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El 16 de junio del 2014, la visita de una pareja de Carabineros cambió para siempre la tranquila vida de Nelly Reyes (61) en Placilla, ese pequeño poblado escondido a once kilómetros de Valparaíso. Ella apenas había llegado de su trabajo, secaba unos platos en la cocina, cuando sintió que llamaron a su portón.

-Señora, ¿Dónde le damos la noticia, acá en el jardín o sentados en su living? Hay un hijo suyo que la está buscando- le dijo uno de los uniformados.

Nelly sintió un escalofrío en la espalda, que parte de ella se desvanecía. Lo primero que pensó fue que algún familiar había tenido un accidente.

-Imposible, mis hijos están todos conmigo-, contestó.
-No señora, su hijo se llama Travis Tolliver, tiene 41 años, vive en Estados Unidos y la está buscando. Usted lo dio en adopción en el Hospital Dr. Enrique Deformes- aclaró el carabinero.

-No puede ser, ese hijo está muerto- dijo Nelly, sin entender mucho lo que estaba pasando.
Después de que le entregaron todos los detalles, a solas- tratando de digerir la noticia- se quedó pensando en el living. Aún le temblaban las manos y no dejaba de repasar cómo le contaría “el milagro” al resto de su familia.

Lo que sigue, casi un año después, es la imagen del noticiero CNN en español que recorrió el mundo: Nelly y su hijo fundidos en un abrazo, ambos ahogados en un llanto emocionado. La estación televisiva dio a conocer la historia de este reencuentro hace unas semanas y registraron la reunión en el aeropuerto de Santiago.

Esos días, Travis se alojó en la casa de su mamá biológica y aunque no habla una gota de inglés, se entendieron entre señas y el traductor de su celular. Nelly no se cansó de abrazarlo, de darle besos intempestivamente. Todo lo que no pudo entregar en esas cuatro décadas de ausencia. Le cocinó pie de limón, pastas y empanadas para darle el gusto en todo.
Es la mañana del domingo 7 de junio, Travis lleva un mes conviviendo con su familia.

-¿No es hermoso mi niño?- dice Nelly en el momento en que le roba un sonoro beso en la mejilla, mientras pasa rauda de la cocina al living. Ella prepara empanadas para las visitas y habla de su vida para el reportaje. Él, aún somnoliento, mira la escena sentado en la cabecera de la mesa del comedor.

Perderte y encontrarte

Travis Tolliver nació en Chile el jueves 15 de noviembre de 1973, pero no alcanzó a ser acunado en brazos de su madre. Ese mismo día fue robado desde el extinto hospital Dr.Enrique Deformes de Valparaíso y dado en adopción de manera irregular a una familia estadounidense.
Según cuenta Travis, al comenzar la entrevista, en esos años, su padre Ed Tolliver era oficial de la escuela de montaña del ejército estadounidense y estaba en Chile en una ‘misión’. Su esposa, Susan Peterson, era dueña de casa. No revela nada más. A él siempre le contaron que su madre biológica lo había entregado en adopción de manera voluntaria y dice, o al menos cree, que sus padres no estaban enterados de esta situación. De lo que sí está seguro es que alguien debe pagar por tanto dolor y un estudio de abogados ya lleva su caso.

Tolliver creció en Tacoma, Washington, y a los cuatro años le confesaron que era adoptado, luego sus padres se divorciaron cuando cumplió los diez. En un álbum que él preparó para Nelly, aparece retratado desde sus primeros meses hasta el día de su matrimonio. Travis disfrazado de vaquero para Halloween o sonriendo a la cámara con unas orejas de Mickey Mouse.
Esas semanas la casa en Placilla fue su hogar momentáneo mientras buscó apoyo legal y planeó la forma de conseguir el dinero para que su esposa e hijos- una niña de diez años y un niño de cinco – conozcan a su nueva familia. Tuvo que dejar su trabajo como supervisor en una empresa de importaciones en la ciudad de Yelm, donde presentó una licencia médica en la que justifica su ausencia por el impacto sicológico que le generó procesar su nueva historia.

