A principios del año pasado los líderes de las dos pandillas más grandes e importantes de El Salvador se sentaron a conversar, mientras 200 soldados rodeaban la cárcel en caso de que todo saliera mal. Sin embargo, presididos por un capellán militar y un ex legislador, el líder de Mara Salvatrucha y el de Barrio 18 decidieron pactar una tregua. Aceptaron que suficientes personas habían muerto y que nadie quería esa vida para sus hijos, nacidos y criados en medio de la violencia del narcotráfico y las consecuencias de una reciente guerra civil que duró desde mediados de los ’80 hasta 1992.

La respuesta del Estado en esta tregua fue tímida en un inicio aunque finalmente tomaron acciones de forma más determinada, reubicando a los líderes de las pandillas o maras en mejores instalaciones carcelarias. El periodista Randal C. Archibold cubrió este tema y su impacto en el país centroamericano para The New York Times. Y fue Tomás Munita el fotógrafo encargado de retratar en imágenes lo que se vivía en El Salvador el año pasado, donde los homicidios se redujeron en un 32% durante la primera mitad del 2012. Además los secuestros bajaron un 50% y las extorsiones disminuyeron un 10% según rescata Archibold en su reportaje. Además, el 14 de abril se cumplió el primer día en tres años sin un asesinato en el país. Los salvadoreños se dividieron entre quienes apoyaban la tregua y la comparaban con los acuerdos que detuvieron la guerra en 1922 y aquellos que no veían con buenos ojos que el gobierno negociara con los capos del narcotráfico.

Para los pandilleros y ex pandilleros la participación del gobierno era indispensable para lograr una reinserción social y que se mantuviera la tregua, ya que no todos los miembros de Mara Salvatrucha y Barrio 18 la cumplieron y muchos incluso fueron asesinados al dejar las maras.

En este ambiente tuvo que insertarse el fotógrafo chileno Tomás Munita, quien ya ha ganado numerosos reconocimientos por su trabajo cubriendo el terremoto en Kashmir, la guerra en Afganistán, la vida de los nómades Changpa en los Himalayas, y la muerte del río Loa en el norte de Chile. Durante el año pasado Munita recorrió las calles salvadoreñas, sus cárceles y morgues, retratando el dolor humano y la segregación social. Y aunque destaca que no le gusta dar entrevistas porque prefiere contar las historias de otros, termina por reírse cuando dice que igual le cuesta decir que no, porque él hace lo mismo: pide permiso para entrar en la intimidad de las personas.

¿Cómo fue tu experiencia en El salvador?
Fue duro, fue feo, fue triste.

¿Siempre te pasa que te sientes así cuando cubres estas situaciones tan extremas?
Sí, muchas veces hago cuestiones que quisiera mejor no presenciar. Muchas veces.

¿Qué fue lo que más te impactó en El Salvador? ¿La cárcel?
No, fíjate que la cárcel no es tan terrible. O sea, dentro de todo los tipos cuando están dentro de la cárcel no están con sus enemigos y son todos del mismo bando ahí adentro. Entonces es muy raro que se maten y se peguen. O sea, pasa, pero no es nada comparado con la calle. No, lo más traumático es lo que pasa en la calle. Presenciar esa violencia, el dolor de la familia. En el fondo, presenciar también toda la exclusión que da como resultado este tipo de violencia. Este fenómeno de las pandillas no es una cuestión espontánea, sino que son años de exclusión social, además de un legado de violencia de una guerra, las armas, de la migración. Es bien triste en ese sentido. O sea, son varias cosas que han desembocado en este fenómeno.

Hay una sensación de miedo que deja sus marcas. Hay que cuidarse de eso”.

¿Cómo logras que no te afecte cuando llegas a tu casa con tu familia?
No hay mucho que hacer, jajaja. Hay que bancársela no más. Siempre es bien chocante, bien triste. Pero puta, lo mejor que puedo hacer es volver a mi casa y estar con mis niños. Y nada, ¿qué se puede hacer? Hay que tratar de ser justo en la vida cuando se trata con otras personas, no más.  Esa violencia es producto de nuestras propias culpas. Así que hay que tratar de vigilarse un poco de no ser injusto ni tramposo al momento de tratar con la gente.

¿Cómo logras establecer esas relaciones de confianza con la gente? En la foto de la morgue hay unas mujeres reconociendo a un familiar.
Bueno, cada situación es distinta. Para la cárcel fue un trabajo que hizo una persona durante meses para conseguirnos el acceso. Pero después en la morgue o en la calle, sencillamente, no hay mucho que planear, es como se vayan dando las cosas. En muy pocas palabras le dices a las personas que estás retratando la violencia y que quieres su autorización para poder tomar fotos en el momento en que ella reconoce el cuerpo. Y la gente lo entiende, porque es tanta la desesperación de la violencia en la que viven que quieren que se sepa, quieren que alguien haga algo. El tipo que murió y estaba en esa morgue se había salido de la pandilla hace como cuatro años, se había borrado los tatuajes incluso. Pero estaba totalmente atrapado en esa forma de vida y por eso lo mataron.

