CamilaVallejo LAcrimogena

Agosto no es un mes muy cargado a la efeméride. Gatos, la virgen y algún nacimiento. Por otro lado, cuando la historia está tan cerca cuesta enfocarla bien. Recién, muchos años más tarde, a veces décadas, nos enteramos que fuimos parte de eso que pasó. Cuesta saber que participamos de un momento clave cuando no hay un avión que te bombardea el sueño al medio día de un martes.

El 4 de agosto del 2011, el ex ministro Hinzpeter no trepidó en negar el derecho a manifestarse a favor de otro derecho. Dijo: “La Alameda no se abre”. Pero lo estudiantes -a quienes les debemos que hoy discutamos en cuántos años tendremos gratuidad universal, y ya no cuánto bajan las tasas de interés- llegaron igual no más esa mañana a Plaza Italia, convencidos de no dejar que el piñerismo les arrancara la dignidad de manifestarse.

El resultado: la más brutal represión desde la dictadura. Me acuerdo de que a eso de las dos de la tarde me llamaron de Radio Nacional desde Buenos Aires. En sus preguntas ya había claridad de que aquel día constituía una vergüenza para ese gobierno que tanto había repetido “somos una derecha democrática”. Conversé con los trasandinos parado frente a una barricada en Vicuña con Bilbao, y tuve que cortar porque el ruido de los helicópteros hacía imposible la conversación.

Fue un día doloroso. La Federación de Estudiantes de la Chile, en un sólo día, recibió más lacrimógenas que en todo el año, quizás que en toda la década pasada. Pequeñas barricadas se instalaron incluso en las esquinas de barrios de comunas ricas.

La demanda por una educación pública, gratuita y de calidad se había hecho parte del sentido común. Pero desde el cielo nacional los helicópteros se abstraían de aquello tan evidente y dejaban caer terroríficos focos y lacrimógenas. Como vivo muy cerca de Plaza Italia, abrí mi casa después de que nos tiraran gas por estar golpeando ollas y cacerolas, como lo hacían cientos de miles de familias esa noche.

Abrí mis puertas para refugiarnos y de pronto en mi departamento chico, figurábamos unas 20 personas con los ojos hechos pedazos por el gas y con la sensación de que sería una jornada muy larga. Había una vendedora ambulante que lloraba no sé si más por la mercadería que le habían mojado -que le servía para mantener a sus hijos- o por los tóxicos policiales. Habían unas adolescentes que nacieron después del 90. Varios amigos actores y un par amigos que meses después serían parte de la fundación del movimiento Revolución Democrática.

Días después, Camila Vallejo devolvía a La Moneda más de 500 casquetes de lacrimógenas, no sin antes usarlos para construir un gran signo de la Paz en la Plaza de La Constitución. La imagen daría la vuelta al mundo y quedaría pegada para siempre en el diario de vida nacional que escribimos entre todos.

Ese gobierno nunca entendió que esto no se trataba de endeudarse un poco más o un poco menos. Nunca entendió que lo que se demandaba era una profunda Reforma Educacional, y terminó con unos paupérrimos niveles de popularidad. Sin embargo, ese agosto no fue sólo el 4, también fue ese 26 en que una bala policial le quitó la vida a un muchacho que se manifestaba como lo hicimos tantos. Santiago estaba otra vez manchado de sangre de un poblador que demandaba sus derechos.

Los organismos internacionales de Derechos Humanos otra vez miraban a Chile, y no precisamente para felicitarnos. Agosto no estaba muy cargado a la efeméride, pero el del 2011 ya no se nos va olvidar más. Fue un mes doloroso, pero también un mes repleto de dignidad estudiantil. Tanta que se traspasó a los abuelos, las abuelas y los cabros chicos. Tanta, que esos indignados cacerolazos han sido de las canciones más lindas que he escuchado en la vida. *Coordinador Nacional de Revolución Democrática.