Conversación con Bruno Montané: Más allá del hastío

En su reciente visita a Chile, el poeta volvió a pisar Viña del Mar, su ciudad natal, después de 40 años. Ese regreso da pie para revisar su historia, y esa historia nos lleva también a la de sus padres. Montané, relajado y buen conversador, transita aquí por el vértigo de sus primeros versos, ese difuso pasado infrarrealista en México y lo que siente hoy cuando le preguntan por su amigo entrañable, Roberto Bolaño.

bruno montané

Paso a buscarlo al Hotel O´Higgins, pero nos juntamos en la mitad de la plaza de Viña. Me cuenta que le tocó la ventana sobre la cornisa más apegada al lado del Marga Marga. Para no arruinarle el relato no le cuento que la semana pasada justo ahí acuchillaron a un perro. Es muy denso para partir una conversación. Lo correcto es preguntarle cómo pasó la noche. Me dice que llegó cansado y prendió la TV con la intención de quedarse dormido, pero en el piso de arriba se escuchaba a alguien aserruchar alguna cosa. “Pensaba que era una pareja, por estar en un hotel, pero no parecía como una cama sonando sino como un serrucho. Dormí en una cama donde cabían tres gordos muy gordos”, dice y pienso que en esa misma suite puede haber dormido Mercedes Sosa, José Feliciano o cualquier cantante invitado al Festival de Viña, incluso un tipo como Ricardo Montaner que, por un error de registro civil (historia frecuente y mentirosa que deja a todos los funcionarios como analfabetos) podría haber sido Montané.

Cruzamos la calle y caminamos por Avenida Valparaíso.

Pasamos de largo por el Samoiedo. Lo llamo “un café para jubilados”. Me dice que quedó de juntarse en ese mismo lugar unas horas más tarde con un primo al que no ve hace cincuenta años: “Está bien, porque mi primo ya está a punto de ser jubilado”. Y lanza una carcajada generosa, tan desenvuelto como en toda la conversación que sigue.

Hace cuarenta años que no visita la Quinta región. Su vida ha transcurrido mayoritariamente entre México y Europa. Casi los mismos lugares que sus padres escogieron para vivir. Le pregunto cuál es su vínculo con Valparaíso, y me cuenta que prácticamente ninguno, salvo que sus progenitores lo escogieron como lugar para que naciera. Señala la antigua maternidad del Hospital Enrique Deformes. “Algo de eso hay”, dice entre risas. Curiosamente es el mismo lugar donde hoy está emplazado el Congreso Nacional. La desconexión es tal que confiesa que el día anterior fue la primera vez que recuerda haber subido un cerro, pero cuando iba subiendo tuvo la sensación de reconocer un espacio, aunque ya no se acuerde de casi nada. Su primer recuerdo se confunde con un sueño, la línea del tren en los tiempos en que estaba al nivel de la calle, al lado de unos muros de piedra.

Nos interrumpen para tomarnos el pedido. Pido un americano y él un cortado con más leche que café. “Como una mamadera”, dice la garzona como adivinando que hablamos de esa época. “Mira qué bonito, a esta edad”, celebra Bruno y le dice a la chica: “Dos dedos de café, tres de leche”. Mientras esperamos le hago la pregunta clásica que se le hace a los escritores. El momento epifánico en que se toma el lápiz.

“Comencé a escribir como a los 14 creyendo que aquello era poesía, pero con una energía, un vértigo que yo podría decir que no se me ha quitado, pero sería de una pedantería increíble. Al comienzo casi se escribe con vergüenza. En el fondo siempre se escribe por aburrimiento. No soportamos las lides de la realidad”.

La realidad del café donde estamos es absolutamente bulliciosa. Los hombres que leían el diario fueron reemplazados por grupos de mujeres adultas que hablan fuerte y por unos parlantes cercanos donde se escuchan los bajos de un reggaeton. Bruno sube un poco la voz pero no reclama, sigue hablando como si nada pasara.

