Opinión
17 de Julio de 2026
Crítica de cine / “La Odisea”: la épica amarga de la civilización occidental
Por Cristián Briones
Aterriza una de las películas más esperadas del año en cines: "La Odisea", de Christopher Nolan. Una superproducción que, más allá de su despliegue visual, dialoga con "Oppenheimer" y convierte el regreso de Odiseo en una reflexión sobre la soberbia, los pactos rotos y el destino de la civilización. Entre dioses, guerras y héroes, el crítico Cristián Briones sostiene que el director británico encuentra en el clásico de Homero una nueva forma de explorar las obsesiones que atraviesan toda su filmografía: la memoria, la culpa y las consecuencias de quebrar el pacto social.
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Sir Christopher Nolan ha declarado en el marco de la promoción del estreno de esta semana, que su fijación con “La Odisea” de Homero, comienza con la oferta de parte de WB de dirigir “Troya“. Aunque el trato finalmente no se concretaría, Nolan quedaría con la imagen del mítico Caballo de Troya enterrado en la arena deambulando en su cabeza.
Los años y la carrera, terminarían instalando otra figura similar como clave de su mayor triunfo cinematográfico, el soneto de Percy Bysshe Shelley sobre Ozymandias y su reflejo en J. Robert Oppenheimer. Este texto podría sostener exclusivamente una conversación entre ambas películas, sus protagonistas y su mirada sobre la humanidad, el heroísmo y la tragedia implícita en los pactos rotos. Pero la ambición del británico necesita ser sopesada en sí misma, en las mecánicas y temáticas de su obra. En escala y resultado. En ejecución y discurso. En todo lo que hace a las historias trascender más allá de la eficiencia en su relato.
Un rostro. Una guerra. Un hombre. Una idea. Un ardid. Versos que definieron nuestra cultura y que hoy son recitados por un traidor, como siempre debe ser.
Nolan escribió el guión de “La Odisea” (The Odyssey) tomando como una de sus fuentes, un trabajo ampliamente debatido a nivel académico: la nueva traducción al inglés por parte de Emily Wilson. Criticada por dejar entrever puntos de vista modernos sobre temáticas de la Antigua Grecia, y alabada por hacer el recopilatorio de relatos en clave lírica de Homero, más exacto y accesible.
Los soldados de Wilson hablan como soldados, los integrantes de una familia como tales, rompiendo así la tradición de un lenguaje impostado e intentando devolver a los cuentos populares, su característica vernacular. No es la primera vez que Odiseo, o Ulises si así lo prefieren, se enfrenta a que su historia termine en manos, en voces, en textos, con otras perspectivas. Dante Alighieri, James Joyce o Nikos Kazantzakis, este último autor de otra obra cuyo enfoque aparece como subversivo, pero en realidad sólo profundiza temáticamente a su protagonista: “La Última Tentación de Cristo”, adaptación al cine que también terminaría como referencia para el cada vez más determinado director de la Trilogía de “El Caballero de la Noche”.
Pocas obras, muy probablemente sólo una, se han filtrado en la cultura occidental más que “La Odisea”. A nivel de estructura, y de tópicos. Y poco ha cambiado con los miles de años, porque en su base, la historia sigue siendo la misma: Odiseo (Matt Damon), rey guerrero de Ítaca, vuelve a casa después de triunfar como el brazo derecho de Agamenón (Benny Safdie) en Troya. 10 años de guerra han terminado y su deseo de volver a su paciente reina Penélope (Anne Hathaway) y a conocer a su hijo Telémaco (Tom Holland), se ve frustrado por una afrenta a los dioses que le costará otra década de viaje. Mientras tanto, la reina y el príncipe, y poquísimos aliados (John Leguizamo), deberán hacer frente a un grupo de pretendientes liderados por Antínoo (Robert Pattinson), que desean la mano de la gobernante en ausencia, y con ello el reino para sí mismos, abusando noche a noche de la hospitalidad de su anfitriona.
En primera instancia, Nolan no pareciera ser la mejor carta para el fantástico y mitológico viaje de Odiseo en los versos de Homero. Un cineasta ampliamente reconocido por intentar reflejar un realismo totalmente aterrizado en sus películas, parece distar de cíclopes y sirenas, de brujas y dioses.
Sin embargo, cualquiera que haya revisado las persecuciones temáticas de Nolan, sabe que las desventuras de Odiseo han surgido en su filmografía con muchísima frecuencia. La estructura no lineal en “Memento”, el lamento por lo absurdo de la guerra en “Dunkirk”, la astucia y la complejidad emocional que le barniza a sus protagonistas masculinos, la memoria como ancla afectiva, etc. Y esta es quizás una de las piezas claves del enorme valor que tiene “La Odisea” de Christopher Nolan. El peso que las historias nos han dejado en el inconsciente colectivo. Y la necesidad de revisarlas. Todo traductor es traidor, porque todo lector es sesgado. No tomamos un libro, no nos sentamos a ver una película, no escuchamos un disco en un vacío intelectual o cultural. El aporte es siempre la perspectiva de la sociedad que habitamos. Esta es justamente una de nuestras bases socioculturales, aquellas historias que convocan un consenso. David Milch argumentaba en la brillante “Deadwood”, que la civilización es “la mentira en la que nos pusimos de acuerdo”, y a pesar del cinismo en aquella postura, lo cierto es que son los puntos en común que vemos en las historias de estos héroes, en sus aciertos y sus desgracias, en las que más vemos reflejada a la humanidad en su totalidad. Toda casa es un castillo.
