Columna: El falo de América

horst paulmann

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Fin de año 2014. Nos ilumina el falo de América. Está en Avenida Andrés Bello con Nueva Tajamar. La Gran Torre Santiago, rascacielos más alto del continente, proyectando luces rojas, blancas y azules, y su gran halo lumínico capaz de convocar a Batman en cualquier lugar del globo. Un espectáculo visual neutro, brillante, para todos los gustos. Siguiendo a Umberto Eco, el símbolo del estatus es el estatus mismo, y en la estética de masas no se ofrece arte, sino las sensaciones del arte. No podemos interpretar este show audiovisual, los fulgores nos ciegan. La Torre es, sobre todo, inevitable. Una visión obligatoria desde varios kilómetros a la redonda. Perfecta alegoría del capitalismo como exterminio (de paisaje y de paisanaje). De los suicidas que acuden al Costanera, muchos de ellos agobiados por motivos económicos, a convertir su muerte en otro espectáculo. Su audiencia es la gente que está de compras en el mall: mientras los que pueden consumen, los desesperados se consuman. Ya el artista y arquitecto español Isidoro Valcárcel Medina, en su serie de bocetos “Arquitecturas prematuras” (1985-86) había ideado una torre para suicidas, con su sala de espera para familiares, su funeraria y su escalerilla para facilitar la subida al futuro cadáver.

La estética del capitalismo –todo XXL y colorinche– prevalece y apasiona. Ese vibrador gigante en potencia (lo será en el siguiente terremoto) provoca lo mismo que el consumismo, un placer inútil, masturba las capas del smog ocre capitalino hasta el orgasmo, pero es esperma desempleado. Tan estéril como la mayor parte de los regalos que hemos recibido estos días, adquiridos a través de otro objeto inservible, una tarjeta de crédito sin fondos. A no ser que la haya expedido alguno de los negocios de los Paulmann, dueños del falo multicolor, capaces de dar solvencia hasta a un político corrupto, sobre todo si este concede a un par de especuladores (hijos de abogado con pasado nazi) la nacionalidad chilena por gracia.

Pero también podemos mirar al arte, que nos hace reflexionar y no sólo reflectar. Como Patrick Hamilton, que en su “Proyecto de arquitecturas revestidas para la ciudad de Santiago (Costanera Center)” muestra la verdadera fachada del edificio: una superficie marmórea, típica de interior de construcciones de barrio alto, cubre el exterior del rascacielos. O Nicolás Rupcich, quien en “Imagen Exportable” contrapone la idea del Chile que se vende afuera –el Costanera Center– con la del país que se está malvendiendo. En su video, el rascacielos aparece titilante, atacado por flashes de luz, con lo que su contemplación se torna desagradable. Mejor ser literales, como en el corto “Súper M” donde una madre destruye el Gran Falo para que su hijo pueda ver la cordillera.

Aunque nos digan que sí, ni la Torre es eterna ni el capitalismo durará para siempre. El Imperio macedónico acabó sumido en luchas internas de poder. Aunque en su devenir, durante el período de Ptolomeo, se erigió el Faro de Alejandría, una de las siete maravillas, punto más alto del mundo hasta su caída (por un sismo) que servía para orientar a los marinos, y se fundó la Biblioteca de Alejandría, también la mayor del planeta y que llegó a albergar casi un millón de manuscritos. Ya que no aspiramos a tener el récord del faro o de la biblioteca (preferimos tener uno de los impuestos al libro más altos del mundo), al menos tengamos algo choro: la piscina más grande, en un condominio de Algarrobo y con un kilómetro de largo. Ya se sabe, antes a la aristocracia le interesaba la cultura, ahora el retail. Nuestro Ptolomeo fue Ricardo Lagos, y nuestro Faro de Alejandría, el Falo de Paulmann.

*Curador y crítico de arte.

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