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“Una revolución que está cambiando al mundo”. Es el subtítulo de Global Gay (Ed. Taurus, 2013), el libro donde Frédéric Martel –sociólogo francés que se transformó en superventas con sus estudios sobre la cultura de masas– resumió cinco años de investigación en torno a la >liberación gay en 45 países de Europa, América, Asia, África y el mundo árabe. Precisamente en la globalización del fenómeno, Martel encuentra sus claves: “La ‘cuestión gay’ no es el centro de los problemas del mundo, pero es un buen termómetro de los niveles de democracia y de derechos civiles en cada región”.

Has dicho que el Tercer Mundo, en algunos casos, ha tomado la delantera en asegurar esos derechos.
Sí, es extremadamente novedoso ver a países como los de América Latina llevar el diapasón en materia de derechos humanos. Hasta hace 50 años éramos nosotros quienes les que le decíamos a los chilenos “Pinochet no es bueno, hay que proteger los derechos humanos y ayudar a los disidentes”. Hoy en día países como Brasil, Argentina, México o Sudáfrica están más adelantados en el tema gay que Alemania o Italia, que todavía no tienen matrimonio para todos.

Pero eso es solo en el plano legal, ¿o no?
Depende. Los países europeos tenemos una cierta amargura y dejamos atrás la creatividad de otras décadas, estamos lejos del joven Almodóvar. En cambio hace poco estuve en Río de Janeiro y me sorprendió encontrarme en un local nocturno absolutamente “posgay”. Creo que era un local hetero, pero había muchos gays. Era como postsexual. Proyectaban una versión sexual de Alicia en el país de las maravillas, en la que Alicia tenía historias de sexo que no habían sido narradas en la versión original. Los hombres actuaban de mujeres y las mujeres de hombres, era una cuestión rarísima.

¿Eso tiene que ver con la “homosexualización de la sociedad” de la que hablas?
La pregunta es por qué la revolución gay funciona tan bien. No creo que la cosa haya cambiado porque cuatro bigotudos en Stonewall se rebelaron contra la policía. Empezó a cambiar con la multiplicación de los bares, con la TV, con la música disco, cuando de repente los grupos de rock empezaron a cantar con voces femeninas y descubrimos que eran todos gays. Desde Village People hasta Chic o David Bowie. Empezamos a ganar cuando nos volvimos cool.

En tu libro aparece mucho más Lady Gaga que Burroughs y Ginsberg.
Yo estoy mucho más marcado por la beat generation que por la cultura comercial, pero creo en la potencia de esas figuras. Ahora la revolución gay está ganando su batalla con Lady Gaga y sobre todo con Ricky Martin, que en América Latina ha tenido cierto peso. Que la contracultura sea gay no es ninguna novedad. Incluso en Irán hay una contracultura gay bastante fácil de encontrar. Pero para hablarle a las masas hay que emplear canales masivos, es decir la TV, el mainstream.

¿El tuyo es un libro militante?
No, pero tampoco lo hice como quien planta arvejas para venderlas. Soy homosexual, aunque moderado en comparación con las gouines rouges (tortilleras rojas) de los años 70. Digamos que es otra forma de militancia, que algún impacto puede tener. Ahora estoy en Chile porque hubo alguien que me escribió, que se llama James, diciéndome que había leído el libro y quería que viniera para hablar en una organización.

¿Un chileno que se llama James?
Sí. James Parada.

¿Jaime Parada?
Eso.

EL CLÓSET Y EL BÚNKER
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Una de las diferencias que describes entre Oriente y Occidente es cómo se asume la visibilidad pública: está el coming out (salir del closet) pero también el coming home (traer a casa).
Sí, es una expresión que me gusta mucho. Lo que hacen los gays en Asia es llevar a sus parejas a la casa, presentarlos a sus familias. Es como un reconocimiento hacia adentro, no hacia afuera, una forma de asumir la homosexualidad sin la misma relación de visibilidad que encontramos en Europa o en EEUU. Eso me impresionó mucho de Japón: la gente era más reservada y no por ello menos gay ni menos orgullosa de serlo.

