Aquel día de noviembre de 2012 el calor era insoportable. Recuerdo que iba a almorzar en la sala de profesores cuando al pasar frente al baño sentí olor a hierba. Me quedé un rato más olfateando y un olor a ‘paragua’ me golpeó la nariz. Abrí la puerta del baño y apareció un alumno. Era Jhonny, que no tenía nada en la mano y sabiendo que lo había pillado se me adelantó: “Profe, ¿está fumando hierba?”, me preguntó. Bastó mirarle la cara, sin embargo, para saber quién era el que fumaba: Jhonny tenía los ojos tan irritados que estaban fucsias de tanto pegarle al porro. Le expliqué que no tenía problemas con la marihuana, pero que preferiría que los alumnos no fumaran en el colegio. Estábamos en esa conversación cuando el director apareció y se lo llevó a la rectoría.

Al salir del colegio me lo encontré y me dijo que no le habían hecho nada. Me contó, además, que le había dicho al director que era yo quien estaba fumando, pero obviamente no le creyeron. A Jhonny lo conocía hace tres años y teníamos una buena relación, de confianza: en aquel tiempo no era un alumno conflictivo, le iba bien en las materias y tenía unos padres muy preocupados de su educación. Recuerdo, de hecho, que en sexto básico su papá le compro una guitarra y habló conmigo para que le enseñara a tocarla. Aunque no tenía condiciones musicales, sí se esforzaba por aprender.

Ese mismo año, sin embargo, el padre de Jhonny murió de un ataque, su mamá se volvió alcohólica y su hermano menor fue enviado a un hogar del Sename. En resumen, una gran crisis familiar. Recuerdo que ese año, Jhonny no volvió al colegio y terminó el año anticipadamente. Cuando regresó a comienzos de marzo ya no era el mismo. Estaba retraído, con sobrepeso y sin ganas de hacer nada: no escribía, no dibujaba, sólo recortaba cartones para hacer esténciles que luego rayaba en las paredes del colegio. De alumno bueno pasó a ser ‘prioritario’, que es un eufemismo con el que el ministerio de Educación se refiere a aquellos estudiantes conflictivos. Los niños como él, aunque usted no lo crea, son apetecidos por algunos colegios, como en este que hago clases. Mientras otros seleccionan a los mejores para que saquen buenos puntajes en la PSU, acá el sostenedor soportaba los rayados de Jhonny sólo porque le entregaban una subvención especial. No echarlo del establecimiento, por tanto, era un buen negocio para él, pero a Jhonny nadie lo ayudaba: deambulaba por los patios del colegio como un rapero del Bronx, rayando todo lo que pillaba.

A fines de este año, hace pocos meses, el colegio entró en crisis y el director decidió expulsar a los malos alumnos. Jhonny fue uno de los que encabezó la lista y se le canceló la matrícula. Debo decir que no estaba de acuerdo con la decisión, por eso el día en que lo echaron se lo dije cuando me lo encontré en la plaza fumando. Allí Jhonny me dijo que “Ojos fucsias” era uno de los mejores sobrenombres que alguien le había puesto.

Al día siguiente el colegio amaneció rayado. En medio de letras inentendibles una frase resaltaba en lo alto de la entrada: “El director de este colegio es un conchesumadre”, decía el grafiti. Al lado de la frase una firma: J.O.F., Jhonny ojos fucsias.