No es tan difícil entender que buena parte de la sociedad chilena apoyara el golpe de Estado de 1973. El país se hallaba enteramente convulsionado, había desabastecimiento, la pasión revolucionaria se enfrentaba en las calles con el momierío indignado, y la verdad es que el ambiente no invitaba a las medias tintas. No pocos de lado y lado andaban con armas. Abundaban las convicciones innegociables. Nadie podía saber a ciencia cierta, en ese ambiente de pasiones enceguecidas, cuán lejos podía llegar la brutalidad. Lo que cuesta más aceptar es que todo un sector político, la derecha, al cabo de quince años de dictadura, haya consagrado a Pinochet como su líder natural. Ya a mediados de los años 70 la izquierda derrotada empezó su proceso de autocrítica. La principal de todas: no haber entendido la importancia central de la democracia, la necesidad de construir mayorías, de convencer antes de imponer.

La izquierda reflexionaba en torno a sus errores mientras los organismos de seguridad perseguían a sus militantes para torturarlos y asesinarlos. Todos los que luego firmaron por la Udi y RN, salvo excepciones que se cuentan con los dedos de una mano (y seguramente sobrarían dedos), entonces aplaudían o callaban. Al cabo de tres lustros, cuando pudieron decir “basta”, se aplicaron para que continuara. Su actual candidata a la presidencia, Evelyn Matthei, fue rostro del SÍ. Habrá que concederle que no la entusiasmó nunca la desaparición forzada de personas ni la violación de mujeres en recintos militares, pero el asunto es que tampoco le pareció tan atroz, porque nadie defiende a gritos en las calles a un autor de atrocidades –como ella hizo cuando a Pinochet lo detuvieron en Londres, ya cerca del 2000-, a no ser que se trate de un hijo a punto de ser linchado.

Y lo mismo podría sostenerse de todos los dirigentes de su sector. Ya lo dijo el almirante Merino: “Para hacer tortillas, hay que romper huevos”. Ellos están metidos en una camisa de once varas. La derecha, seamos francos, no está arrepentida. Si lo estuviera, lo verbalizaría así, con todas sus letras: “nada justifica, señores, las brutalidades cometidas y, qué quieren que les diga, se me cae la cara de vergüenza”. Pero no es eso lo que sienten. A muchos les cuesta incluso explicarle a sus hijos eso del contexto y el peligro marxista para justificar los centros de tortura o los cuerpos arrojados al mar, porque no lo entenderían, y sólo se atreven a comentarlo en voz baja, entre amigos de mucha confianza, entre cómplices. La Unidad Popular, que para algunos fue un sueño, para ellos fue una pesadilla, un monstruo detrás de la cortina al que había que matar antes de que te matara. La solución a este entuerto no es fácil. El diario O Globo, de Brasil, tardó 50 años en pedir disculpas públicas por su apoyo al golpe que derrocó a Joao Goulart. La Iglesia católica, por su parte, demoró 500 en arrepentirse por las aberraciones de la Inquisición. La derecha considera que a Pinochet se le pasó la mano, pero que hizo lo que debía.

Moreira declaró recién que “su general” había salvado a una generación entera. No es sencillo, en realidad, el tema del perdón, y quizás ni siquiera sea tan importante como pretenden los bien pensantes. De poco le sirve al que creció con su padre asesinado. Yo cambiaría mil gestos por una verdad, mil lágrimas por una constatación, mil pucheros por una sentencia judicial. No abundan los santos en esta historia. Mejor partir de la base de que somos todos de una misma calaña, y dicho esto, que paguen los culpables. A mí no me molestaba que hubiera en Providencia una calle llamada 11 de Septiembre. Algún día, más temprano que tarde, esa fecha ya no será un lamento ni un festejo, sino una enseñanza. Un niño quizás lo diría de éste modo: “cuando la democracia se fue al cielo”… para convertirse en objeto de devoción.