Columna: Libertad de expresión, ¿para qué y hasta dónde?

Quizá la pregunta más fundamental es ¿hasta qué punto estoy dispuesto a defender la libertad de otro a decir lo que piensa, aunque me moleste y me hiera, aceptando las reglas del juego de la diferencia y de la diferencia radical?

charlie efe

El ataque del 7 de enero del 2015 al semanario francés Charlie Hebdo, que significó la muerte de gran parte de su personal creativo, y las tomas de rehenes posteriores, plantean una vez más hasta qué punto las personas y los medios pueden y deben hacer uso de la libertad de expresión.

Muchos han dicho que Charlie Hebdo es la encarnación de cierta forma de libertad de expresión, la más radical, burlesca, que desacraliza lo sagrado y que considera que todo puede ser objeto de sátira, sobre todo los poderosos, los religiosos, los famosos, pero más generalmente todos los representantes de la hipocresía y la “estupidez” (la connerie), como decía Cavanna, uno de los fundadores del semanario.

Los “tontos graves” de todo pelo y género eran el objeto habitual de las portadas, artículos y caricaturas de este diario típico de los baby boomers, de los jóvenes libertarios y de izquierda de la generación de 1968. Para ellos, el humor y la risa son las primeras armas contra los autoritarismos, la intolerancia y los fundamentalismos, de donde vengan.

Algunos han dicho que Charlie Hebdo se pasaba de la raya, haciendo de la ofensa la base de su trabajo, reproduciendo prejuicios de hombres blancos también en contra de minorías; que fastidiar a gente molesta e intolerante podía solamente llevar a más fanatismo, que las caricaturas también cargaban violencia simbólica en contra de pueblos históricamente colonizados por los europeos, explotados y actualmente bombardeados por los occidentales. Entendamos todas las posiciones y argumentos, pero a lo que sí se puede sacar el sombrero es que ese equipo de periodistas y dibujantes había asumido hace unos años ya las últimas consecuencias de su humor corrosivo, sabiéndose amenazados.

Estos episodios obligan a pensar lo que esto significa para uno en su sencilla y tranquila vida, en las veredas de París, Santiago, Sydney, Calcuta o Boston. El asunto no lo resolverán los grandes grupos de prensa, los gobiernos, las organizaciones internacionales y los periodistas destacados. ¿Qué le debemos cada uno a la libertad de expresión y al humor en este momento, para expresar nuestras libertades básicas?

Quizá la pregunta más fundamental es ¿hasta qué punto estoy dispuesto a defender la libertad de otro a decir lo que piensa, aunque me moleste y me hiera, aceptando las reglas del juego de la diferencia y de la diferencia radical? Hoy en días todos somos Charlie, pero todos somos también Ahmed, el primer policía muerto en el ataque, quien encarna más que a nadie el entramado entre culturas y quien además defendió con su vida el derecho de otros a burlarse de su religión, tal como lo sostenía el espíritu de la Ilustración. También somos todos los rehenes en este momento. Intentemos no ser además tontos graves, por qué todo esto está recién comenzando.

*Emmanuelle Barozet es académica del Departamento de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales de la U. de Chile y miembro del Centro de Estudios de Conflicto Social (COES).

Comentarios
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