“Mis primeros versos mis padres se los tomaban con curiosidad y aceptación, así como mira lo que está haciendo el niño. Mi madre fue prácticamente incondicional, le mostré una de las dos novelas que he escrito y me dijo (pone voz de madre insatisfecha): ‘es un poco acartonada’. Pero los poemas siempre le gustaron. Utilizaba versos para ponerles nombres a sus cuadros. Cuando vivíamos en La Serena, el día anterior a la inauguración de una exposición nos ponía a mi hermano y a mí a mirar las telas y que le contáramos qué veíamos; se suponía que era una jam session de titulación infantil, pero al parecer le servía, le dábamos ideas. Recuerdo con mucho cariño la confianza que tenía en nosotros. Pintaba totalmente abstracto y usando muchos materiales, cuadros que se podían tocar un poco”.

Hace una pausa para tomar café y sigue hablando inspirado.

“Mi madre nació en Alemania, creo que en Baviera, y vino aquí con 3 años, pero su padre había nacido en Santiago. Mi abuela durante muchísimos años tocó el órgano en una iglesia, su único sueldo era ese. Ella estaría tocando hasta comienzos de los setenta. Mi abuela murió cuando estábamos en el exilio. Debe estar enterrada en alguno de los cementerios de por acá. A mi madre la golpeó mucho. Mi padre es hijo de catalanes. El abuelo iba para sacerdote y se enamoró de la hija del portero, y entonces con una historia como esa lo único que podían hacer era huir. Cuando mi abuela se quedó viuda regresó a Barcelona y luego vino la guerra civil, con su miseria total. Mi padre recuerda esos tres años como algo traumático. Él vivió el bombardeo de Barcelona que hizo la aviación de Mussolini. Ahí regresaron a Chile. Mi padre era arqueólogo. Pero medio autodidacta. Tuvo que sacar el título como a los 70 años en México. Le dijeron: Sr. Montané, usted no está licenciado, tiene un híper currículum pero no la licencia. Y así no lo quedó otra. Me pregunto por qué no lo seguí, aunque en el fondo yo sé. Mi padre era entrañable pero también un pesado que estaba todo el tiempo dando la clase. Se cumplía a cabalidad el asunto de en casa de herrero cuchillo de palo. Le daba la clase a todo el mundo pero conmigo hablaba solo lo justo, aparte que yo era un niño bastante revoltoso, que ahora lo llaman hiperactivo. Mi padre tenía muchos libros, me encantaban las enciclopedias, los dibujos de los estratos, las piedrecitas, el texto y lo visual, sin duda”.

Mientras habla algo pasa con él. Son los temas que siempre dejan medio vulnerable, y también los que juegan un papel en la conformación de la novela propia. ¿Cómo es tener que hablar constantemente de su pasado infrarrealista?

“Tengo que hacer un esfuerzo, en el fondo sintetizarlo, hay cierta curiosidad e incomodidad. Hay que dejarse de huevadas, es algo que pasó hace 35, 40 años y es algo que además ha tenido su propia trayectoria en lo que yo no he estado. Hay medio año en que no estuve, y fue el tiempo donde se supone que surgieron todas esas anécdotas que aparecen en ‘Los detectives salvajes’, y termino convertido en el amigo fantasma que no sabe leer la parte biográfica de la novela del amigo. Sé que es así, pero lo asumo. Siento mucho cariño por el pandilleo de esos años. Alumbras el pasado de otro modo, la memoria se recarga y el relato se realimenta pero también se recrea la memoria personal; es una investigación, un análisis, saber qué te cuenta la gente que compartió contigo y con tus amigos cuando no estuviste. Al final es divertido”.

Pienso en que los diarios de vida pueden aportar material a esas nebulosas. Le pregunto si tiene algunos de esa época.

