968, había una estridente urgencia en la música de Morrison. “Queremos el mundo y lo queremos ahora”.

Morrison, al principio, era reacio a que ROLLING STONE le entrevistara, porque creía que la crónica que la revista había publicado sobre su concierto de Miami le había hecho aparecer como un payaso. Finalmente cambió de opinión y en varias sesiones durante más de una semana que se llevaron a cabo en varios de los bares de su barrio, demostró que su mánager Bill Siddons tenía razón cuando dijo: “Jim solía tener un montón de demonios en su interior, pero no creo que los siga teniendo”. En otras palabras, Morrison se ha suavizado, ha madurado. Todos los poetas desean que se les tome en serio, pero muchos también han actuado de formas que parecen contradecir ese deseo.

Nos conocimos en la oficina de The Doors y hablamos en un bar del barrio llamado The Palms. La idea era comer algo con una cerveza, pero el cocinero tenía el día libre, así que al final sólo fue una cerveza. Cuando la grabadora empezó a centrarse en la voz de Morrison, estábamos hablando sobre los Viejos pero Buenos [artistas de la década de los 50], y como todo el mundo (como los Beatles) parecía pedir a gritos a los demás que echaran la vista atrás. Es el country y el blues, eso es. La gente tiene nuevas fuentes de información  e ideas que llegaron bastante lejos y de repente se pararon. “Así que ahora la gente está volviendo a estas primitivas formas musicales. Obviamente, habrá una nueva corriente…”.

¿Te refieres a una nueva corriente que una el country y el blues?
No lo sé, tío. Eso es lo que era el rock and roll. Hay muchos otros elementos de los que la gente es consciente ahora, como la música india, la del este, la africana y la electrónica. Seguramente será una corriente muy salvaje. Creo que en este país siempre acabamos volviendo al country y al blues porque son nuestras dos formas de música primarias. ¿Sabes lo que podría pasar? Las grandes mentes musicales que en el pasado hacían música clásica, podrían empezar a trabajar en la música popular.

¿No te parece que haya gente que ya está cambiando hacia la música pop? Van Dyke Parks y…
No he oído nada suyo, así que no puedo opinar. No he oído a nadie que tenga que ver con la música de masas hoy en día… No creo que haya mentes tan poderosas como la de Bach, por ejemplo. No creo que haya grandes compositores trabajando en la actualidad al servicio de la música popular. Gente como Mozart fueron prodigios; escribieron obras maestras desde muy jóvenes. Eso es lo que probablemente pasará: aparecerá algún niño brillante y se hará famoso.  Alguien anda por ahí, trabajando en su sótano, inventando una nueva corriente musical. Oiremos sobre ello en un par de años. Sea quien sea, sin embargo, me encantaría que fuera muy famoso, que diera conciertos masivos…

¿Es más difícil fracasar en un gran concierto?
Casi imposible, por la extrema excitación del evento, la masa de gente mezclándose genera un tipo de electricidad que no tiene que ver con la música. Es excitante, pero no es música. Es histeria colectiva.

Recuerdo que una vez me dijiste que el club en el que tocabas noche tras noche te ofrecía la posibilidad de actuar, escribir y crear, algo que no consigues en un concierto…
Cierto. Además, disfruto trabajando. No hay nada más divertido que tocar música para el público. En los ensayos puedes improvisar, pero ése es un tipo de atmósfera muerta. No tienes la reacción del público. Pero en un club con un pequeño público, eres libre para hacer cualquier cosa. Aún sientes la obligación de hacerlo bien, así que no puedes dejarte llevar del todo; hay gente observando. Se crea esa hermosa tensión. Hay libertad y al mismo tiempo está la obligación de tocar bien.

 

Foto:ESPERANDO AL SOL. En la foto, Morrison en Nueva York en el año 1967. “Tenía muchas libretas en el instituto y en la universidad, y cuando dejé de estudiar por alguna estúpida razón (a lo mejor fue algo inteligente), las tiré todas”.

¿Cómo decidiste convertirte en un artista?
Creo que siempre tuve un deseo reprimido por ser algo así desde que oí… desde el nacimiento del rock, que coincidió con mi adolescencia y el comienzo de mi conciencia. Era una excitación real, aunque en aquel momento no me permitía fantasear racionalmente sobre la posibilidad de hacerlo yo mismo. Supongo que estaba acumulando inconscientemente una gran tendencia a ello mientras escuchaba música. Así que, cuando finalmente sucedió, mi subconsciente estaba preparado para ello. Nunca había cantado antes. Nunca se me ocurrió. Creía que iba a ser escritor o sociólogo, tal vez dramaturgo. En las cinco o seis primeras canciones que escribí, simplemente estaba tomando apuntes de un concierto que sucedía en mi cabeza. Y una vez hube escrito las letras, tuve que cantarlas.

¿Cuándo pasó?
Hace tres años. No tenía grupo ni nada parecido. Acababa de salir de la universidad y bajé a la playa. No estaba haciendo nada en particular. Era libre por primera vez. Había asistido a clase, constantemente, durante 15 años. Era un hermoso y caluroso verano y empecé a oír canciones. Creo que aún tengo la libreta en la que anoté esas canciones. Me encantaría intentar reproducirlas en alguna ocasión, reproducir lo que oí en la playa aquel día.

