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LA CARNE

14 de Febrero de 2016

Columna: Mi ginecólogo

Servidor púbico, pélvico y público, se mantiene firme en la atención de urgencia del hospital porteño por excelencia. Tiene también (porque tampoco es weón) su consulta privada, pero no se compara en horas con el tiempo y el amor que sale de sus ojos cuando atiende a docenas de mujeres en la urgencia del añoso y agrietado edificio de la calle Colón, al que llega en un también oxidado trolley saludando a los ambulantes que venden café y sanguruchos en las inmediaciones del inmueble (que, dicho sea de paso, necesita una inyección urgente de personal, modernidad y plata, como toda la salud en Chile).

Por

vagina-YT

Mi ginecólogo es choro. Es poeta, le gustan los aperitivos y los erizos. Tiene una mente científico-sibarítica. Cada vez que voy a su consulta relaja la desagradable situación de apertura de piernas e introducción del espéculo con relatos sobre la última picada del puerto donde comió o recita un par de versos mientras visibiliza paredes vaginales, cuello del útero o me toma la muestra para el satánico PAP. Lo que para muchas mujeres constituye un trámite poco ameno, con él, puedo decirlo, es una experiencia placentera. Yo le digo “mi curandero favorito” y es conocido como “el técnico” en cierto bar que regento donde todas las que allí trabajan son, han sido o serán sus pacientes.

Debe ser loco revisar vaginas todo el día. Sentir humedades y temperaturas diferentes. Conocer miles de labios mayores y menores. Palpar de forma científica zonas erógenas por excelencia. Sentarte en un bar donde el trago que tomas y la comida que comes son preparados por las mismas mujeres que te confiaron sus profundidades en el intimidante sillón de tu consulta. Tener una capacidad grande de abstracción es, de seguro, el secreto. También, pienso ahora, debe ser complejo-complejo tener como pareja a un ginecólogo o a una uróloga.

El técnico no sólo inspecciona vaginas, úteros y ovarios. También trae niños y niñas al mundo, determina a las pocas semanas si vienen con alguna anomalía en su “cuerpo físico” (no puede saber si serán sicópatas) y aunque no lo declara públicamente sé que está a favor del aborto. Este hombre de ciencia comprende y no descalifica los partos en casa, la ginecología natural, las hierbas medicinales, ni la maternidades tardías o solitarias. Sus poemas son tan puros y simples como su vestimenta y sus modos. Hijo de inspector municipal y dueña de casa, el doctor es “el doctor”, sin antepasados que le hayan trazado un camino y sin trazar el tampoco el camino de sus descendientes.

Integral es un tipo de pan y es un calificativo que define a este personaje que “trabaja ahí donde otros se divierten”, chiste fome y repetido que no representa lo que hace nuestro sanador de la entrepierna. Fuera de su consulta tiene cine y literatura del año que le pidan y nunca pone una mala cara si en un contexto diferente a las cuatro paredes del box alguna le sale con una duda sobre atraso, fluido raro o poroto en una teta. Su celular suena como loco, y no porque tenga tantas amantes como una mente cochina pudiera sospechar, sino que porque él lo entrega a cuanta paciente o padre ansioso lo requiera, y será contestado sin duda a las horas más extrañas, siempre que sea posible.

Servidor púbico, pélvico y público, se mantiene firme en la atención de urgencia del hospital porteño por excelencia. Tiene también (porque tampoco es weón) su consulta privada, pero no se compara en horas con el tiempo y el amor que sale de sus ojos cuando atiende a docenas de mujeres en la urgencia del añoso y agrietado edificio de la calle Colón, al que llega en un también oxidado trolley saludando a los ambulantes que venden café y sanguruchos en las inmediaciones del inmueble (que, dicho sea de paso, necesita una inyección urgente de personal, modernidad y plata, como toda la salud en Chile).

Mi relación con él es pura medicina. No hay nada sexual ni erótico en ella. Me ha diagnosticado embarazo, posterior pérdida, quistes, tumor que por suerte no era tumor pero parecía y otras patologías muy frecuentes en mujeres de sexualidad vivaz. