Una semana antes del plebiscito del 5 de octubre de 1988 Ignacio Walker y Enrique Correa, visitaron a Jaime Guzmán: la idea era trazar lazos para asegurar el respeto por los resultados de la elección que definiría el futuro político de Chile los próximos ocho años. Los representantes de la Concertación fueron claros con el amigo de Pablo Longueira: sabemos que el NO va a ganar por más de 10 puntos y queremos saber si el Gobierno va a respetar ese resultado. No estoy seguro, respondió Guzmán.

Sus palabras confirmaron la idea que desde hacía más de un año repetían como un mantra en el Comando del No: solo un sistema propio de conteo exhaustivo de votos les daría una herramienta sólida para enfrentar cualquier intento de fraude de parte de la junta militar.

Aunque este programa estaba contemplado desde casi un año antes de la votación, ese día los líderes de la oposición tomaron consciencia del peso que tendría el programa de control de fraude, encargado desde el Comité Técnico que encabezaba el decé Genaro Arriagada, el PS Gonzalo Martner y el decé Germán Quintana.

Hasta ese momento, el trabajo que había movilizado a más de 60.000 personas se encontraba en un segundo plano. La energía había estado concentrada en la franja, en las movilizaciones callejeras, en las redes internacionales y en buscar puentes con el brazo civil de la dictadura para asegurar el respeto a la votación.

Con 30 años y después de participar en la fundación del Partido Por la Democracia como un órgano instrumental -el PS era clandestino-, Martner se hizo cargo de desarrollar la estrategia desde finales de 1987 y durante un año de trabajo debió levantar un sistema capaz de hacer contrapeso al de un servicio electoral oficialista.

Con la experiencia de los plebiscitos de Uruguay en 1980 -que finalmente sacó a los militares del poder- y de Filipinas, en el Comando del No sabían que sólo había una forma de tener un informe creíble: contar cada uno de los 7.251.933 votos emitidos ese día para tener un informe consolidado en el mismo tiempo que el que presentaría el gobierno militar, probablemente con resultados favorables al dictador y sus amigos.

“Para nosotros fue una decisión política meternos en la cancha que considerábamos ilegítima, pero sin embargo era la más favorable para nosotros, lo otro era la insurrección y eso era como Guatemala, cien mil muertos”, recuerda Martner.

Las premisas del sistema eran tres: el trabajo paralelo debía ser exhaustivo, seguro y veloz, ya que la apuesta -se ha dicho hasta el cansancio- era de doble filo: participar en el plebiscito legitimaba la Constitución de 1980 y abría la puerta a que alias Daniel López gobernara desde La Moneda hasta 1996.

Paso a paso

En plena dictadura, sin un registro público, el trabajo comenzó con un estudio del ritmo de las inscripciones que les permitiera tener una idea de cómo estaría compuesto el padrón electoral: rangos de edad, sexo, y de alguna forma tendencias de votación que permitieran tener un colchón.

A partir de esto había que entrar a terreno. La ley permitía que cada uno de los partidos reconocidos legalmente tuviera un apoderado por mesa, pero diferencias en el seno de la oposición llevaron a que la Democracia Cristiana -como siempre- prefiriera avanzar por su cuenta, dejando a los demás 16 partidos al alero del PPD y el Partido Humanista, los dos únicos conglomerados que podrían prestar las personalidad jurídica para acreditar representantes de la oposición en cada una de las 22.267 mesas que se constituyeron el día del plebiscito. Finalmente se optó por usar la del PPD.

Así, se conformaron dos líneas de control, una fue la línea de la DC, llamada N y la del PPD y el resto de los partidos del conglomerado fue la O y que a la larga sería la que entregó los datos usados al final del proceso.

Una vez tomada esta decisión, los opositores comenzaron con la capacitación de apoderados, un proceso en el que participó intensamente la Fundación Ideas, a cargo de Francisco Estevez. Como no había mucho tiempo para capacitar a todos los cerca de 60.000 chilenos que participaron del proceso de control, la fundación empleo un sistema piramidal en el que se capacitaba a un grupo para que este transmitiera a otros grupos y así lograr un carácter exponencial de lo explicado.

Para ordenar el conteo, desde el Comando se diseñó una papeleta de control en la que cada apoderado tenía que anotar en la mesa, y después pasaba al apoderado de recinto el resultado mesa por mesa y finalmente, mediante un sistema de chasquis o de postas, partía de los 1000 recintos a 25 centros de acopio que concentraban, cada uno, los resultados de dos provincias de las 50 que tenía el país en ese año.

