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Cultura

12 de Diciembre de 2014

Crítica: Un retrato burgués

Según nos informan Constantini y Andrade, el término alemán ‘bildung’ traducido al español significa ‘formación’, y son los filósofos y literatos alemanes quienes empiezan a utilizarlo durante los siglos XVIII y XIX. Se ocupa para “obras que como temática principal tienen el progreso y desarrollo tanto físico, moral, espiritual, psicológico y/o social de un personaje”. […]

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mi pequeño animal

Según nos informan Constantini y Andrade, el término alemán ‘bildung’ traducido al español significa ‘formación’, y son los filósofos y literatos alemanes quienes empiezan a utilizarlo durante los siglos XVIII y XIX. Se ocupa para “obras que como temática principal tienen el progreso y desarrollo tanto físico, moral, espiritual, psicológico y/o social de un personaje”.

En esta línea de producción se encuentra “Mi pequeño animal”, primera novela de Rafaela Merino-Bianchi (Santiago, 1979). El libro se instala desde una apuesta arriesgada, por no pretender ingresar al campo intelectual mediante un diálogo con los escritores de su generación. Pasa por alto las técnicas literarias en uso, donde posee una importancia cardinal la forma en que se narra, antes que la historia que se propone contar. El tratamiento de la prosa y estructura son en extremo simples, salvo inserciones algo naíf de imágenes y otros registros (dibujos y anotaciones en el diario de vida de la protagonista). Solo existen algunas intertextualidades a otras novelas de formación, como “Mala Onda”, de Alberto Fuguet, y “Verano Robado”, de María José Viera-Gallo, obras con las que se hermana por varios aspectos, entre ellos centrarse en personajes melómanos, volcados al disfrute de la cultura popular y en crisis de identidad, cuestiones propias del ‘bildungsroman’ contemporáneo.

La novela aborda las peripecias –principalmente afectivas– de María Gracia, en un devenir de aprendizaje que comienza en la adolescencia y termina en la adultez. Dos ejes guían la obra, uno explícito y otro menos visible, subterráneo. El primero es el derrotero de una vida anímica guiada por el trauma. A partir de un episodio de violencia de género, se despliega una anécdota que describe la precariedad e inestabilidad emocional de la protagonista. En ese contexto, se (de)muestra que la pulsión que comenda sus actos es la búsqueda edípica del padre, donde cobra sentido el que se enrede con un hombre mayor (Mardones) y luego con un sujeto que se involucra escasamente en la relación (Alonso), ambos narcisos, como su progenitor. Es cónsono con esta apuesta que se mencionen múltiples trastornos psicológicos como responsables de sus aflicciones. Así, el libro habla de anorexia, ataques de pánico o depresión postraumática, entre otros; también se deja ver, aunque sin recurrir al nombre de la enfermedad, que padece de alexitimia, patología que conduce a una baja mentalización de las emociones y a umbrales muy altos para percibir los propios sentimientos. Este eje de enfermedades psicológicas –que, asimismo, justifica los malos tratos de su madre hacia ella y sus hermanos–, está bien logrado y explican la compleja biografía que traza la protagonista; empero, se cierra con un final algo voluntarioso y lleno de peligros: la irrupción –de una manera bastante literal– del ‘príncipe azul’, que entrega equilibrio y gratificación a su vida.

El segundo eje tiene que ver con un relato de clase social. Existe aquí una tensión que atraviesa, de manera subyacente, la obra de principio a fin. La novela describe cómo una integrante de la clase alta santiaguina comete mínimas transgresiones a su condición de privilegio, las que, sin embargo, jamás la alejan de su origen. De esto modo, el lugar donde vive, los sitios que frecuenta (cafés, restoranes, tiendas, clínicas), los viajes por el mundo, la mascota que elige, la solvencia económica por herencia patrimonial, son siempre marcas de clase. Pese a su esfuerzo por desmarcarse de un mundo que considera vacío e hipócrita, y que de hecho la discrimina por sus singularidades, siempre termina regresando al redil y utilizando el capital social de la clase dominante. Es, entonces, la historia de una burguesa que no quiere ser médico, abogado o ingeniero, sino más bien dedicarse al arte, pero sin dejar de ser burguesa, por lo que articula su destino desde las opciones que le brinda su parentesco y posición social. En ese contexto, el clímax es que al terminar el libro acusa a su expololo de flaite y señala que “ni casándose con la Julita Astaburuaga pasaría por vecino del barrio Lastarria. Jamás”.

Si bien la novela posee muchos errores (como la puntuación en los diálogos, en lo formal, o cierta ligereza para narrar las distintas escenas sin acceder por ello a un relato fragmentario), puede inscribirse sin dificultades como una ‘bildungsroman’, con una nítida aproximación al personaje en su desarrollo psicológico y social, y con algunas pinceladas del físico, moral y espiritual. De este modo, la autora logra su cometido, aunque quedan pendientes algunas tareas de corrección y edición que en ocasiones empobrecen el volumen.

“Mi pequeño animal”
Rafaela Merino-Bianchi
Uqbar Editores, 2014, 172 páginas

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