¿Alguna vez habías tocado algún instrumento?
De niño intenté tocar el piano, pero no tenía la disciplina necesaria.

Y ahora, ¿tienes ganas de tocar algún instrumento?
La verdad es que no. Toco las maracas. Puedo tocar alguna canción al piano. Sólo son mis propios inventos, no es música de verdad; es ruido. Me gustaría ser capaz de tocar la guitarra, pero no lo siento de verdad. [Pausa]. ¿Tú tocas alguno?

No…
Leí el libro que escribiste, The Hippie Papers (1968). Tenía varios artículos buenos. He pensado en escribir para la prensa underground, porque no conozco ningún otro sitio en el que puedas tener una idea un día y verla impresa casi inmediatamente. Me encantaría tener una columna en la prensa underground. Sólo contando las cosas que veo. No ficción, sino información. Supongo que tengo miedo de desperdiciar buenas ideas en el periodismo. Si pudiera guardármelas en la cabeza el tiempo suficiente, tal vez podrían convertirse en algo. Aunque ha habido muy buenos escritores que también eran periodistas: Dickens, Dostoyevski y, por supuesto, Mailer, que es un periodista contemporáneo. Y es brillante. An American Dream es probablemente una de las mejores novelas de la última década. Muchas obras, y muy buenas, fueron inicialmente concebidas para periódicos y revistas, de la misma forma que mucha de la música es concebida para discos. Es una forma de arte de rápida caducidad. Por eso me gusta la poesía, porque es eterna. Ninguna otra cosa puede sobrevivir al holocausto, salvo las canciones y la poesía. Nadie puede recordar una novela entera. Nadie puede describir una película, una escultura o una pintura. Pero mientras el ser humano exista, las canciones y la poesía seguirán existiendo.

¿Cuándo comenzaste a escribir poesía?
Creo que en quinto o sexto curso escribí un poema que se llamaba The Pony Express. Era un poema estilo balada. Nunca conseguí acabarlo. Siempre quise escribir, pero siempre supuse que no sería nada bueno a menos que la mano cogiera el lápiz por sí misma y se moviera sin que yo tuviera nada que ver con ello. Como en la escritura automática. Pero eso nunca sucedió. Escribí varios poemas, claro. Tenía muchas libretas en el instituto y en la universidad, y cuando dejé de estudiar por alguna estúpida razón (a lo mejor fue algo inteligente), las tiré todas. No hay nada que se me ocurra que me gustaría tener ahora mismo más que aquellas libretas. He estado pensando en la hipnosis o en tomar pentotal sódico [barbitúrico conocido como ‘suero de la verdad’], para recordar. Pero tal vez, si no las hubiera tirado, nunca habría escrito nada propio, porque en su mayor parte eran como citas de libros. Creo que si no me hubiera deshecho de ellas, nunca habría sido libre.

¿Hay canciones que te parezcan mejores?
A decir verdad no las escucho apenas. Hay canciones que disfruto haciendo más que otras. Me gusta empezar un blues y esperar a ver dónde nos lleva.

Hace poco dijiste que creías que el rock había muerto. ¿Es algo que crees de verdad?
Es lo mismo que lo que hablábamos antes sobre el retorno a las raíces. Lo que solían llamar rock ha muerto, se convirtió en algo decadente. Y luego surgió un revival del rock desde Inglaterra. Y llegó muy lejos. Estaba bien articulado. Entonces tomó conciencia de sí mismo, algo que para mí es el principio de la muerte. Al tomar conciencia de sí mismo, involucionó y  se convirtió en algo incestuoso. La energía se acabó, igual que la fe en él. Creo que para que cualquier generación se afirme como una entidad humana consciente, ha de romper con el pasado, así que obviamente, los chicos que vienen detrás no van a tener mucho en común con nosotros. Van a crear su propio y único sonido. Las guerras y ciclos económicos también juegan su papel. El rock surgió tras la guerra de Corea, se trataba de una purga psicológica. Parecía existir una necesidad de una explosión underground, algo parecido a una erupción. Así que tal vez cuando acabe la guerra de Vietnam surgirá de nuevo la necesidad de que la fuerza de la vida se exprese, se afirme.   

¿Crees que formarás parte de ello?
Sí, pero para entonces estaré haciendo otras cosas. Es difícil de decir. A lo mejor seré un ejecutivo de una gran multinacional.
 

¿Cómo te ves a ti mismo? ¿Como un poeta? ¿Una estrella del rock?
No tengo muchas reacciones de los demás, salvo por lo que leo en la prensa. Me gusta leer las cosas que se escriben sobre ello. Ésas son las únicas ocasiones en las que puedo ver las opiniones sobre todo esto. Vivir en L. A. no es muy difícil. Es una ciudad anónima, y yo vivo una vida anónima. Nuestro grupo nunca se llegó a convertir en masivo como otros. Nunca hubo ese tipo de adulación popular. Supongo que me veo a mí mismo como un artista consciente que persevera en el día a día, que asimila información. Me encantaría tener una obra de teatro para mí.  Eso me interesa mucho ahora.

Sigue leyendo en Rolling Stone