Travis dice que se siente muy querido, se parece a sus hermanos chilenos, ese linaje de niños morenos de ojos claros compuesto de cuatro hombres y una mujer, cuyas edades van de los 29 a los 42 años. Prefiere mantener en reserva sus nombres, dice que la vida de la familia cambió por completo con su llegada.

-Mis días con Nelly han sido grandiosos, hemos tenido un par de partidos de fútbol en familia, a ella le encanta cocinar para mí, me abraza y me besa mucho todos los días- explica y esboza una tímida sonrisa.

Las fotos de su cuenta en Facebook retratan el día de su llegada a Chile. Travis aparece junto a sus hermanos y Nelly en ningún momento le suelta la mano, entrelazada con fuerza, como si se lo pudieran arrebatar otra vez.

-Sentí una conexión especial e instantánea con ella en cuanto la vi- confiesa.

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Revela que siempre tuvo la inquietud de conocer a su madre, sus padres adoptivos le habían dicho que era chilena, pero que a ellos les dijeron que no poseía los medios para tenerlo. Cuando se enteró por la prensa internacional del caso Joannon, sus dudas aumentaron y comenzó la búsqueda a través de la página de Facebook Adoption Birth Search, ese fue el punto de partida para seguir el rastro que finalmente lo reunió con Nelly.

El 4 junio del 2014, lo contactaron con Lilian Fuentes, cofundadora del sitio y encargada de la oficina de búsqueda de personas de la segunda Comisaría de Chillán y ellos se demoraron tres semanas en encontrar a su madre biológica, como lo han hecho en otros 120 casos. La clave para ubicarla fue que Travis tenía el nombre de su madre estampado en un certificado, firmado por el Segundo Juzgado de Letras de Valparaíso, que la pareja norteamericana usó como autorización -hace más de cuarenta años- para sacarlo del país. Ese papel que sus padres guardaron, fue la hebra que hizo la diferencia de otros casos similares que han corrido peor suerte.

Después de que Nelly Reyes fuera ubicada en Placilla y de que Carabineros le explicara la situación, él comenzó a comunicarse con su nueva familia vía correo electrónico y luego por Skype.

-De lo primero que me enteré fue que ella no me había dado en adopción voluntariamente como creí todos estos años, a mi madre le dijeron que yo había muerto en el hospital, eso me dio mucha rabia y tristeza- recalca, mientras sorbe té verde en una segunda entrevista en un café en el centro de Santiago.

Luego vinieron los exámenes de ADN que volvieron realidad la esperanza que tenía. Hoy cuenta que, tras el encuentro con su madre, se llenó ese vacío que siempre lo hizo sentir incompleto.

-She’s strong- deja escapar y sus ojos se ponen más acuosos.

Se emociona a ratos, sabe que dentro de los miles de casos denunciados en Chile, él fue muy afortunado al encontrar a Nelly. A ratos, Travis mira su teléfono, parece que tuviera la mirada perdida, extraña a su familia. Se le acaban los días en Chile, pero para él esta historia recién comienza.

Reconoce que nunca experimentó el amor de familia de esta forma, que sus padres le dieron mucho cariño, pero algo no calzaba del todo.

-Mis tres hermanos estadounidenses son rubios, siempre me sentí distinto- dice.
Hoy se acostumbra y quiere cada vez más a Nelly por su forma de ser sencilla, “de piel”, tan diferente a la idiosincrasia del país donde creció.

Su niño está muerto

En la mañana de la entrevista en su casa en Placilla, Nelly corre a arreglarse para las fotos y aparece unos minutos después maquillada a la perfección. Es una mujer pequeña, cariñosa y mientras sirve unos vasos con bebida cuenta cómo a muy corta edad huyó de un hogar precario donde vivía con diez hermanos. Al igual que su mamá, ella también tuvo una vida difícil como madre soltera. A los 19 años, cuando nació Travis, ya tenía dos hijos, uno de tres y una niña de dos años. Prefiere no hablar del padre, ese fue el único embarazo de esa relación.
-Hombres que no se hacían cargo pues, pero yo era bien independiente y adoraba a mis niños-dice, y continúa con la historia.

