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10 de Septiembre de 2013

Las batallas de Patricio Guzmán

El creador de La Batalla de Chile y su equipo -excepto Jorge Müller, detenido desaparecido hasta hoy- abandonó el país pocas semanas después del Golpe Militar. Las filmaciones, ocultas por Guzmán, las salvó la embajada sueca. El equipo recuperó el material en Estocolmo poco tiempo después y terminaron el trabajo juntos en La Habana, Cuba. Demoraron seis años en editar las cuatro horas y media de película. Aquí, las definiciones de Guzmán, líder del único equipo latinoamericano que filmó paso a paso la agonía de un proceso revolucionario.

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Durante los años de dictadura, Pinochet se encargó de borrar la historia de Allende y todo lo que significó la Unidad Popular. Ningún aspecto, hasta el más pequeño, fue positivo. Todo lo que se hizo fue malo. Durante 18 años El Mercurio publicó todo lo peor de ese período. Lo que quisieron hacer es borrar de la historia a Salvador Allende. Y gracias a La Batalla de Chile no lo pueden hacer, porque es una prueba de que existió, de que la gente estaba contenta, de que había una solidaridad enorme, un entusiasmo para apoyar ese gobierno reformista. El gran valor que tiene la película es haber salvado del olvido un período fundamental no solo de Chile, sino de la historia de América Latina, de hacer una revolución pacífica.

Durante la transición también se quiso borrar. Una vez que llegó la democracia no pasó nada; ningún distribuidor, ningún cine, quiso jamás estrenar la película. Cuando yo esté muerto y todos los que aparecen en la película lo estén, esta película va a ser estrenada en el más grande cine de Chile. Porque aparecen personajes de la Democracia Cristiana en complicidad directa con el golpe de Estado, hay personalidades de la transición aquí que tampoco se han rasgado las vestiduras por Salvador Allende, hay colaboradores de Allende que después renegaron de él; por lo tanto cuando todos mueran, vas a ver La Batalla de Chile dignamente representada.

Si el movimiento estudiantil continúa, si nuestra indignación sigue, si queremos una sociedad más humana, con salarios dignos, con contratos decorosos, sin tanta presión, porque aquí la gente trabaja mucho, si queremos una educación más justa y nos ponemos de acuerdo en protestar, llegaremos al momento del cambio. Si nos quedamos dormidos pueden pasar cien años y vamos a quedarnos sentados como si no hubiera pasado nada.

No solamente los militares fueron responsables. Hay todo un sector civil responsable. El Mercurio fue responsable. Hemos hecho una sola película contra El Mercurio que no se puede debatir en el Museo de la Memoria. Qué clase de museo es ese. Ellos insultaron a Allende, denigraron su persona, a su esposa, mintieron sobre él, apoyaron a Pinochet, dijeron que no había muertos, que no había tortura, que no había desaparecidos. Durante veinte años. Y ahora siguen como si no pasara nada. No rinden cuentas.

Una de las cosas que más me ha llamado la atención es que todo lo que se ha hecho por los casos de Derechos Humanos que han sido juzgados, es porque las familias reclaman, porque algunos jueces reclamaron, porque algunos periodistas honestos reclamaron, porque algunas ONG reclamaron. Es decir, por un conglomerado de civiles, no de políticos. La transición se ha desentendido del problema de la memoria. Han cometido un error fundamental, porque tú no puedes construir un país basado en el dolor. Es como hacer un edificio enorme arriba de un cementerio.

Es bien paradojal lo que ocurrió aquí. Cuando la Iglesia Católica se opuso al gobierno de Pinochet era espectacular. Un movimiento de masas que surgió en las poblaciones, en las universidades, sindicatos, y cada año explotaba en el centro. Esa gente fue creciendo. Yo estoy seguro que muchos agentes norteamericanos le dijeron a Pinochet, “señor, haga algo porque si no lo hace vamos a tener una rebelión y no nos conviene”. Y Pinochet se sacó de la manga el plebiscito, porque creía que lo iba a ganar. El enorme espíritu democrático chileno hizo que toda esa fuerza de masas se retirara, porque dijeron: ganamos, ahora le toca a los políticos reconstruir la cosa. Y esos políticos traicionaron. No hicieron lo que esa masa quería que hicieran: derogar la Constitución de Jaime Guzmán, cambiar el sistema binominal de voto. Siguieron gobernando con neoliberalismo porque consideraron que era exitoso. Quizás no era incorrecto, pero había al mismo tiempo que haber trabajado los derechos humanos. Y no lo hicieron.

Esta es como una política de homenaje. Vienen los veinte, treinta, cuarenta años, y se hacen programas de televisión; termina ese homenaje y todo el mundo se olvida, cuando la memoria es una práctica cotidiana.

La figura de Allende tiene hoy mucha más importancia que cuando yo lo conocí. En La Batalla de Chile aparece Allende, pero no tanto como debería, porque en esa época yo tenía mucha impaciencia; yo hubiera querido que las cosas fueran más rápido, pero Allende sabía que si se saltaba la Constitución el Ejército le iba a caer encima. Entonces ahora yo lo valoro mucho más que en esa época. Porque además eso ocurrió en medio de la guerrilla del Che, de Venezuela, de los tupamaros. En ese momento y en los años flagrantes de Cuba, a nadie se le ocurrió que se puede hacer una revolución con el voto, y esa me parece una idea profética. Eso hizo que Allende dijera, saltémonos la guerra civil y hagamos la reforma dentro de la ley. Ahora yo respeto mucho eso.

La solidaridad entre los chilenos ha desaparecido. En La Batalla descubrí algo que yo tampoco sabía que existía, que es la participación. Cuando yo era chico, el gobierno de Alessandri y el de Frei, eran muy lejanos de nosotros. Había un respeto por ellos, pero no había un entusiasmo. En cambio Allende invitaba a participar. En las poblaciones todos participaban de las obras sociales, no necesitabas un carné, sólo estar ahí, tener tiempo. Hay que hacer algo, vamos a hacerlo. Eso nunca lo había visto. Cuando yo vi eso no lo podía creer. Nunca pensé que el país se podía entusiasmar colectivamente. Y la solidaridad, eso nunca lo había visto antes. Hoy día hay un individualismo tremendo. Una de las cosas que más cuesta es formar equipos. La tendencia es que todo el mundo quiere adueñarse para siempre de una pequeña parcela de poder.

Yo creo que la izquierda en Chile tiene una parálisis tremenda. El Golpe de Estado fue tan poderoso, tan devastador; el hecho de que hayan matado tres comités centrales del PC, dos del PS, el MIR fue exterminado, una cantera de jóvenes maravillosos, todos muertos y torturados en las condiciones más terribles, eso creó una sensación de “no te muevas, porque si no eres tú es tu hijo al que lo van a tomar preso”. Creo que ese trauma fue desproporcionado y feroz. No hay cosa peor que el terror.

Yo pienso, si Bachelet fue exiliada en la RDA, si su mamá fue torturada, su papá asesinado, quién más que ella tiene la fuerza moral para subirse arriba de la mesa de la Cámara de Diputados y decir basta ya, vamos a cambiar todo, porque no podemos seguir así. Quién otra que ella. Y no lo hace. No creo que vaya a cambiar nada con este posible nuevo mandato. Si no se pone las pilas le va a reventar el país en las manos.

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