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Los malestares van cambiando con los tiempos. Tratar de ser normal -lo que quiera que eso signifique- era el imperativo en la década de los ochenta. Si bien es cierto que políticamente en nuestro país, eran tiempos en que real y concretamente no se podía pensar distinto; existía de todos modos -más allá de las posiciones ideológicas- una sobrevaloración a ser integrado y adaptado.

¡Cuántos padecimos del temor a quedar en vergüenza y hacer el ridículo! Los mecanismos de defensa se movían entre la represión y el ocultamiento de lo anómalo en uno mismo o en la familia: los goces raros, el pariente loco, los deslices varios. La inhibición social, la hipocresía, el sometimiento y servilismo estaban a la orden del día. Tiempos grises, tiempos miserables.

La idealización por esa cosa llamada normalidad ha perdido popularidad, al son del desprestigio de esas mega instituciones dueñas de la norma: la Iglesia, la milicia, por ejemplo. La verdad es que todo lo que huela a normatividad quedó pasado a caca. El mundo se llena de colores nuevos, se abre el espacio a la creatividad y a la diversidad. Sin embargo, va emergiendo un nuevo malestar: el terror a ser común y corriente, uno más en la cuenta. Es cierto, que aún uno se topa con los fóbicos sociales, esos sujetos que temen al otro y se inferiorizan. Pero cada vez más escucho, dentro y fuera del diván, a quienes idealizan el hipsterismo moral.

Me refiero a aquellos que viven como una urgencia, el deseo de verse y sentirse especiales. Y se esfuerzan por autogestionarse un estilo de vida, basado en algo que parezca contracultura, pero que huele más a tomate orgánico, que a resistencia. Y si a uno se le pasó el tren, los hijos son el material disponible a esta exigencia: buscar nombres raros, meterlos tempranamente a disciplinas atípicas, vestirlos de rock star o de pequeños gurúes zen. En fin, hacerles entender que son especiales, no solo distintos, si no que mejores. Ya que el afán por la diferencia nunca es simétrica, aunque no se confiese, se trata de sentirse superior.

La psicología tiene cierto grado de responsabilidad. Si bien, peleó por liberar a las personas de sus represiones, no calculó que generaría una nueva trampa, a través de esa aberración llamada autoestima. Esta es una queja muy común estos días, y que se acompaña de una demanda de “seguridad personal”. Traducción de esa queja: no quiero sentirme un hueón inferior, dependiente de otro, feo, mediocre, quiero ser la raja. Es decir, no se trata de aceptar esa condición humana -nuestra cojera inevitable- sino que de ser un campeón. Será por eso que hoy la autoestima se vende tan bien, en terapias, seminarios, charlas para empoderarse.

Me pregunto, qué ocurrió con esta apertura ética y estética, que generó este frenesí por diferenciarse. Si efectivamente hubiera lugar para la diversidad, ¿no debiese haber menos temor al acuerdo, sin sentir el riesgo de perderse a sí mismo?. Se dice que las guerras suelen darse entre aquellos que más se parecen. Como esas discusiones, en que uno en el fondo está de acuerdo con el otro, pero requiere plantear esa pequeña diferencia nimia, ese “sí, estoy de acuerdo, pero…”. Pequeña diferencia, que tiene la función, no tanto de plantear un desacuerdo con lo que dice el otro, si no que con el otro. Es decir, intenta resolver un problema de narcisismo. Y sabemos que esto tiende a ocurrir, cuando efectivamente existe el riesgo de perderse a sí mismo, mimetizándose con el otro. Es decir, se trata de una defensa humana, cuando no hay espacio real para las diferencias de fondo.
No sé qué les parece a ustedes, pero creo que si ha habido un año del narcisismo de las pequeñas diferencias, ha sido este. Justo este, donde íbamos a discutir las grandes diferencias. Lo que es yo, ya me pierdo, entre las reformas, reformitas, contrarreformas. Da la impresión que hay una dificultad de discutir las grandes diferencias, pero también de atreverse a estar de acuerdo. Quizás por la misma razón: hay menos tolerancia a la diferencia real, de lo que suponemos. Y eso lleva a sostener estas pequeñas disidencias egóticas y exóticas.

Como dice Zizek, hoy parece más fácil imaginar el fin del mundo -como muestran las temáticas recurrentes en el cine- que algo distinto al neoliberalismo.