editorial

Falta una lluvia para limpiar el aire, para devolver el polvo a la tierra y todo el resto de las porquerías que se hallan en suspensión. Una lluvia que rompa la rutina, que oxigene, que despierte el olor de las plantas. Las patillas de los árboles frutales todavía se equilibran en los tajos del tronco, sin cicatrizar. Los campos están secos, los ríos parecen la sombra de una rama en la montaña, hay embalses que apenas tienen una poza en la que chacotean los perros. En Combarbalá hablan de “los tiempos del agua”, como quien se refiere a una época muy antigua, cuando en las verdulerías aún no vendían fósiles ni piedras de colores. En Catapilco se pelean las familias porque la hermana pobre abrió un forado en el tubo celeste del hermano rico. Unos alegan: “¡esta agua es mía!”, mientras otros replican, “¡es de quien tiene sed!”. Nadie discute que la lluvia es de todos, pero una vez en el suelo, manda la sagrada propiedad privada. Porque esa sí que no la discutimos, ¿o sí? Apenas cayó una bruma durante todo este otoño. Las plumas de los pájaros han perdido su brillo. Cunde la sed de venganza. Los unos apuntan a los otros. Los que se creen buenos, a los que se creen malos. Supe de una mujer, en Zapallar, que hizo una manda maravillosa: juró no volver a ponerse una joya, hasta que los tribunales y la prensa dejaran a su hijo en paz. “Vivimos, comentó, una horrible sequía moral”. El suelo se aprieta, las autoridades advierten que cualquier esfuerzo físico puede significar una rajadura en los pulmones y se recomienda que los niños no vayan a la escuela. Las protestas en curso también parecen asfixiadas, sin destino, como semillas arrojadas al pavimento. El período más vivo de las movilizaciones, fue coronado con la marcha de los paraguas. La esperanza necesita agua, mientras que la muerte no. Bautizamos con agua y enterramos con cal. Parece que la falta de líquido agria el carácter. Abunda la amargura, el desagrado, la desconfianza odiosa. Me dijo una amiga escritora, recién publicada por la UDP: “Si llueve, debiéramos salir todos en pelotas, con los brazos abiertos”. Son muchos los que comentan por las calles, a propósito de cualquier asunto, cuánto echan de menos la lluvia. No lo dicen pensando en los sembrados ni compadeciéndose por los pueblos en que ya no fluyen las alcantarillas, sino en ellos mismos, en algo que la sequía les está produciendo adentro. “Quien la oye caer ha recobrado /El tiempo en que la suerte venturosa/ Le reveló una flor llamada rosa”, dice Borges. El gobierno está seco, la derecha está seca, los intelectuales están secos, está todo seco.