En 1973, Nelly trabajaba como temporera cosechando papas y arvejas en Quintay, no había terminado el colegio, sólo llegó hasta segundo básico. Dice que a sus otros hijos los tuvo en la casa y que su madre fue siempre la partera, pero que el 15 de noviembre de ese año, cuando comenzaron las primeras contracciones, se encontraba sola y tuvo que pedir ayuda.

Una pareja de amigos la llevó hasta el hospital Dr. Enrique Deformes, en la esquina de las avenidas Argentina y Pedro Montt. Cargaba una pequeña maleta con dos piluchos y un set de pañales Bambino. En ese lugar hoy se erige el Congreso, tras el terremoto de 1985, el centro de salud sufrió varios daños en su infraestructura y la maternidad del establecimiento fue absorbida por el hospital Carlos Van Buren.

Nelly dice que ese día se veía circular a militares por los pasillos del establecimiento médico, que había un ambiente agitado y que por lo mismo no llegó hasta la sala de la maternidad, el parto comenzó en una cama, al lado de otras pacientes. Sus palabras cobran sentido, ya que en algunos sitios sobre Derechos Humanos se revela que el Hospital Dr. Enrique Deformes se ocupó como centro de detención los días posteriores al golpe de Estado.

Recuerda que a las cuatro de la tarde dio a luz a un niño al que planeaba llamar Juan. Entre imágenes borrosas, relata que apenas sacaron de su vientre al recién nacido se lo llevaron y nunca más lo volvió a ver. Ella aún se sentía aturdida cuando una enfermera, que recuerda como cruel y altiva, le informó que su hijo había muerto como consecuencia de un trastorno cardíaco.

-Me dijo “¡Oye, tu niño venía bien malito! Bueno, pero eres joven y por último puedes tener más”, incluso me mostró un recién nacido que parecía muerto- confiesa Nelly.
Hoy se sabe que su hijo en realidad fue sacado rápidamente del país con un certificado en el que aparecía como Travis Edmund Reyes Reyes.

Nelly, asegura que a su lado había una mujer que tuvo una niña y que corrió la misma suerte que ella. Nunca más vio a su hija.

-Después de la pena que me dio, volví dos veces al hospital a exigir su cuerpo, quería enterrarlo. Nunca me dieron una respuesta, la gente humilde es invisible. Guardé el secreto por 41 años, nunca nadie supo nada, hasta hoy- dice Nelly llorando.

The Clinic se contactó con el hospital Carlos Van Buren, -establecimiento que se hizo cargo de la maternidad del antiguo Hospital Deformes-, y desde la dirección del lugar contestaron que ellos no tienen ninguna relación con lo ocurrido y que a la fecha no hay profesionales de esa época que trabajen en el establecimiento que puedan ayudar a esclarecer el hecho, pero que sí cuentan con los libros de registros de partos y pacientes de ese tiempo. “Tenemos los archivos patrimoniales del desaparecido Hospital Dr. Enrique Deformes y en caso de una investigación colaboraremos con todo lo que esté a nuestro alcance”, comentaron.

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Robados en dictadura

El caso de Travis Tolliver, es una de las tantas denuncias similares que se conocieron el año pasado tras estallar el caso de Gerardo Joannon, el sacerdote que facilitó las adopciones irregulares, en muchos casos como una respuesta conservadora para esconder un embarazo no deseado en los estratos más altos. Tras el término de este oscurantismo, se conocieron otras acusaciones que hablaban del robo de recién nacidos -en colusión con doctores y religiosas- a madres humildes como ocurrió en el Hospital Barros Luco. Desde abril del 2014, la ONG Nos buscamos (fundada tras el caso Joannon) ya ha recibido a la fecha más de dos mil denuncias.
En febrero pasado, la investigación del juez Mario Carroza por sustracción de menores, falsificación de documentos y usurpación de identidad, determinó el sobreseimiento parcial y definitivo del cura, porque los delitos habían prescrito. La noticia fue un duro golpe para las víctimas.

