EDITORIAL-580[1]

Esto me dijo el otro día una amiga: “¿Por qué justo cuando las cosas están tomando su lugar, cuando los sinvergüenzas están quedando al descubierto, The Clinic saca un artículo que enreda el asunto? ¿Por qué les da excusas a esos cretinos para decir que son todos lo mismo?”. Se refería a las repercusiones de un reportaje del Clinic online, donde contábamos de un evento realizado en un yate, en Manhattan, el año 2013, con el fin de recaudar dinero para la campaña de Michelle Bachelet. A estas alturas, la historia la conocen todos. Eran dos los aspectos cuestionables: si acaso habían colaborado extranjeros (peor si se trataba de diplomáticos internacionales) y cómo habían ingresado las platas al país. Lo que agarró vuelo, sin embargo, fue la fantasía del yate, de los lujos que se supone implica navegar, la idea de gran vida. El episodio lo bautizaron como el “yategate”. A mi amiga le molestaba sobremanera que hubiéramos regalado estos argumentos a la UDI, justo cuando estaba con el agua hasta el cuello. La derecha llevaba meses buscando un pecado en el bando contrario que le permitiera empatar, y no lo había encontrado. Tuvo que ser The Clinic, me dijo, quien se lo concediera. Y tenía razón, terminamos siendo nosotros quienes les dimos el pastel en la boca. Sus grandes diarios, por más que lo intentaron, no lo consiguieron. Sucedió sin buscarlo, como buena parte de las consecuencias de lo que hacemos. Cuando la punta de un hilo se presenta ante nuestros ojos, intentamos seguirlo hasta el final. ¿Querría mi amiga que al intuir el desenlace de este hilo, por simpatías ideológicas, lo abandonáramos? No estaba entendiendo entonces el placer del periodismo, porque los buenos periodistas gozan con la sorpresa mucho más que con la constatación de sus prejuicios. Prefieren la historia que los lleva a un lugar inimaginable, que aquella predecible. Leen la realidad con la voracidad de una novela de intrigas, donde la fascinación está dada por la irrupción de lo extraordinario. Los buenos periodistas son capaces de olvidar sus simpatías a cambio de un hecho noticioso. Suelen ser malos servidores de ideologías, aunque como andan cerca de la realidad, no es raro que asuman causas reinvindicatorias. No les son ajenas las injusticias del mundo. Un periodista que trabaja antes que nada por el dinero, en verdad no está ejerciendo el periodismo. Ni tampoco quien se pone al servicio de cualquier poder que intente domesticar los acontecimientos. Los asesores comunicacionales pueden tener títulos de periodistas, pero ahí no lo son. Lo que pretendía mi amiga era que los reporteros le dijeran que el mundo es como ella prefiere que sea, cuando el milagro para estos consiste en descubrirlo tal cual es. El imperio de la curiosidad sin ley. Quizás el mundo sea más alegre sin conocer toda la verdad. Tal vez el aliento de los chanchos sería mejor si comieran margaritas. Quizás todas las historias debieran tener un final feliz. Pero el deseo no es el territorio de los buenos periodistas (especie nada fácil de encontrar): los buenos periodistas son como los poetas malditos, flores que brotan en el pudridero, testigos de eso que ellos mismos pocas veces quisieran ver, pero ven, y no saben callar.