¿Salir del clóset no es un imperativo para que avance la causa gay?
Siempre he desconfiado de los activistas que dicen que hay que salir del clóset o ser visible. A veces es más fácil salir del clóset que no salir, cada uno tiene que adoptar la estrategia que más le convenga. Por supuesto es mejor que la gente se asuma y viva a la luz del día, pero eso no tiene por qué ser un combate mediático en todos lados. Estuve con militantes gays que me decían que su objetivo era hacer la Gay Parade en la Plaza Roja de Moscú o en la plaza de Tiananmen. Ok, puede ser, pero en Francia si haces la Gay Parade frente al Elíseo te llevan detenido. No me parece escandaloso que te prohíban manifestar en la plaza Tiananmen. Creo que hay que ser más inteligente que la censura. Hay muchas estrategias paralelas más eficaces que clavar una bandera gay en la plaza Tiananmen.

¿La militancia posgay abandonó la estrategia de la provocación? ¿Qué opinas de la estrategia del tipo Pussy Riot?
Yo soy horrorosamente socialdemócrata, siempre he seguido estrategias pragmáticas y no tanto de provocación. Pero no creo que la época determine la estrategia correcta. Las Pussy Riot son valientes y tienen su propia eficacia en una lucha contra la Iglesia Ortodoxa, que juega un rol perverso en el sistema perverso de Putin: una homofobia de Estado bastante aburrida, y ellas lo combaten con humor, eso me gusta. En París, en cambio, estuve con unas militantes feministas que querían denunciar no sé qué producto machista para los niños y su estrategia consistía en ir al supermercado, meter todos esos productos en un carrito y salir corriendo sin pagar. En Francia el resultado de eso es que la cajera, que a menudo es negra y tiene un pésimo salario, va a tener que ir a buscar esos productos y volver a ponerlos en los estantes. Entonces no sé si esas provocaciones hacen que la causa avance.

Hay una canción chilena que dice “saliste del closet para meterte en un búnker”…
Cierto. No estamos acá para encerrarnos ni para encadenarnos. Además, ya no son solo los gays los que van a bailar a los búnkeres.

En tu libro explicas como, al principio, la causa homosexual debió colgarse de otras minorías, como los negros.
En Estados Unidos o en Europa, el modelo se repite: primero la cuestión gay nace en el movimiento de las mujeres, y luego se utiliza el tema de los negros como matriz: black is beautiful, gay is beautiful… Lo primero que hacen los jóvenes franceses de 1971, del Frente Homosexual de Acción Revolucionaria, es ir a ver a los Black Panters, y lo mismo hacen los estadounidenses. Era un tema muy difícil de defender en esa época, y había por tanto que colgarse de una causa mayor. Antes era impensable que la cuestión gay se volviera un tema de derechos humanos, y hoy vemos a Ban Ki-Moon defender este tema en la ONU. Es una revolución muy nueva, pero muy fuerte y duradera. De ahí el talento de Mandela o de Obama, que entendieron bastante pronto que “te guste o no, son seres humanos”.

Obama pasó de “primer presidente negro” a ícono de la causa gay.
Porque llegó al poder cuando buena parte de los derechos de los negros ya estaban ganados y, siendo él mismo negro, era complicado concentrarse en ellos. En cierto modo, la cuestión gay le permite continuar el combate de los derechos civiles, que es su matriz intelectual más profunda. Hay un discurso que hizo en 2013, donde cita en una misma frase los tres lugares más simbólicos de la historia de los derechos civiles norteamericanos: Seneca Falls, donde se realizó la primera convención por los derechos de las mujeres; Selma, en Alabama, donde Luther King organizó una marcha por el derecho a voto que terminó en una golpiza; y Stonewall, el legendario bar de Nueva York donde los homosexuales lucharon contra la policía y frustraron una redada.

Tú cuentas que a partir de Stonewall los homosexuales se “virilizaron”.
Sí. La feminidad estaba sobrevalorada en los años 60. En los bares de clase alta reinaba la loca, pero en solo diez años eso se invierte y se empieza a construir una identidad muy masculina. Aparece el hombre musculoso con bigotes, a lo Village People, que sobreactúa un poco su rol de hombre, disfrazándose de bombero, de policía, de obrero. Ahí comienza una producción cultural sobrevirilizada, por todos lados, incluso en China y Japón. Aparece la masificación del fisicoculturismo, o de los bears (osos), que permiten la valorización de otros rasgos masculinos, como la barba y los pelos.

