Antonio Ortuño: “Escribo para vacunarme contra el cinismo”

Antonio Ortuño (1976) es una de las voces más poderosas de la llamada nueva generación de narradores mexicanos. En la previa de su visita a Santiago hablamos con él sobre violencia mexicana, cinismo político y esnobismo literario. “En América Latina tenemos una literatura de señoritos”, afirma.

Antonio-Ortuño

En La fila india, su última novela, Ortuño se ocupa de la masacre de los migrantes centroamericanos que camino de Estados Unidos están condenados a pasar por México, un país que los maltrata, los mira en menos y hasta permite hacer negocio de la migración. De más está decir que no es pura ficción: el 2011, en San Fernando, 72 migrantes centroamericanos fueron ejecutados. Fue la “Masacre de Tamaulipas”.

“El asunto de los centroamericanos es invisible en la vida pública –advierte Ortuño–, pese a los esfuerzos de algunas organizaciones civiles, periodistas y documentalistas. El medio intelectual está más o menos consciente de que la novela tiene un punto, sí. El problema es que el medio intelectual mexicano cabe en un café y su repercusión social es mínima”.

¿Cómo se puede vivir con el conocimiento que tu sociedad está cruzada por la corrupción y la violencia?
Me lo pregunto con frecuencia. La novela ensaya una respuesta: se vive en la zozobra, en el recelo, en el cinismo. En burbujas y de espaldas a la carnicería algunos, hasta que les toca.

Los mexicanos son víctimas de su frontera norteña. En La fila india, en cambio, son los responsables de la segregación y violencia contra los centroamericanos que emigran a Estados Unidos.
México se victimiza, con razón, ante Estados Unidos. Nos arruinaron como país. Nos arruinan cada día. Sí. Por ello resulta chocante la manera en que las sociedades mexicanas nos comportamos, de modo generalizado, con los centroamericanos. Los extremos de violencia que alcanzamos con ellos superan ampliamente el de los gringos con nosotros. En pocas palabras: los mexicanos tratamos a los centroamericanos como ganado. Y eso es despreciable y la literatura puede enunciarlo.

Pero no lo enuncias de manera llorosa. Para lo descarnada que es tu novela, la prosa es sutil, aforística incluso.
Sí. Quería que el lenguaje fuera sobrio, no un oso en tutú y monociclo atravesándose en la lectura. A la vez, me preocupa cada palabra, su elección, su posición en el texto, su música. Me gusta esa parte artesanal de la escritura. Disfruto no compartirla con aquellos que piensan que decir “artesano” es insulto. Y es que hay demasiados señoritos que escriben en América Latina. Tenemos una literatura de señoritos.
A propósito de “señoritos”, más de una vez te han comparado con Houellebecq…
Houellebecq me parece un ejemplo de todo lo que no quiero que pase con mi escritura. Siempre las mismas quejas de francés bien comido, bien bebido y todavía llorón. Estaría bueno que se levantara Céline de la tumba y le diera un par de bofetadas.

PROGRES Y TROGLODITAS
En la novela, los biempensantes, los “progres”, se reservan el derecho de practicar su salvajismo en la comodidad de sus hogares. ¿Qué te parecen los progresistas latinoamericanos?
En general abomino de ellos. Pero tampoco olvidemos que hay algo mucho peor que el progresismo: la derecha. El biempensante cumple una función en el texto: evitar que se convierta en otra de tantas novelas-negras-latinoamericanas en la que el crimen organizado y el poder cumplen la función de diablos inmundos y un detective irónico y desencantado, pero de buen corazón, salva los muebles. No, señores, los putos muebles y la casa ya se quemaron. El biempensante propone que la mierda está en las mentecitas de todos, que no hay algo como una “ciudadanía buena” inocente de la carnicería.

¿Cómo se puede ser de izquierda en América Latina, entonces?
No sé hasta dónde identificarme con la izquierda. No me eduqué sentimentalmente en la izquierda. Ni Gabo, ni Silvio, ni el Che, ni Julio Cortázar, vaya. Leía, más bien, a Bakunin, Stirner, Cioran o Schopenhauer, y de esas páginas sale uno troglodita. Pero hice un ejercicio mental muy claro: odio a los curas, a los milicos y a los empresarios, no me siento de la raza superior y no creo que los pobres sean objetos desechables.

Pero es imposible ser de derecha…
No había modo de que fuera de derecha. Tampoco tenía un centavo, que influye… Soy una especie de incrédulo terminal. Nada me convence. Y mi oficio es el periodismo, que es una militancia en sí mismo. Pero es sencillo pasar de esa postura al cinismo y terminar cenando con un diputado… Por eso me preocupa inmiscuirme desde la literatura en temas como la carnicería mexicana, la migración, el racismo y el clasismo, como en La fila india. Para vacunarme contra el cinismo.

CONTRA LO INCOMUNICABLE
Has mencionado que existe un cortocircuito, un abismo incluso, entre los lectores y la literatura que se publica en la actualidad. ¿A qué se debe?
Obedece al esnobismo. Joyce o Pound, por poner ejemplos de escritores “oscuros”, no escribían para no ser entendidos, sino para ampliar los registros de lo que se podía alcanzar con el lenguaje. Ambos eran muy versados, casi eruditos, en letras clásicas. Pound incluso se las vio con el chino. Que, en cambio, un tipo o tipa de pocos años y pocos libros encima decida prescindir del sentido y apile consonantes o signos o se entregue al balbuceo no me parece parte de un proceso lógico sino algo como saltar de un puente para ver quién grita. Al contrario de lo que proponían los surrealistas, me parece que el automatismo no libera la escritura sino que la balda. El automatismo replica los lugares comunes, esas “ideas heredadas” que llevamos precargadas ya. Sólo un trabajo racional con el lenguaje rompe con ellas. Por eso los textos a vuelapluma están llenos de frases hechas y son inferiores a los que se trabajan y se afilan.

Mitad en broma, mitad en serio, ¿tiene algún sentido intelectual asistir a la plática de un escritor?
Para un escritor tiene sentido si, como es mi caso, llega invitado y con los gastos pagados. Para un espectador de a pie… Yo odio, de verdad, a los escritores con saco de pana con coderas que aburren hasta al señor de la microfonía cuando se ponen eruditos. Me agrada que el autor diga barbaridades, que discuta, gruña, maldiga. Pero que se mantenga sentadito, que tampoco es el circo.

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