Sin mucha suerte, este pobre hombre se acercó a un cadáver de una ballena en las Islas Feroe, en el Atlántico Norte. Cuando estaba a la altura de su estómago, la ballena explotó dejando las tripas, los órganos y una horrible cantidad de sangre al descubierto. Por centímetros se salvó de ser empapado por esas agradables sustancias, pero se llevó el susto de su vida.