Los resultados de cada una de las mesas serían enviados posteriormente al Comando, pero debido a la necesidad de tener datos en corto tiempo, las papeletas eran derivadas en auto, a pie, en bicicleta, en lancha o como fuera a los centros de acopio desde donde eran reenviados por fax -la última tecnología de la época- los enviaba a cuatro centros de recolección clandestinos en Santiago. Desde estos cuatro puntos -ubicados en fábricas y oficinas de allegados a la oposición al régimen- se transmitían los informes finales al Comando del NO, ubicado en la Alameda con José Victorino Lastarria, donde hoy hay una cooperativa de ahorro.

En el comando, Martner dirigía a un grupo de ingenieros en matemáticas de la Fech que trabajaban de manera voluntaria para procesar los datos finales acompañados de digitadores profesionales de un banco, acostumbrados a este tipo de trabajos. Junto a ellos trabajaba un grupo de cerca de 40 contadores llevando el conteo a mano para tener un respaldo en el caso de que hubiera algún corte de luz o problema técnico.

El fantasma de Cardemil

Por toda esa organización, era obvio que algo así pasaría: son las seis de la tarde del cinco de octubre de 1988, el plebiscito que definirá el rumbo de Chile por los próximos ocho años está terminando y el conteo paralelo avanza casi a la perfección hasta que uno de los técnicos de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile que ayuda con el conteo enciende la fuente de poder de la que dependen las computadoras que analizarán los datos y zás. Un chispazo le quema el dedo, quema unas placas del aparato y dispara una sarta de puteadas en el equipo. Un año de trabajo está a punto de irse a la basura por la electricidad estática acumulada en la alfombra.

El pánico aumenta cuando aparece en televisión el subsecretario de Interior, Alberto Cardemill, dando un avance de los resultados en el que el Sí ganaba la votación. “A esa hora nosotros no teníamos ni un dato”, reconoce Martner.

Finalmente -y con un cheque que un par de semanas después sería protestado- el comando consigue un nuevo computador y comienza a procesar los datos.

Además de los digitadores y los técnicos, el equipo contaba con una unidad de análisis y proyección de los datos que trataba de adelantar las tendencias a medida que iban ingrensando datos desde los cuatro puntos de acopio en Santiago. La idea era poder preveer desde muy temprano cómo se inclinaría la balanza para poder argumentar en caso de fraude.

Así mismo, en el Comando del No se tomó la decisión de contratar a una empresa francesa para hacer sondeos de boca de urna que despejaran cualquier duda sobre la tendencia de la votación. El primer informe de esta encuesta fue arrollador. El NO ganaba con 60 puntos a las dos de la tarde.

A las diez de la noche los militares cerraron el centro de Santiago, un problema para el sistema de chasquis que debía llevar los informes desde los cuatro centros clandestinos que recopilaban los datos de todo el país: la orden desde el Comando fue tratar de llegar hasta Lastarria de cualquier forma. Algunos usaron autos diplomáticos para poder burlar el cerco y poco a poco los datos comenzaron a llegar.

Con la convicción de que la votación estaba ganada, Patricio Aylwin fue esa misma noche a un debate televisivo en Canal 13 con Sergio Onofre Jarpa. Antes de salir del comando, Gutemberg Martínez le entregó el primer avance del conteo con una proyección en que ganaba el No por 56%, datos muy cercanos al resultado final.

Como los datos consolidados eran un informe en papel, la solución ante cualquier cuestionamiento de parte de la derecha al conteo del No fue simple: armaron un mamotreto con las copias de fax de los resultados mesa por mesa cuando habían contado cerca de un 30 % de los votos.

Con ese instrumento, Jarpa y un joven Andrés Allamand reconocieron la derrota. A los datos del Comando del No se sumó un informe elaborado por la Iglesia entregado a Fernando Matthei y que mostraba la derrota de la junta.

Así, esa noche Pinochet se encontró con el ala civil de la derecha convencida de su derrota, por el lado de Onofre Jarpa y con la Fuerza Aérea, por el lado de Matthei. Pese a eso, solo a las dos de la mañana el ministro Sergio Fernández reconoció formalmente el triunfo del No.