Columna: Maricones Tod@s



El pasado 3 de abril, Rosario Benítez, tía de un estudiante víctima de discriminación en el colegio en razón de su orientación sexual, al solicitar exámenes libres para su sobrino relata que obtuvo la siguiente respuesta por parte de un funcionario del Mineduc: “Me dijo que no se decía gay. Me dijo “los gays son de Estados Unidos, aquí se les dice maricones”. Luego le dice que él tenía hijos, “los que a diferencia de mi sobrino eran ‘muy hombrecitos’”.

Ahora ustedes están leyendo a otro “maricón”, al igual que el sobrino “maricón” de Rosario. Yo no pude vivir mi sexualidad en el colegio. Siendo niño, había que aparentar, autocensurarse. Resultaba más fácil eso, que ser valiente y enfrentar la discriminación. Acepté esconder y en sus consecuencias, que en mi familia hasta el día de hoy sea intratable hablar de “maricones”.

En el último tiempo hemos sabido de otros “maricones” como Wladimir Sepúlveda y Daniel Zamudio que fueron igualmente nombrados y perdieron su vida por no gozar de la categoría de “hombrecitos” para esta sociedad.

Pero quiénes le llaman maricones. Hace un par de meses la senadora Van Rysselberghe señaló que los maricones no debieran adoptar hijos porque sus niños serían discriminados. No estaba tan equivocada, ya que la historia que motiva esta columna da cuenta de ello. El problema está en que los dichos de una parlamentaria conservadora de derecha, se naturalizan y se hacen práctica común, limitando la felicidad y derechos de las personas por la discriminación de la que son parte.

Ese “niño-maricón” vivió la parajoda del actual sistema educativo. Una educación que busca homogenizar para que todo aquel que no se inserte en dichos patrones de conducta sea discriminado y cuyo único derecho concedido en esta sociedad sea mendigar tolerancia, pero ni hablar de inclusión.

Por ello, la reacción de este funcionario público es un ejemplo claro de cómo la educación discrimina en este país, legitimando un sentido común que naturaliza dicha discriminación al punto que sus mismas instituciones lo reproducen, cuando deberían ser estas y en particular el Estado, los que garanticen el derecho humano a no ser discriminado y a una educación que en esencia debe ser inclusiva. Sin embargo lo que realmente tenemos son las contradicciones vitales de un sistema educativo que acaba de discriminar a otro niño por ser “maricón”.

Hay que entender que cuando esta sociedad aprenda a vivir con maricones y mariconas dejaremos de llamarle maricones a las personas.

*Marco Velarde,
Presidente Federación de Estudiantes Universidad Central y militante de Izquierda Autónoma.

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