Si te deja marcado este tipo de trabajo, ¿por qué sigues escogiendo realidades tan extremas para retratar?
Es lo que me toca hacer. Además que son historias que hay que contar. Es importante que se sepa y ojalá de la mejor manera posible y no que se sepa de una manera que dé repulsión. Y es importante porque tiene una cara humana. No se trata sencillamente de una noticia en que aparecen cifras de muertos y a El Salvador lo estigmatizas por eso. Allá la gente es espectacular, muy simpática y todo, pero tienen un problema de violencia que tiene sus razones y si nosotros no estamos alerta nos va a pasar lo mismo. Y eso es lo preocupante, por eso trato de contar las historias de una manera que produzcan una emoción en que el espectador empatice con la noticia.


Foto: Tomás Munita. Fotografía que representa la muestra con la que el fotógrafo ganó el tercer lugar en Vida Cotidiana en World Press Photo 2013

¿Cómo lograste la foto que representa la muestra? ¿Ibas con la policía?
Claro, yo iba con ellos. Conseguí que ellos me llevaran en sus patrullajes y sus cosas de rutina, registro de personas. No tienen ninguna información concreta sino que van a los barrios donde están los mareros y registran a las personas, buscan tatuajes y cualquiera que esté identificado con una mara, se lo llevan preso, lo joden un rato y después lo sueltan. Pero es como para hostigar un poco, y hacer presencia. Y nada, en esa tarde vi lo mismo que pasó un montón de veces. Se bajaban de las camionetas donde habían tipos sentados haciendo nada. Los ponían rápidamente contra la pared, los registraban, veían si tenían alguna orden de captura o algo y después los soltaban. Y lo interesante es que pasaron esas dos niñas en ese momento y el policía está vestido de una manera muy agresiva, está con la mano en el arma, muy alerta a todo lo que está pasando alrededor, mientras los otros están registrando y pasaron estas niñas que están absolutamente acostumbradas. Vi situaciones parecidas varias veces, pero esta es más impresionante. Las niñas van comiendo y como que mezcla lo cotidiano con la violencia de fondo.

Si voy con la policía la posibilidad de que me pase algo es baja. Aunque sí he estado en tiroteos de la policía y persecuciones y hay que tomar las medidas de seguridad mínimas. Si escuchas una balacera te pegas a la pared, no vas a estar paveando en la calle”.

¿Se supera el temor de estar metido en esos temas?
Existe el temor antes de ir, como que uno no sabe cómo va a ser. Pero una vez que ya te estás acercando al lugar, te das cuenta de que la vida es perfectamente normal, sólo que está este tema. Pero también son ciudades donde los niños van al colegio y los papás trabajan. Entonces te das cuenta de que, en realidad, no es que vas a salir a la calle y te van a matar. Sino que tienes que aprender las maneras de hacerlo, de cómo trabajar desde parámetros seguros. Yo no voy a ir a la pobla a aparecerme y decir: “quiero hablar con los mareros”. Sino que si hago contacto con ellos es a través de una persona de confianza. O si voy con la policía la posibilidad de que me pase algo es baja. Aunque sí he estado en tiroteos de la policía y persecuciones y hay que tomar las medidas de seguridad mínimas. Si escuchas una balacera te pegas a la pared, no vas a estar paveando en la calle.

No se trata sencillamente de una noticia en que aparecen cifras de muertos y a El Salvador lo estigmatizas por eso. Allá la gente es espectacular, muy simpática y todo, pero tienen un problema de violencia que tiene sus razones y si nosotros no estamos alerta nos va a pasar lo mismo”.

¿Tanto viaje no te causa problemas con tu vida diaria y familiar?
Todavía no me vuelvo loco jajajaja. No, pero obviamente que hay un desgaste. Sobre todo con la sensación de temor. Cuando estás en zonas de conflicto. Cuando están pasando cosas y tú estás cuidando tu vida y sabes que tienes que retratarlo en imágenes. Sí, hay una sensación de miedo que deja sus marcas. Hay que cuidarse de eso. Pero para eso también están las largas vacaciones jajaja. Y hacer otro tipo de historias y sanar un poco las heridas.

¿Ahora quieres quedarte en Chile?
Si, yo quiero hacer algo en la Patagonia. Ese fue mi viaje en el verano y lo que me gustaría es poder continuar eso.

¿Por qué no te gusta dar entrevistas?
Porque no tiene nada que ver conmigo. Yo hago mi trabajo y a mí lo que me gusta es contar historias, pero de repente me empiezan a pedir que yo sea la historia y no me cuaja.  Pero no hay problema, si es lo que yo hago. Yo vivo pidiéndole a la gente que me deje contar sus historias, entonces me cuesta decir que no, es mi trabajo también. Pero cuando ya se vuelve demasiado, como que no tiene sentido. No es lo mío, yo prefiero contar la historia de los otros, más que la propia.