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La noche del 15 de marzo del 2013 Peter Vilches escuchó fuertes gritos de auxilio que venían del departamento 302 del block 47, en la Villa San Luis en Las Condes. Eran cerca de las 21:40 cuando fue a tocar la puerta y le abrió Carmen Latorre, de 57 años. Aunque era ella la que gritaba, no abrió la reja de seguridad. Peter vio que la camisa y la cara de Carmen estaban ensangrentadas y que tenía cabellos que no eran de ella. Al fondo, en la pieza, sólo pudo ver los pies de la dueña de casa, Leopoldina Flores, de 93 años. María, otra vecina, también llegó a la entrada, pero Carmen seguía sin abrir la reja. Peter fue a su casa, volvió con un diablo y forzó la reja: el cuerpo de Leopoldina estaba boca abajo, lleno de sangre y heridas cortantes. Tenía más de 76 lesiones causadas por el gollete de una botella y un espejo de mano. Ahí terminaban las aspiraciones de Carmen de quedarse con el departamento que Leopoldina le había prometido en herencia. Hace tres años que cuidaba a la anciana y, según los vecinos, un cambio en el testamento motivó el brutal asesinato.

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Leopoldina trabajó casi toda su vida como asesora del hogar. En 1973 le entregaron un departamento en las Torres San Luis que Salvador Allende había inaugurado el año anterior para quienes vivían en campamentos y como una forma de terminar con la segregación. Desde 1996 cuando las inmobiliarias comenzaran ofreciendo $80 millones, se han vendido algunos en $300 y hasta $490 millones.

Para 1980 Leopoldina había terminado de pagar sus dividendos y como nunca se casó ni tuvo hijos, aprovechó de arrendar la pieza extra del departamento. A eso se le sumaba una pensión que variaba entre los $165.000 y los $173.000. Tenía, además, los ahorros de la venta que hizo de unos terrenos en el sur. El arrendatario, en realidad, cumplía más con acompañarla y hacer que el departamento se sintiera menos vacío. Así conoció a Carmen en 2009, cuando llegó a ocupar la habitación.

“Los primeros meses le pagaba arriendo, después ella dijo que hiciéramos un trato”, relató Carmen en el juicio oral que terminó en septiembre de este año. Acordaron que Leopoldina no cobraría el arriendo y que Carmen la cuidaría y acompañaría. Además prometió dejarle su departamento luego de su muerte. El 30 de abril del 2010 Leopoldina hizo oficial la promesa y en una notaría del centro de Santiago quedó registrado el testamento que dejaba a Carmen como “única heredera universal”. Incluso antes, el 13 de abril, el médico Patricio González emitió un certificado médico que acreditaba que la anciana se encontraba en pleno uso de todas sus facultades mentales. El día anterior Leopoldina firmó un poder ante notario para que Carmen la representara ante entidades públicas y privadas en todo lo referente al departamento.

Los vecinos dicen que Carmen se dedicó a aislar a la anciana, negándole incluso las visitas a sus familiares. La última vez que Nicolasa ve a su hermana Leopoldina, es en enero de 2013, según declaró en la investigación. La encontró “como deprimida, porque era una persona que no podía valerse sola. Le tenía terror a la señora Carmen”. Varios vecinos declararon además que siempre se escuchaban gritos en el departamento, y aunque podían deberse a la sordera de Leopoldina, Irene recuerda que una vez llegaba de su trabajo a eso de las tres de la tarde cuando oyó que Carmen le decía: “¡apúrate vieja de mierda! ¡Te hacís la vieja para no apurarte, conchatumadre!”. Algunos dicen que la tironeaba y la obligaba a mentir en las visitas al consultorio. Lo cierto es que, según señala Andrés Iturra, el fiscal que estuvo a cargo del caso, “la figura de maltrato no implica solamente golpes o maltrato verbal, también se refiere a que la situación de vida no era la adecuada. Ella no cumplió su rol de cuidadora. El departamento estaba completamente desaseado, no había comida apropiada para alguien de esa edad, su ropa y aseo personal estaban descuidados y tenía un tumor en la oreja”. Además usaba un bastón para caminar y le habían sacado tumores de un brazo y una pierna.

El Servicio Médico Legal determinó que Leopoldina murió por un traumatismo cráneo encefálico. Esa noche del 15 de marzo Carmen la atacó con el gollete de una botella y con un espejo de mano. Aunque la anciana tenía heridas defensivas, su cuidadora le causó más de 76 cortes. Según la versión de Carmen, que ya tenía antecedentes por manejo en estado de ebriedad, esa noche consumió ravotril y vodka. Había ido a Mosai Café, en la rotonda Atenas y señaló que Leopoldina comenzó a gritarle que era “una fracasada, una mierda”. La defensa intentó argumentar que la anciana luego tomó la botella y golpeó a Carmen, por lo que ella se defendió y luego perdió el control de sí misma. “Esa versión fue desechada”, dice, sin embargo, el fiscal Iturra agrega que la imputada sólo entregó esa versión en el juicio oral: “Nunca lo dijo ni a los peritos ni al Ministerio Público, durante el año y medio que duró la investigación”.

Aunque el tribunal no consideró como atenuante un supuesto acto de descontrol, tampoco acreditó a través de la figura de homicidio calificado que el crimen haya sido orquestado para quedarse con la herencia. Los vecinos, sin embargo, dijeron que un hombre llamado Hermógenes -que era miembro del comité del edificio- tenía un nuevo testamento que lo señalaba a él como heredero del departamento. Tanto Irene como Peter y María, quienes fueron los primeros en llegar al 302 luego del asesinato, testificaron que al llegar Hermógenes al lugar, Carmen le dijo: “Esto es tu culpa”.

El hijo de un expropietario de otro departamento también señaló que un tal Hermógenes se había acercado a su padre logrando que le cediera el departamento. La Fiscalía, sin embargo, no continuó esa línea investigativa, Hermógenes nunca se presentó a testificar, y la Defensa señaló que Carmen sabía que de asesinar a Leopoldina perdería la herencia porque su ex esposo era abogado. La mujer fue condenada a 10 años y un día por homicidio simple y el departamento está cerrado, a la espera de que terminen los trámites civiles que le entreguen la propiedad a Nicolasa.