“Admiro los diarios de vida de los demás, ahí tiene que ver con el tipo de literatura que uno perpetra. Me gusta esa palabra, perpetrar, que tiene algo de violento. Lo que he escrito son reflexiones, un diario muy velado, pero son levemente autofágicas, me cuesta decirlo, hasta me avergüenzo un poco. Escribir sobre todo lo que te impide escribir más, como una especie de –pongámonos pedantes– ouróboros textual. De esos tengo 20 cuadernos durante el tiempo que llevo escribiendo. El diario sistemático lo hice cuando visitaba a mis padres en México, que a su vez me ha parecido algo morboso, la vergüenza es tal porque no se entiende la esencial humildad que hay en el fondo de la escritura. Hay que trabajar, hay que estar ahí, hay que decir. Es cierto que la literatura es un ejercicio que solo debiera interesarle a uno mismo. Eso es maravilloso pero implacable. ¿Y tú escribes diarios de vida?”.

Le digo que sí, desde los nueve años, cuando me regalaron el primero para la primera comunión. Le digo que también me interesa como estructura, es un formato atractivo.

El-socio-chileno-de-Bolaño

“La estructura sí, es importante. Yo al comienzo no le daba mucha importancia y en el fondo digamos que sé que hay que instrumentalizar, pero aparte de la representación evidente. Porque un texto sigue siendo un artefacto, y un objeto inevitablemente tiene una estructura, también es una cosa de carácter, de cómo se es. Y también los poetas –y voy a decir algo contradictorio– están en otra, creen que siempre tienen que hacer el poema, pero claro, que la noción de estructura entra en cómo muestras tu poema; ahora, cuando se convierte en una cosa operativa y además novata, el resultado es terrible”.

Sus palabras podrían ser las de un profesor de literatura. Le pregunto si ha hecho clases y me responde que sí, que de lectura, pero que prefiere no hacerlo (haciendo el gesto con la mano de ponerse una pistola al cuello). Me queda claro que no le fue muy bien en ese ámbito.

Dice que se gana la vida corrigiendo textos. Arremete con que afortunadamente su piso es de los antiguos, de esos muy baratos, que además toca saxofón en un grupo y que van a algunas celebraciones de los ayuntamientos. “Alguna vez toqué en un grupo de matrimonios, y teníamos que comenzar la fiesta haciendo bailar a las personas mayores”. Le pregunto que entre qué años. Dice: ‘Unos cinco antes de que nacieras”. Me firma el libro y pedimos la cuenta. Caminamos por la orilla de la calle Viana, en dirección a la estación de tren. Va a juntarse con una mujer llamada Sandra que quiere comprar un volumen de Mario Santiago editado por Ediciones sin fin, su propio sello. Cuando llegamos frente a la parroquia vemos a la chica desde lejos. Es curiosamente una estudiante de arquitectura española a la que estuve por arrendarle una habitación en mi casa. Luego de cruzar la calle y saludarnos le dice de inmediato que se ha leído todo Bolaño, pero que le da vergüenza preguntarle por él, porque todo el mundo lo hace. Bruno dice que le gusta “más allá del hastío”, porque era su amigo y lo quiere. Le digo que ahí tiene un buen título para su autobiografía. Lanza una gran carcajada y mastica: más allá del hastío. Nos sentamos en la plaza de Viña los tres. Ella comienza a hablar de arquitectura, de que no creyó necesario estudiar letras para acercarse a los libros. Le digo que me hubiese gustado tener esa madurez. Nunca es tarde para estudiar arquitectura, dice Bruno en tono de chiste, y remata que había dicho que a los 50 entraría a la universidad, pero ya tiene 58 y no lo ha hecho. Yo le digo que para mí ya no tiene caso, que prefiero seguir estudiando las estructuras, de las que hablamos hace un rato en esta conversación de dos horas. Me alisto a tomar Mapas de bolsillo y mi cuaderno. Él me dice: “Así que te vas, Natalia, ya no nos veremos más”. Yo le digo: Eres tú el que se va. “Es cierto”, dice Bruno, y me despido de la chica española y del poeta que está condenado a seguir siendo joven, y que dentro de poco debe juntarse con su primo al que no ve hace medio centenar de años.

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