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Opinión

14 de Agosto de 2026

Crítica a la película “Un hijo propio”: La vida opina

Foto autor Cristián Briones Por Cristián Briones

En su nuevo documental, la cineasta chilena Maite Alberdi reconstruye un insólito caso de secuestro y maternidad en México, mezclando true crime, dramatización y archivo. Pero cuando la realidad comienza a contradecir el relato de su protagonista, "Un Hijo Propio" -ya disponible en Netflix- se convierte también en una reflexión sobre los límites de la ficción y el poder de los prejuicios.

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Una de las características de la ficción, tanto literaria como audiovisual, es que siempre puede probar la tesis que plantea. Como el autor es amo y señor del discurso y del universo ahí construido, puede presentar todas las pruebas a su favor, y por tanto, siempre tener la última palabra. Por mucho que la historia esté viva, solo existe por obra y designio cuasi divino de quien pone caracteres y/o imágenes en ella.

El documental, por otra parte, tiende a carecer de esa cualidad. En su causalidad se enquistan aquellos hechos que registra. No es que un documentalista carezca de punto de vista o perspectiva, es que necesariamente, debe contrastarlos con la realidad que está poniendo en pantalla. Y en ese sentido, el nuevo estreno de Maite Alberdi, es un cautivante descalabro.

Un Hijo Propio” narra una serie de eventos ocurridos en México hace más de 15 años. Un caso de crónica roja que sacudió a la sociedad mexicana en su momento. El secuestro de una recién nacida desde un hospital público. Alejandra, tras tres abortos espontáneos, y bajo la enorme presión de su familia política, su marido y en general de una sociedad con valores en extremo tradicionales; ve una oportunidad al conocer a Mayra en la sala de espera del hospital, quien dice no encontrarse en condiciones de criar a su hijo y desea abortar. Alejandra la convence de dárselo a ella y de ahí decide fingir un embarazo para empalmar con el nacimiento del bebé de Mayra. “Las partes menos creíbles de este relato son las más ciertas” pareciera ser un lema bajo el cual este documental se mueve.

Alberdi se topó con la historia investigando para otro proyecto, en la cárcel de mujeres de Santa Martha Acatitla. Allí conoció a Alejandra, quien cumplía la parte final de su condena. Al entender que el caso tenía muchísimas más aristas que las descritas en los noticieros de la época, emprende el rumbo de rearmar lo descrito por la reclusa y para ello entrevista a los protagonistas y comienza a reconstruir el caso. Un true crime que requirió dramatizaciones en donde la directora de “El Agente Topo” comienza a estampar su habilidad para mezclar ambos elementos narrativos.

La cineasta tiene un punto de vista fijo desde el minuto uno. El aspecto social es el prisma con el cual se enfoca: la presión que obliga a las mujeres a valorarse únicamente al ser madres, heredado de un machismo muy arraigado en México, y en toda Latinoamérica. Es en la dramatización que ocupa la primera mitad de la película, en donde Alberdi se mueve de forma más impostada, pero con mucha firmeza en su propuesta, aprovechando lo más posible los recursos y limitaciones visuales.

La manera en que Alberdi se hace parte del registro, mostrándose a ella misma en la selección del casting y al traslapar entrevistas y actuaciones, es una declaración de compromiso inmediato. Llegamos al momento en que Alejandra y Arturo, su esposo, pasan a convertirse en los protagonistas ficticios de un melodrama en colores rosa y tonos pastel. Esa estética que es tanto la representación de un esperado embarazo, de la primera infancia y de una fantasía. Una relación pasivo agresiva con la familia que exige un legado, un camino pretendido que va minando la psique de su protagonista hasta el punto de que el embarazo se valida médicamente (otro hecho de la causa), baby showers que se cuadran con los registros de la época, y que su estado no genere sospecha alguna en su entorno. Alejandra no está sólo convenciendo al resto de que pronto será madre, también se convence a sí misma.

En retrospectiva, toda la secuencia de ficción se agiganta temáticamente, por mucho que su tonalidad nos acerque a una forma audiovisual que nos es bastante ajena, un cuasi culebrón por el que sentimos menos aprecio, más allá de que sea un género cultivado en nuestras tierras. Pero llegado el punto de quiebre, esto vuelve a ser un documental. Un true crime. Volvemos a las entrevistas de los involucrados, jueza, psicóloga, familia, imágenes de archivo, noticiarios que cubren los hechos. Y los hechos, en esta ocasión, son sumamente testarudos.

Alberdi reafirma las escenas dramatizadas con el material de archivo, casi exhibiendo lo minucioso de la reconstrucción, a la vez que deja en claro que incluso esos registros son también un punto de vista. Pero es justamente en ese proceso, en que va descubriendo que su protagonista, Alejandra, no ha estado diciendo la verdad. Y llega el desconcierto.

Y acá es donde nuestra galardonada documentalista se extravía. La confusión está en la pantalla y se traspasa a la audiencia. Podemos sentir la frustración de Alberdi al haber albergado una perspectiva que choca con la realidad. El crimen sí existió. Y fue cometido por una persona perturbada. Y los costos no los pagó sólo ella. Alejandra había obrado como el ente divino de su propia ficción, acomodando los hechos para que el discurso calzara. Todo lo que vimos en las dramatizaciones, sólo es la verdad en la realidad de Alejandra. La directora pudo deshacer todo, pudo reconstruirlo en el montaje, pudo cambiar el punto de vista al sentirse engañada, pero por el contrario, dobla la apuesta. Y esto puede no funcionar al 100% en la forma narrativa, ese juicio quedará a la audiencia, pero es prácticamente innegable en su nivel temático.

Alberdi no está errada al tratar de captar la dimensión total del caso, por mucho que la realidad de Alejandra no obedezca a los hechos como tales. La comprensión sobre la persona se sobrepone incluso a ellos. Es la sensibilidad de una artista, que incluso en esas mentiras, escudriña algo más profundo: Alejandra no falla sola, toda la sociedad le falla a ella también. Y esa deuda no tiene condena o siquiera intención de ser reconocida. Pero el traspié narrativo no logra transmitir en su totalidad esta intención. Hay un momento en que podemos captar como la directora no logra comprender a su protagonista. Como resiente el haber estado de su lado y quiere que al menos el cierre de la obra encamine a Alejandra. Pero tiene el talento y la lucidez suficiente para saber que no funciona así.

Un Hijo Propio” es en todo momento una invitación a revisar nuestros prejuicios. Por eso resulta tan curioso como fascinante que la misma directora no pueda salir de esa primera mirada y que su persistencia termina por validar el punto en otra dimensión. La historia de Alejandra tiene su propia conclusión. Como si los finales felices existieran sólo en la ficción. Porque en la realidad, en palabras de la misma Maite Alberdi, “la vida opina”.

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