Y esa es la mayor ambición de Nolan y sus cómplices fílmicos. Hacer de una de las más épicas y humanas historias de nuestra cultura, una experiencia cinematográfica en la misma escala. Sus formas son reconocibles: narración no lineal, saltos temporales, la música y el sonido como elementos fundamentales.
En su punto más bajo, “La Odisea” de Nolan es Nolan aspirando a contar “La Odisea” de Homero. En su punto más alto, es Nolan mostrando “La Odisea” al mundo. Las distancias entre estos dos puntos pueden verse en lo excesiva que aparece la construcción de aquel escenario en su primer tercio; versus lo brillante de la secuencia de Circe (Samantha Morton) ya derechamente en el eje de la película, con una interpretación que aunque todo lo demás caiga en oídos sordos y ojos en resistencia, tiene amarrado su lugar en la historia del cine este 2026; o con lo trepidante y preciso de su tercer acto.
A nadie podría extrañar que “La Odisea” sea gigantesca, es el espacio en que mejor se mueve uno de los constructores más reconocidos del cine hollywoodense de gran presupuesto actual. La forma en la que diseña sus relatos y con quienes. La obsesión por los formatos y la presencia narrativa de lo que termina poniendo en gigantescas pantallas. La fotografía es justamente lo que cabría esperar de quien es uno de los mejores en su oficio, Hoyte van Hoytema, en texturas, en peso visual. El montaje de Jennifer Lame es de aquellos que te obliga a cavilar qué se podía realmente no tener en pantalla. El triple ganador del Oscar Ludwig Göransson se dedica a usar instrumentos de la época para su banda sonora, truco nada nuevo, Scorsese y Peter Gabriel hicieron lo mismo para “La Última Tentación de Cristo“, y sin embargo, el sueco logra darle aquel sentido moderno al que aspira Nolan. Y se puede postular que esa es la base de esta película, la misma que citaba Emily Wilson ante las críticas de temáticas actuales: su idea era volver a la base popular misma, el porqué de esta historia, el porqué del viaje de Odiseo. El de la aventura como parábola.
Como en toda construcción, hay muchas vigas estructurales en “La Odisea” de Nolan. Todas ellas pasan por un solo tema: la ruptura de los pactos sociales. O los designios divinos, como los denominábamos de esa época. ¿Quién no entiende el trueno? ¿El fuego? ¿La sonrisa de un niño? ¿Una buena cosecha? Algunos de estos temas pasan por su protagonista: el autoflagelo de Odiseo con respecto al uso del Caballo de Troya como un insulto a Atenea, la mentira a Sinón (Elliot Page), el deshonor de no enterrar a sus compañeros de armas, el abuso de los recursos naturales, el comportamiento de sus soldados, etc. Pero dos de los principales, pasan por Antínoo. Dos temas que Nolan ha empezado a exudar en su filmografía y empieza a notarse. El engaño al padre de Sinón, de manera muy evidente, la argucia de siempre de enviar a jóvenes pobres a morir en las guerras, mientras las casas nobles siguen gozando de las provisiones del Estado. Y otra en que Nolan intenta dar la dimensión dramática a su discurso de fondo. El abuso de los pretendientes de la hospitalidad, de la xenia, La Ley de Zeus, la generosidad del anfitrión, el respeto del invitado, ese acuerdo social que implica tratar a los demás como nos gustaría ser tratados.
En una furtiva interpretación por parte de Robert Pattinson, Antínoo termina representando el peor tipo de abusador, aquel que se cree por encima del resto, pero no es más que un cobarde que se esconde tras su posición social, rompiendo todo trato en el camino de su ambición. Un contraste perfecto con el torturado Matt Damon, que pone en Odiseo el peso de nuestros fallos como humanidad. Rompimos los pactos que nos hacían sociedad, que nos convertían en una civilización, esas reglas de oro que llevan milenios en nuestros libros socialmente sagrados, y que hoy apenas usamos para quebrantarlos todavía más.
El viaje en “La Odisea” de Nolan, es el cumplimiento de una condena por nuestros crímenes. El dulce sabor de la flor del loto no nos deja volver a la amarga pero necesaria realidad. “La Odisea” en su núcleo más profundo fue siempre el plañir de aquello que perdimos en el camino de las aventuras y las conquistas. De cómo los castigos de los dioses no son más que nuestra soberbia irresponsable, que las herramientas que nos dieron deben ser usadas de forma acorde, que sus maldiciones no son más que nuestro propio saber de que no somos dignos de la felicidad de volver a casa. Que aquella afrenta a los dioses no es más que la ruptura de nuestro propio pacto civilizatorio. Y el Odiseo de Nolan en todas sus mecánicas épicas, en toda su grandilocuencia narrativa, sabe que no se puede volver a al hogar después de todo eso, un explícito enlace con Oppenheimer y una curiosa coincidencia con “Una Batalla Tras Otra“, en donde la única opción es dejar que las nuevas generaciones no cometan los mismos errores que nosotros, y que puedan reparar la civilización que nosotros rompimos. Ya no suena el tañir del arco.



