Vía CookingIdeas

VENDO UN RIÑÓN
En 2011, Wang Shangkun, un joven chino de 17 años, vendió su riñón a una red de traficantes de órganos por 3.000 euros, que utilizó para comprarse un iPad y un iPhone. El “paciente”, natural de la provincia de Anhui, una de las regiones más empobrecidas del país, no pudo presentarse al juicio contra los traficantes, que obtuvieron 30.000 euros por su órgano, por encontrarse demasiado débil debido a la disfunción de su riñón sano.

VENDO MI VIRGINIDAD

Catarina Migliorini, una atractiva estudiante brasileña de 20 años, subastó su virginidad en Internet en 2012 a través de la web australiana virginswanted.com.au La joven, cuya “flor” fue adjudicada a un comprador japonés por 600.000 euros, se justificó: “Si hace esto una sola vez en su vida, una no es una prostituta. No es usted un fotógrafo por sacar una foto extraordinaria”. De peor calidad le salió la instantánea a Alexander, un ruso de 21 años cuyo debut sexual fue adjudicado en la misma web por unos modestos 2.300 euros.

VENDO MI DIGNIDAD
En 2010, a una concursante del reallity show francés “Dilemme”, Ophelie Nelly, la dinámica del programa la obligó a comportarse como un perro: tuvo que ponerse un collar, comer de un recipiente para canes, levantar la patita, ser paseada por sus compañeros… Y, aunque 300.000 euros estaban en juego, Ophelie no soportó la humillación y abandonó la prueba entre lágrimas, teniendo que conformarse con el premio de consolación.

VENDO MI ANOMALÍA
En 1991, la discoteca No de Santander saltó a la fama por organizar el controvertido Primer Campeonato de Cantabria de Lanzamiento del Enano. El dueño del local contrató al bilbaíno Serafín Benito Alonso, de 1,20 metros y entonces 35 años, por 10.000 pesetas. Pese a anunciarse que los lanzamientos se realizarían con todas las garantías de seguridad para el “objeto arrojadizo humano”, el día de la presentación un voluntario lanzó a Serafín, sin ninguna protección, fuera de la colchoneta. La Delegación del Gobierno en Cantabria acabaría prohibiendo el espectáculo por “conculcar las normas de moralidad”, lo que motivó las protestas del propio Serafín, que vio como lo que volaba era su fuente de ingresos.

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