Adelanto-del-nuevo-libro-del-sociólogo-Carlos-Ruiz

Son los años noventa. La nueva oscuridad posdictatorial, ahora con apellido civil. En buenas cuentas, esta visión restrictiva de la política trae la “restauración” de la democracia, pero la vida social se reduce a una competencia de uno-contra-uno. El individuo en su páramo. La única lucha que cuenta, el único esfuerzo que suma en realidad, es el individual. Es la maternidad democrática posible, para protegernos del retorno amenazante a la dictadura; al menos, así se presenta como vulgata disciplinante, como discurso de legitimación, como nuevo patrón de dominio.
Pero la desigualdad existe (o persiste, a pesar de ello, si se prefiere). No solo eso, sino que crece en los años noventa. Y no es una desigualdad “individual”, sino una que moldea inmensos grupos de la sociedad, entre los cuales las brechas, no hacen más que reiterarse sin error, reproducirse sin equivocación ni espacio para el azar, siguiendo pautas regulares que incluso ahondan esas desigualdades.

Así pues, no es casual que los que están arriba ni de cerca operen como individuos aislados, ni por asomo adopten aquello del uno-contra-uno como versión de lo que ocurre en la sociedad. Ellos se organizan compulsiva y religiosamente, operan vehementemente aferrados a una cosa que se llama conciencia colectiva –¿de clase?–, mientras los de abajo, en cambio, tienen que creer que la vida social es ineluctablemente individual. Condenados al desarme de sus energías sociales de acción consciente y, con eso, a creer que no existe una apropiación social y colectiva de las ventajas y las oportunidades, sino que están a la mano de todos, siempre que se concurra a disputarlas. O sea, el mundo, pintado hacia abajo con forma de la ingenua puja uno-contra-uno, mientras que de arriba, más de “clase” que nunca: una poderosa organización de intereses sociales que determina a la política y al Estado. (…)

Los de abajo: sectores medios y populares –exceptuando al gran propietariado– son tratados como individuos por el Estado. Mientras, a los de arriba se los asume como clase: el gran empresariado, que se organiza en grupos sociales poderosos y debate regularmente sobre todo lo que le rodea, toma acuerdos, o sea, todas esas cosas ¡de clase! Las mismas que la Concertación enseñó que habían desaparecido producto de un “cambio epocal”, en las que no había que pensar más, pues le hacían mal a la democracia y solo servían para traer de vuelta a la dictadura.

En definitiva, en la nueva democracia, la vida es singular. A esforzarse, claro que individualmente. A soñar, pero entiéndase: individualmente. Incluso, parece lícito molestarse, y hasta sacudirse, pero de manera individual, como consumidor, el atributo principal del nuevo ciudadano. (…) En la politología de la transición no caben los derechos sociales ni las aspiraciones y frustraciones de tal índole. De ahí que la política no tiene otro destino que autonomizarse de la sociedad, y burocratizarse en su encierro. Convirtiéndose en una política que se impermeabiliza, de cualquier sujeto o actor social (excepto del gran empresariado, que incide sin contrapesos sociales efectivos).

Si todo el horizonte programático de la Concertación es la restauración política –pero no social– de la República, entonces, es principalmente en sus manos que recae la función de instalar esta nueva visión restrictiva de la política. Ese terminó siendo su horizonte histórico. Ese su papel, y su límite. Toda una mentalidad intencionalmente estrecha, que no solo se esparce hasta hacerse dominante entre los cuadros políticos y las bases clientelares más próximas de dicha alianza gubernamental, sino que, a partir de ello, se extiende también sobre las ciencias sociales y la propia vida intelectual y académica, profusamente condicionada por esos restrictivos términos de la acción estatal y su administración. Varias generaciones serán entrenadas “académicamente” en semejante naturalización de las restricciones de lo público.

Y lo que tenemos hoy, es precisamente el ocaso de aquel horizonte de restauración; y con eso, también, de su epistemología. El agotamiento de la política de la transición, del horizonte reducido de restauración como sentido histórico de la Concertación, es también el de una concepción de lo político, y de su antigua efectividad para naturalizar las restricciones que comporta. En definitiva, el agotamiento de su anterior capacidad para invisibilizar los restringidos intereses sociales que protege.

OSCURIDAD INTELECTUAL
Intelectualmente hablando, los años noventa son eminentemente oscuros en Chile. Precisamente en esos años, en gran parte de América Latina y el mundo, los intentos menos o más logrados de giro neoliberal en curso desatan amplias y convocantes discusiones. Mientras que, en Chile, su rotunda consagración heredada, no solo permite su naturalización “blanda” bajo una democracia restringida, sino que el aislamiento de toda discusión acerca de procesos ya amargamente vividos, y ahora tenidos por irreversibles. De tal suerte, la discusión social brasileña o argentina, francesa o alemana, particularmente prolíficas, no asoman ni se comunican con la escena local que está empeñada en someterse a las heredadas concepciones –por ejemplo– del “gasto social focalizado”, como paradigma de combate a la pobreza a manos de un Estado evasivo y mezquino, de un gasto social restringido, cuya construcción se naturaliza y es ignorada por la política.

En los años noventa escasean, si es que las hay, las auténticas rebeldías creativas, las genuinas vanguardias. Toda esa fuerza inventiva que asoma en los temidos años ochenta frente a la mano militar, ahora bosteza clientelizada ante la autoridad de las militancias burocratizadas, obedientemente encargadas de desactivar cualquier sueño capaz de desordenar la cuidada escena de la restauración sin cambio. El clivaje dictadura-democracia se esgrime en contra de todo acto que salga de dicho relato, bajo la acusación de colaboración involuntaria con la amenaza de regresión autoritaria.

De tal modo, los años noventa, no solo son oscuros dentro de las militancias y burocracias concertacionistas (cada vez más una sola cosa), sino que, como cultura de masas extienden ese impacto a sectores mucho más amplios. Especialmente, a aquellas fracciones sociales que resultan beneficiadas en algún modo por los términos de la modernización heredada, las “nuevas clases medias” que, más tarde –es decir, hoy– saldrán a reclamar, tras sus hijos estudiantes, por el incumplimiento de la promesa meritocrática de un liberalismo que los impulsó a competir individualmente en aras del ascenso social. Esas expectativas de ascenso chocan con unos poco meritocráticos mecanismos de cierre social elitario en los colegios, iglesias, centros recreacionales, todos muy poco capitalistas, muy reñidos con el liberalismo económico “rapaz” –y qué decir con el liberalismo político– que profesan, pero no cumplen y hasta temen nuestras elites.

Es el oscurantismo de los años noventa, que emana de los horizontes históricos restringidos de la Concertación. Una época gris, que los años que siguen se apuran en dejar atrás, buscando nuevas coordenadas y relatos, que no pueden emanar de la vieja alianza, por más que se disfrace de nueva.

DE NUEVO LA SOCIEDAD
Carlos Ruiz
LOM, 2015, 210 páginas