camioneros A1

Me entero de que hay varios camioneros de origen mapuche. Algunos peñis y lamngen piensan que cualquiera pertenece al lugar en donde nace, cosa que les conviene mucho a los culposos no-peñi que van a ofrecer ayuda a las comunidades y a aprender de ellas (el “centro ceremonial” de Cerro Blanco, por ejemplo). Pienso que somos todos peñi entonces y tomo una micro a las 4 de la mañana llena de pendejos peñi reggaetoneros casi al rape que intimidarían a cualquiera, pero tengo el pelo corto similar y paso bastante piola. “Estos son los hijos de Lautaro –pienso en la micro–. Saldrán de la alienación y serán una fuerza digna. Su silencio me lo dice”. Debe haber sido una cerveza artesanal con más grados de lo normal que me tomé lo que me hizo pensar eso, así que mejor escucho reggaetón y muevo la cabeza con poco swing y los ojos vacíos. Peñis urbanos.

En tanto, todos los estudiantes de Literatura y cuanto escritorzuelo va a postular a algún fondo cultural, andan detrás de las superestrellas que en este caso son los pueblos originarios. Muchos buscan, llaman y escriben a gente de apellido mapuche para usarlos como testaferros. Ojalá sean mujeres, ojalá de comunidades cordilleranas –donde la democracia es un concepto vacío, se bautiza con sangre de animal, etc.– y no urbanas, que esas ya incorporaron conceptos occidentales y cacharon la movía: los cantos y cultrunes de aeropuerto son lo suyo.

Algunos postulantes no mapuches hasta viajan para reunirse con los peñis y ocupar sus nombres, y luego, nada, se reparte el premio. En el fondo, las bases obligan a producir una obra que de genuina no tiene nada y que se reparte entre proyectistas y redactores especializados que se consiguen un testaferro indígena. O sea, corrupción en menor escala, o lecciones para ejercer la “integración” vía redacción burocrática. “A ver, a quién ponemos”, “no, ese no, ese es champurri”, “bueno, pero cambiémosle la dirección, yo conozco al alcalde de no sé dónde”, “y yo a un lonko”, “pero güeón, mejor si es mina”.

Por supuesto no estamos hablando de quienes escriben con seriedad y amor por la palabra: César Cabello, Yeny Díaz Wentén, Daniela Catrileo y tantos otros que no conciben sus orígenes como un curro o un botín sino como un mundo. Pero frescos de raja abundan. Jorge Teillier decía de E.Ch., “lo pasean como moái por Europa”. Y las bases actuales de los fondos son un verdadero manual para aprender a hacer trampa. Revisemos: “Se privilegiarán obras de autores de comunidades rurales, pueblos originarios, comunidades vulnerables, de difícil acceso a bienes culturales, zonas aisladas y en la periferia de la ciudad y personas con capacidades diferentes” (3.3.1 Objetivos de la línea).

Frente a esto, se nos ocurre una propuesta descabellada, sicodélica y muy digna de la NM. Como muchos camioneros peñi se sienten atacados por sus hermanos, la solución es la siguiente: ¿y si les dan unos fondart, fondos de creación o cualquier equivalente que se le ocurra a la amorfa NM mientras pone a un títere del represor Burgos y saca a Huenchumilla que se manejaba? De hecho, podrían usarse los camiones como esculturas, land art o performances, con el Divino Anticristo o Javier Bello como mascarón de proa desnudo y tetón. Y hacer lo que se podría llamar “el carnaval del cualquierismo” mientras canta el tenor Ignacio Gómez en mapuzungun. Porque, en resumidas, la NM reprime y mata por un lado a niños, peñis, mujeres; pero parcha por el otro –“la cultura”– pagando a algunos pocos indios pícaros de siempre.