La historia de Travis, se repite a lo largo de cuatro décadas. Cambian las víctimas, la región del país y los hospitales, pero el modo de operar casi siempre es el mismo: mujeres jóvenes, madres solteras y en muchos casos analfabetas. Les dicen que su recién nacido murió, pero nunca hay un cuerpo y el niño es entregado a una nueva pareja.

-A los padres de Travis Tolliver les dieron a elegir entre un niño o una niña, y además un hombre fue su salvoconducto para los papeles que necesitaban y para que salieran rápidamente del país con él-, dice Arturo Fellay, director ejecutivo de la ONG Nos buscamos, quien conoce de cerca la historia y revisa los antecedentes, mientras orienta a esta familia.

Claudia Hernández, coordinadora del área de Memoria e Identidad de la misma organización comenta que si bien el 50 % de los casos se circunscriben entre 11 de septiembre de 1973 y 10 de marzo de 1990, el peak de denuncias se concentra en el año 1975.

Además, en la base de datos existen 17 casos que, mediante sus relatos, dan cuenta de posibles vinculaciones directas con acciones propias del régimen militar. “Ejemplo de ello es la participación directa o indirecta de miembros de las FF.AA o posibles sospechas de vinculación con víctimas de violaciones a derechos humanos de esos años”, explica Hernández.

Para la ONG esto ocurre principalmente por la fragilidad del sistema de la época, que en su opinión se mantiene hasta la actualidad. Por otra parte, dentro de los casos denunciados en todo el país, el 9,5% se concentran en la V región y tres se suscriben al hospital Carlos Van Buren.

Arturo Fellay dice que, a lo largo de esta experiencia, ha podido notar la cojera emocional con la que viven las personas que no conocen a sus padres. “Ellos viven, funcionan a diario, crecen, trabajan, se casan, tienen hijos, todo siempre con esos cinco centímetros que les faltan en un pie, que les recuerda permanentemente que están incompletos, todo esto se termina solo cuando pueden cerrar un ciclo, como ocurrió con el caso Tolliver”, agrega.

La historia de Travis se refleja en ese mismo espejo, al mirar la línea de tiempo de sus fotografías su vida parece la de un niño y un adolescente normal, salvo en la adultez. Allí, casi nunca sonríe, parece ausente, taciturno.

Nelly hojea el álbum tratando de hacer suyos esos momentos. Ahí aparecen los primeros años de su hijo, mientras lo baña Susan, una mamá rubia que lo mira con amor. Ella observa la foto y confiesa que muchas veces, cuando tuvo problemas o se sintió desamparada, le rezó a su hijo muerto.

-Debí insistir más, mucho más, debí luchar por él- se recrimina Nelly y golpea despacio su frente con la palma de la mano.

La casa se impregna del olor a empanadas y empiezan a llegar tíos, primos y más niños. A medida que entran, todos saludan efusivamente a Travis, él sonríe. Es un hogar lleno de ruido, de risas de niños, de alegría, donde una mesa grande cubierta de un mantel burdeo será el centro de reunión familiar. Nelly se acomoda los anteojos, sonríe para la foto y rodea a su hijo con los dos brazos en el cuello, lo estrecha con fuerza.

-Así, así tenemos que salir. ¡No te voy a soltar nunca, oye!- bromea y suelta una carcajada.
Travis se fue de Chile el 9 de junio, antes de embarcar se despidió de su madre con un fuerte abrazo. Ambos lloraron de nuevo.

Hoy Nelly cuenta los días para que llegue septiembre, el mes en que su hijo le prometió que volvería.