El sepulturero del Guatón Romo: “¿Cómo iban a sepultar al diablo con las monjitas?”

Redacción: Claudio Pizarro

“Estaba lloviendo ese día. Yo era en ese tiempo el encargado de sepultaciones, pero no quería acompañar al hombre por todo lo que había aparecido en los diarios. Al final salió la orden del director y tuve que ir nomás. Así que pesqué el carrito y partí para adentro. Mis otros colegas estaban ocupados – o bien se escondieron- la cosa es que me pillaron a mí solo. Yo me cagaba de la risa porque fui el único huevón que me quedé parado ahí. Si me hubiera escondido tampoco me hubiera tocado. Pero justo me tercié. Después los cabros me molestaban porque paseé por todas partes al compadre este. Primero lo llevé al mausoleo de las hermanitas de los pobres. Estábamos listos para llegar y meterlo, cuando llegó la orden de que me devolviera. Nuevamente llegamos a la puerta principal. Una de las monjas que estaba parece que era de la peni, quiso hacer una obra de caridad y le resultó mal. La cosa es que llamó un cura y dijo que no se podía enterrar allí. Yo le encontré razón ¿Cómo iban a sepultar al diablo con las monjitas? Tuvimos que esperar hasta como a las siete de la tarde hasta que lo destinaron a un patio de tierra. Ahí me acompañó un cura que salió terrible choro. Me acuerdo que íbamos caminando y se acercaban periodistas y le preguntaban cuales fueron las últimas palabras del hombre, si había pedido perdón. El cura se enojó y le pegó un paraguazo a uno. Se fueron guerreando hasta la misma tumba. Yo iba calladito escuchando. No pensaba mucho. Aunque igual uno sabía todo lo horrible que le hacía a las mujeres este gallo. Que primero estuvo en un bando y después se pasó a otro. Igual uno ha sepultado a gente indigente, curaítos, guagüitas, pero partir solo con un compadre, sin nadie que lo despida, es raro. Pero pasa. Hay funerales y funerales. A mí, por ejemplo, me tocó sepultar a Pablo Neruda cuando estaba en un mausoleo y después sacarlo para que se lo llevaran a Isla Negra. Pero el caso del guatón Romo fue un caso especial. Julero, eso sí. Lo único que quería era sepultarlo y venirme luego. Allá me esperaban dos colegas para echarle la tierra encima y unas pocas piedras. El cura rezó, le hizo una oración y chao. Después, en la tarde, llegaron unos hijos que estaban en Brasil y los tuve que acompañar para que supieran donde había quedado el caballero. Era un joven y una niña. Tenían 21 y 18 años, más o menos. La señora no llegó. Los hijos me contaron que les llegaba una plata. Parece que era buena porque estaban bien pinteados y, según ellos, tenían buen pasar en Brasil. Ni lloraron. No traían flores, ni una cosa. Ahora la tumba está con el puro nombre, no tiene ninguna otra cosa que lo identifique, a lo mejor hasta el nombre está borrado. Yo nunca he escuchado que han venido a colocarle flores o que lo haya visitado gente. Así como llegó, pasó, sin pena ni gloria. Más encima, al entrar como indigente, está en un patio transitorio por cinco años. Si alguien quiere renovar la tumba puede hacerlo. Pero no creo. Le queda como un año. Si no, trasladan los restos. Se pierden, se creman y las cenizas van a unos pozos que tiene el cementerio. Es como una fosa común donde van a parar todos los indigentes”.

Mario Guerra, sepulturero del “Guatón” Romo.

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