MATRIMONIO, PEDOFILIA Y HOMOFOBIA
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En Francia fuiste uno de los artífices del matrimonio para todos.
Sí, pero mi objetivo no es poder comprarme un refrigerador a crédito con mi novio. Defendí el matrimonio para todos porque hay otros que lo necesitan… y por el sida. El matrimonio gay no va a acabar con el sida, pero puede ayudar a disminuir los contagios.

¿Por qué?
Porque mientras más ocultas a los homosexuales, más vulnerables se vuelven. Es como la prostitución: si la prohíbes, estás perdiendo las condiciones para identificar y tratar a las prostitutas portadoras del VIH. Para el caso de los gays en África, es imposible que la gente se proteja si prohíbes el preservativo porque no le gusta a los evangélicos.

Lo curioso es que ahora, en Occidente, los homosexuales sean los que más valoran el matrimonio.
Sí, en la mayor crisis del matrimonio, son quienes más lo reivindican. Pero no todos. Hay lesbianas radicales que dicen “nosotras no estamos a favor del matrimonio, lo que queremos es destruir la familia”, otros dicen “ya basta de fiestas, lo que tenemos que hacer es ir a pegarle a los homofóbicos”. Allá ellos, que hagan lo que quieran, pero mi manera de actuar no es tanto ir a pegarle a los otros sino hacer fiestas para convencerlos, y no tanto destruir el matrimonio sino hacer que la ley sea aprobada.

¿Y por qué sigue habiendo resistencia a que los gays formen familia?
Lo que alimenta el miedo es el fantasma de la pedofilia. Pero si nos preguntamos en serio, ¿dónde la pedofilia ha sido más frecuente y fuerte? En el corazón de la Iglesia Católica, que esconde la pedofilia y desconoce la homosexualidad, en vez de reconocer la homosexualidad y castigar la pedofilia. La mayor parte de los sacerdotes africanos entran a la Iglesia porque son homosexuales y porque son maltratados en sus países. También se ha descubierto que muchos de los más grandes homófobos evangélicos eran secretamente homosexuales.

En el libro refutas el mito de que la homosexualidad es un invento occidental y dices que Occidente inventó más bien la homofobia, al menos en el plano legal.
Lo que llama la atención, cuando uno va a Singapur, a India o a ciertos países africanos, es que todos esos artículos legales vienen del Código Penal indio, que fue redactado por los ingleses puritanos del Commonwealth. Entonces cuando vemos a los dictadores africanos decir que hay que acabar con la homosexualidad para volver a las verdaderas raíces africanas, se equivocan: la homofobia fue importada a África por los occidentales. Antes no era tema.

Otro argumento contra el matrimonio igualitario, es que los hijos de gays serían más “desadaptados”…
Mira, hay tantos estudios sobre ese tema que ya ni siquiera dan ganas de leerlos. Hay tantos casos de niños maltratados por padres heterosexuales y de hijos de parejas homosexuales que están bien… Uno puede demostrarlo todo y también lo contrario.

También circulan supuestos estudios de que el 10% de la población es homosexual, ¿se puede medir así nomás?
Hoy en Francia los estudios más serios arrojan cifras menores: más o menos 4,5% para los hombres y 1,1% para las mujeres. Pero en realidad no se sabe. Además para medirlo habría que catalogar a una persona como homosexual desde el comienzo hasta el final de su vida, cuando en realidad las cosas no son tan simples.

¿Uno puede entrar y salir del clóset?
Sí. O salir muy tarde. De hecho ayer conocí a un gay, dueño de un bar conocido acá en Santiago y ferviente defensor de Pinochet, que me decía que no descubrió su homosexualidad sino hasta a los 60 años de edad. Lo que muestra que la identidad sexual no es algo estable.

Pero hay psicólogos y biólogos que intentan explicarlo…
Yo estoy convencido de que es algo que uno no decide y que, de cierta manera, es natural. Si viene de la educación o es un hecho biológico, poco importa. La orientación sexual va más allá de uno, no se puede dudar, es algo a lo cual uno está obligado; sin embargo, uno puede decidir vivirla o no vivirla. Es y no es una opción. Ahí, en el fondo, está casi la definición misma del ser humano, esa mezcla de naturaleza y de cultura. Y es algo muy complejo que perturba a la sociedad. Es un combate, pero cada vez menos un problema y cada vez más una pregunta, a la cual uno puede responder o no. En todo caso, yo no tengo la necesidad que tuvo en su momento André Gide de demostrar con caracoles y otros animales que la homosexualidad es natural. Ya no me hago esas preguntas.