Con más de setenta años, Kual Yel se ha vuelto una especie de abuelo para los miles de desplazados a los que acoge en un nuevo campamento en Sudán del Sur, donde ya no tienen que dormir a la intemperie ni pasar hambre por culpa del conflicto.

Nada más empezar en diciembre pasado los combates entre los partidarios del mandatario del país, Salva Kiir, y los rebeldes seguidores del exvicepresidente Riak Machar, Yel pensó en abrir un refugio para los damnificados.

El primer grupo fueron cientos de sursudaneses que habían abandonado sus casas por miedo a la violencia en el estado de Jonglei, el mayor del país.

Tras recorrer alrededor de cuatrocientos kilómetros, estas personas se refugiaron en un inicio en el mercado de Koyo Konyo, uno de los más grandes de la capital.

Carecían de techo, así como de comida y agua suficientes, pero los desplazados, de todas las edades, decidieron quedarse en ese mercado a la espera de hallar un lugar mejor.

Yel les brindó esa oportunidad.

No tenía ni financiación ni el espacio adecuado para reubicarlos, pero no dudó en ponerse en contacto con el director del Instituto Científico de Yuba, Al Nur Kur, para pedirle ayuda, cuenta a Efe el anciano.

El propio Kur explica que no tenía tiendas de campaña para responder a la solicitud de Yel y le comentó que lo único que podía ofrecerle eran las aulas del instituto.

Allí se trasladaron los refugiados del mercado de Koyo Konyo, “un número limitado que ha aumentado hasta las 7.000 personas que actualmente atendemos”, relata Yel, que agrega que cada día acuden al campamento un promedio de veinte nuevas familias procedentes de distintas zonas.

Sin perder la paciencia en ningún momento, el hombre pasó a pedir donaciones a los locales comerciales de la capital para facilitar comida a los desplazados.

Con el progresivo aumento de personas necesitadas y la escasez de aulas para cobijarlas a todas, Yel convenció después a las autoridades y a las organizaciones humanitarias para que enviasen al centro ayuda en forma de alimentos y tiendas de campaña.

Gracias a este tipo de acciones, se establecieron baños nuevos y una consulta médica.

Actualmente, Yel supervisa el funcionamiento de las instalaciones a diario con un grupo de jóvenes voluntarios.

También está inmerso en los preparativos para lanzar cursos escolares dirigidos a los niños que tuvieron que abandonar sus clases en Jonglei debido a la violencia.

“He preferido no salir del país. Llegué a Yuba a principios de enero y doy las gracias a la Iglesia africana, que nos ha ofrecido comida desde el primer día”, subraya el sursudanés Mayen Kur.

Este desplazado lamenta, no obstante, que el campo sufra escasez de alimentos y necesite más atención por parte de las autoridades del país.

Pese a las dificultades que enfrentan, Yel dice sentir “mucha felicidad” ayudando a sus compatriotas. Ahora bien, su mayor deseo -sostiene- es que “termine la guerra para que los refugiados vuelvan a sus poblaciones”.

Los enfrentamientos han causado miles de muertos y cientos de miles de desplazados desde diciembre en el joven país, que afronta su mayor desafío desde su nacimiento en julio de 2011, tras independizarse de Sudán.

Las partes enfrentadas acordaron el pasado 23 de enero un alto el fuego, que los países africanos pretenden supervisar para alejar de una vez por todas el fantasma de la guerra civil.

Mientras, la ONU tiene a miles de personas refugiadas en sus instalaciones en el país y esta semana anunció que necesita 1.270 millones de dólares adicionales para ayudar a 3,2 millones de afectados por el conflicto.

Además, las distintas partes involucradas han mantenido contactos para permitir que los ciudadanos puedan volver a sus casas cuando mejore la situación de seguridad en lugares como Yuba.