Memorias de un ROBA CAJEROS

Memorias de un ROBA CAJEROS

El robo a los cajeros automáticos aumentó en un 154% durante el 2014. Según estadísticas de la ONG Víctimas del delito, las comunas que más se han visto afectadas han sido Las Condes con 15 robos y Providencia con 13. Ni siquiera el cambio de la ley en junio de 2012 -que eleva las penas por este tipo de delito- ha hecho que estas nuevas y especializadas bandas se detengan. Al contrario, nuevos métodos como la “saturación por gas” han logrado reducir los tiempos en los que se comete el robo. Conversamos con un experto ladrón de cajeros automáticos sobre las técnicas para vulnerar la seguridad y cómo a los bancos no les interesa implementar mejores medidas: “una vez robamos tres cajeros simultáneamente y nos hicimos más de 200 millones en menos de cinco minutos”, dice.

Memorias-de-un-ROBA-CAJEROS-dibujo-calquin[1] “Mi primer delito lo cometí a los 13 años. Con dos amigos más entramos a un departamento. Fue la primera vez que vi harto dinero. Robamos 400 dólares, 30 mil pesos, un televisor y un minicomponente, que todavía está en el living de un amigo. A mí me tocaron 100 dólares y diez lucas, que se las di a mi mamá. Recuerdo que esa noche no dormí esperando que amaneciera para ir a comprarme ropa. La plata alcanzó para dos zapatillas Nike, un jeans Levis y un polerón. Con el tiempo seguí robando y mis amigos se perdieron en la pasta base, fueron consumidos por la droga, y malgastaron lo que ganaron. En ese tiempo era común que los ladrones más viejos, que venían llegando de exitosas temporadas en Europa, se juntaran a contar historias de asaltos, monrras, estafas, y mujeres: que se ganaba mucha plata, que las minas eran muy lindas, que había mucha cultura, que todo era diferente. Crecí escuchándolos, imaginándome a mí en el extranjero, siendo el mejor ladrón, el más ‘vio’ como dicen en el hampa. A los 17 años dejé de soñar y me fui de Chile. Nunca antes había salido del país y, sin conocer nada, Europa se había transformado en lo máximo. Me fui con la idea de juntar plata para comprarle a una casa a mi mamá, porque en Chile vivíamos ocho en una mediagua de dos piezas. Quería ser como Robin Hood, pero solo pa’ mi familia. Viajé por varios países: España, Francia, Alemania, Italia, Holanda, Austria, y Hungría. Estando en España conocí a unos italianos que me enseñaron a robar cajeros. Con ellos aprendí el método del lazo, el oxicorte y el enganche. Robar cajeros se transformó para mí en un nuevo trabajo, me convertí en un antisistema, porque robarle al banco tiene mucho de subversivo. El primer cajero que robé fue en Austria: sacamos tres gavetas con más de 200 mil euros. Cuando volví a Chile eran pocos los ladrones que se dedicaban a este tipo de robos. Las técnicas acá eran menos evolucionadas. Antes, para llevarse un cajero los ladrones lo cortaban de la base y simplemente lo cargaban al hombro y luego arrancaban con él en una camioneta. Con el tiempo, las técnicas evolucionaron hacia las que yo había aprendido afuera. Acá en Chile, los cajeros se convirtieron en un buen negocio a comienzos de 2006. Si te pillaban, las penas no eran altas porque se trataba de un robo en lugar no habitado y siempre las gavetas estaban llenas. Con unos amigos ideamos un plan que siempre dio resultados: éramos cinco los que entrábamos y cerca de 20 los que prestaban contención en dos perímetros, en las cuadras siguientes a las que se encontraba el cajero. Los cinco de adentro teníamos funciones especiales: uno llevaba la piola, otro cortaba, otro tenía un combo y un diablo para sacar el buzón, otro estaba comunicado a los celulares del perímetro, y el chofer estaba siempre listo para arrancar. El reparto se hacía en partes iguales para los cinco, y al resto se les pagaba un sueldo: 600 mil para los más viejos y 400 mil para los nuevos. Éramos una organización seria. Nos tomábamos el tiempo para preparar los robos, siempre tratando de no intimidar a nadie para no aumentar las posibles penas si nos llegaban a pillar. A veces, incluso, le pedíamos permiso a la gente y les decíamos que salieran del lugar porque íbamos a robar el cajero. La idea era arriesgar poco y ganar harto, como cuando abrimos uno de una farmacia y habían 97 millones de pesos o como cuando robamos tres simultáneamente y nos hicimos más de 200 millones en menos de cinco minutos. Para ser bueno en esto, más que mente fría necesitas perfección, organización, y saber actuar en momentos complicados. Lo peor que puede pasar es que los pacos pasen las contenciones y esto termine en persecución. Por eso siempre debes controlar la situación. Las veces en que teníamos que salir arrancando sin nada, generalmente eran por errores nuestros -porque a alguien se le quedó una herramienta o porque el cajero estaba vacío- pero nunca porque la seguridad del banco nos haya superado. Si los bancos de verdad quisieran evitar los robos pondrían medidas de seguridad eficiente en los cajeros, pero no lo hacen porque no les interesa. Como tienen toda su plata asegurada, ellos nunca pierden. Poner cajeros en las comisarías tampoco es la solución. Eso me parece una estupidez, es no conocer cómo funciona el delito en Chile: acá está lleno de pacos pasando datos, en la mayoría de los grandes robos andan policías. Te lo doy firmado: no pasan dos semanas para que alguien se robe un cajero de la misma comisaría, solo hay que encontrar un paco que quiera ganarse unas luquitas. En el último tiempo el robo de cajeros se ha masificado y ya no es tan buen negocio como antes. Ahora están de moda los camiones de transporte de valores. El problema es que ese delito es más violento y arriesgas más años de cárcel si te pillan. Sin ponerle de más, creo que en toda mi vida -acá en Chile y en el extranjero- he participado en el robo de más de cien cajeros. El delito es como la vida misma: mientras más años de experiencia tienes, mejor te va. Y a mí me ha ido bien. Con la plata que gané, compré propiedades, para mí y mi familia. Soy un ladrón con inteligencia, uno ‘vio’ como dicen en el hampa”.
Comentarios
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