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Voy a ir directo al grano, derechamente: Para mí Salvador Allende fue un hombre derecho en todo el sentido de la palabra, a carta cabal; su gesto en La Moneda de sacrificarse en esa coreografía infernal por la defensa de la democracia y de los valores fundamentales, es algo que no tiene parangón en el siglo pasado, al menos en América Latina el destino fijo de los presidentes derrocados por militares era el asilo en alguna embajada amiga y se acabó el cuento. Allende optó por otro camino, lo pensó, lo indicó, lo deliberó, lo anunció: “me sacan de La Moneda en pijama de palo”. Y el hombre cumplió su palabra, su discurso final es de un hombre convencido, resuelto y valiente, para mí ese discurso es un poema total. Entonces que venga un pillo de siete suelas a mancillar la memoria de ese hombre excelso, a mí me ha sacado de quicio.

Yo a ti Eduardo Labarca no te voy a trollear, yo a ti y lo digo muy en serio te desafío a duelo, de la misma manera que a Salvador Allende le gustaba hacerlo cuando le arrastraban el poncho, y no es leseo irónico, te demando a la usanza antigua, ya veremos la locación (quizá Avenida España sería bueno) y la Henry Morgan correspondiente. Te tiraste al chancho, usted petimetre dañino no quiere entender a Allende para desconstruirlo, lo que pretende es sencillamente destruirlo dando a conocer de manera baja e insolente “los secretillos” del hombre. Hasta este minuto la sacaste barata, pero te llegó la hora, y soy de los que habría ido a La Moneda a estar con Allende, pero en el 73 era menor de edad y los milicos me pararon frente a la Estación Mapocho y me mandaron al templo de las Carmelitas con senda patada en el culo… Pero usted mi amigo Labarca me da la oportunidad de volver a La Moneda y estar con el gobernante más heroico que ha tenido Chile.

No puedes con tanta impunidad, Eduardo Labarca, vejar y defecar la hombría y la imagen de Allende; lo que has hecho con tu libro y tu último artículo en The Clinic es maltratar y ningunear a Allende con mala leche. Te digo una cosa, a Allende le gustaba fornicar, culear, tirarse las minas (en esa época de cabro chico yo estaba enamorado de la Eliana Vidal que salía en la revista Cine Amor y en la película Largo Viaje y me dio mucho gusto saber que era una de las favoritas de Allende) como a cualquier gallo de pelea, ¿qué pasa con ese hábito de mujeriego de Allende? ¿Algún problema? ¿Sabes qué, sabes por qué te molestas en escarbar locaciones secretas de Allende? Por resentimiento y por sacar plata fácil a costa de un héroe y de un hombre corajudo. Tu padre Miguel Labarca nunca soportó que su amigo Allende, el estudiante porro de medicina, fuera más que él en el plano de las polleras y de la política, se lo comió el Síndrome de Salieri y usted no pudo evitar la misma sintomatología; acusas a Allende de bemoles desafinados, perjudicas a la señora Tencha, ella habrá tenido sus motivos para seguir a su marido, tolerarlo, comprenderlo, admitirlo. A Allende no me lo bajas del pedestal ni a palos, yo a ti si te quiero dar el bajo por infame y con un hecho de sangre. ¿Eres capaz de ponerte los pantalones alguna vez en tu vida de lechuguino? Ni siquiera las cabronas de las casas de putas eran tan cahuineras, la Celestina no te llega ni a los talones, ni los mostaceros de la Carlina intrigaban como tú; te das el lujo de decir que Allende era trucho, pero con qué ropa, tú no eres el Coco Paredes, tú no eres el Perro Olivares, tú no eres Domingo Blanco, tú no eres Enrique Huerta. Ni la burguesía ha atacado o desprestigiado a Allende como tú.

Antes de verificarse el duelo te preguntaré “¿y usted ha sabido ser un buen padre?”. Allende para mí no es un “tío”, es un padre y eso justifica que quiera defenderlo de esa manera. No oculto mi identidad frente a ti, mal intencionado: Yo soy José Maximiliano Díaz González (los otros datos en Secretaría, ningún problema). Sé quiénes serán mis padrinos en ese duelo a muerte: la fe que profeso con todas mis fuerzas a esa mujer de mis amores, mi querida Cotota, y fundamentalmente me inspirará el pueblo y los trabajadores y el cariño por un Padre de la Patria.