Por Francisco Llancaqueo

Era una tarde calurosa y húmeda. La ciudad bullía, todos regresaban a casa cansados de una larga jornada de trabajo. Pero para mí todo parecía una película. Caminaba hacia Marcoleta, justo en frente del “Japón”, lugar de sushi, témpuras y cervezas de las más diversas nacionalidades. Allí funcionaba una de las sedes de Alcohólicos Anónimos y mi intuición me decía que ése era el lugar donde debía estar.

Una vez adentro del local, mi primera impresión fue de mucha decadencia. Los parroquianos se veían bastante a mal traer, mezcla de pickles y fermento. Fue inevitable sentirme choqueado de tanto rostro hinchado, cuerpos malolientes de alcohol acumulado por tantos años. Todo me parecía extraño y poco luminoso. Éramos un puñado de curaditos que en nuestra vulnerabilidad y ausencia de voluntad, pedíamos a gritos que alguien nos bajara de la pelota. A esa altura del partido, ya no estaba arriba. Yo era la pelota.

Lo primero que escuché de quien dirigía la reunión (un curaíto redimido, obviamente) fue: “El alcoholismo es una enfermedad. Y es una enfermedad para toda la vida. El único remedio es la abstinencia”. ¡JODER! La carga es fuerte cuando se te recibe con ese discurso.

Si trato de recordar cómo es que llegué ahí, tengo que empezar en mi época de teenager, de adolescente setentero. Era el tiempo de las luchas sociales y reivindicaciones de un pueblo postergado. Perfecta excusa para tomar sin límites. “La víctima” era el personaje perfecto para justificar mi debilidad. Grandes historias guardo de aquellos días de embale. Imposible olvidar aquella mañana en la puerta de “La Piojera” comiendo huevos duros, esperando que abrieran para componer la caña. Esa noche habíamos deambulado por los bares de la ciudad con mis dos compañeras de farra. La Mónica Briones, divina escultora, quien dejó el cuerpo en su ley y la Maca Vial, que terminó vendiendo el visón de su abuela para irnos de juerga y así adormecer nuestros corazones y razonamiento.

El tiempo pasaba con una velocidad inusitada, nada paraba, me encontraba en pleno escenario del “hacer” y “del deber”. Y para eso, nada mejor que un cortito de vodka o lo que fuera y así enfrentar las sociales que tanto temor e inseguridad me producían.

¡¡¡ Güena Llancaqueo que recita y delira mientras más azúcar corre por su sangre!!!

Y así fui dando inicio a mi experiencia de dualidad. El querer ser lo que esencialmente no era. El vivir el personaje que los otros esperaban de mí, buscando siempre la aprobación. Él que me quisieran excéntrico y único, regalando a los desconocidos hasta lo que llevaba puesto como acto fraternal, sin importar que no los volviera a ver. Todo iba en la misma dirección. Empático con Dios y el Diablo, era el rey de la fiesta.

La embriaguez de los días no me daba tregua. Todo se escapaba de mis manos y resultaba más fácil partir al Liguria a nadar dentro de un froisser Margarita que un acto de contrición o que escuchar lo que decía mi hígado, que a esa altura, ya lo llevaba en la mano.

Si enumerara los condoros de esos días, no acabaría este escrito. Viene a mi mente aquella fiesta en la Embajada de Austria, masajeando con mi boca los pies de la Paulita Undurraga, gozadora amiga de juergas santiaguinas, mientras la emperifollada concurrencia miraba este insólito acto como una alucinación o una acción de arte. O la suicida carrera al revés por la Kennedy como un Fittipaldi enajenado.

Para el mármol quedará la comida en casa de Hopenhayn, con nuestro premio Cervantes de cabecera de mesa, mientras mi delirio poético hacia llorar a la concurrencia en una catarsis colectiva.

De la primera sesión de A.A. recuerdo haber salido con una mochila muchísimo más pesada de la que tenía al llegar. Y la verdad, no hubiese regresado, pero algo me decía que era el comienzo de un episodio trascendental. Lo que más recuerdo es lo inhóspito del lugar, las caras tristes de quienes compartían la experiencia, Quizás no era más que mi propio espejo. Mientras daban comienzo al miting, observaba sus viejas y descoloridas murallas, era el reflejo de la miseria humana que llegaba día tras día en busca de una milagrosa sanación.

La verdad, nunca sabré si los amigos de A.A. me sirvieron de algo. Lo que sí sé, es que para muchos es un muy buen lugar.

Hoy, todo es diferente. Al hacer verbo que soy mi propio creador, entendí el trabajo a hacer. Crear el amor hacia mí mismo. Aceptándome confuso y débil, amigándome con todas mis carencias, amando aquello que soy me guste o no. Y cuando comencé a querer lo que rechazaba, todo copete comenzó a desaparecer.
“TODO ES PERFECTO, EXACTAMENTE COMO ES” , nada malo hay en lo que podamos crear, todo tiene que ver con la perfección de quienes somos.

Lo malo y lo bueno sólo habita en la cabeza y en ella, el miedo que hace enemistarnos de quienes somos realmente.
Hoy, amándome sin condiciones, puedo sentir que el pasado ya no existe (sólo habita en mi mente) así como tampoco el futuro. Solo hay un “aquí y ahora” y desde este presente comparto esta historia con quienes se sienten atrapados en su propia creación, agobiados de ser actores de su propia cárcel, convencidos de que no son capaces de saltar el surco de lo adquirido. Sólo es cuestión de enfoque, querer doblar la mano al destino, reeducarnos en la libertad de elegir lo que no nos haga sufrir a nosotros y a nuestro entorno.

Hoy, mi presente brilla sano y amigable. Abrazo cada acto que sale de mi corazón, entendiendo que no hay mayor grandeza que la expansión de mi conciencia. Por eso, cuando llega a mi mente el pasado, me abrazo en la compasión, aceptando esta experiencia humana, sin cuestionar el haber hecho bien o mal las cosas. Sólo entendiendo que estamos acá para aprender y crecer. “Tomorrow is other day “. ¡Salud! y ¡Feliz 18!