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atentado parís EFE

Fue un viernes en la noche en un país democrático, el que dio origen a la idea de los derechos humanos. No en lugares simbólicos de poder o dominación, sino en lugares donde compartir, conversar, emocionarse, bailar, o sea, de libertad. Espacios donde se expresa la vida.

Aunque parezca inconcebible, la vida y su sensualidad tienen sus enemigos acérrimos: los terroristas islamistas, caballeros de la muerte. Entre estos últimos figuraban compatriotas franceses, y ellos son los síntomas de un cuerpo enfermo, los frutos podridos de la sociedad occidental de hoy. Europa se ha constituido desde el siglo XVIII como “la civilización de la razón”. Un pedazo de humanidad en el cual se privilegia la lógica como principal fuente de entendimiento por sobre cualquier explicación metafísica. En cambio, los terroristas de París eran seres humanos desprovistos de toda razón. Quizás sea por esto, en parte, que Francia y el viejo continente se han convertido en el principal enemigo ideológico de los islamistas nihilistas.

Porque en los hechos, el terrorismo islamista demuestra que no tiene nada que ver con la religión: es un nihilismo. Dios es solo un pretexto, al igual que la indefinida “revolución” de los famosos nihilistas rusos del siglo XIX, tan bien descritos en las obras de Turgueniev y Dostoievski. Son nihilistas porque no dan ningún valor al mundo existente y creen solo en la vida eterna. Los terroristas que actuaron en París intentaron matar, más que un arte de vivir, el amor por esta vida.

Hace mucho tiempo –desde el declive económico iniciado en los setenta y sus consecuencias sociales e identitarias– que Europa se encuentra sacudida por este virus mortal: el nihilismo. En Francia y en Europa, las autoridades políticas, elegidas por los ciudadanos, han abandonado a grandes sectores de su población, ubicados antes en el limbo de las grandes ciudades pero que hoy se extienden hasta las clases medias. Un inframundo de desesperanza donde todos temen su empobrecimiento y ya nadie cree en el Progreso, matriz de la idea europea. Un caldo de cultivo para un egoísmo extremo y el resentimiento, madres de los islamistas nihilistas y potenciales verdugos de la nación francesa.

Estos acontecimientos nos hacen reflexionar, una vez más, sobre nuestra organización política. ¿Será apta la democracia para protegernos? Para tranquilizar al pueblo francés, legítimamente asustado, decretar el Estado de emergencia fue una primera respuesta necesaria. Sin embargo, las medidas que restringen las libertades tienen que ser provisorias, bajo pena de reforzar la afirmación de los terroristas sobre la ilegitimidad de la democracia. Podremos vencer el nihilismo y a la muerte solo si restauramos los lazos humanos, si nuestras sociedades dan prioridad a la solidaridad y se apoyan en la justicia y en la empatía. “Libertad, Igualdad, Fraternidad” no solo como emblema. De tal modo que es urgente restaurar una democracia que respete los dos ideales de Aristóteles: lo justo y la verdad. Nuestras democracias, demasiadas veces, más que preocuparse por la verdad, buscan solamente la mayoría de los votos.

Albert Camus, en El hombre rebelde, escribía: “sí a la indignación, pero no a la barbarie”. Él nos da la única respuesta para ganar esta batalla: mientras los islamistas nihilistas creen que el fin justifica los medios, los demócratas tienen que indignarse y responderles que sólo los medios justifican el fin.

*Analista internacional e historiador.
@FlorentSARDOU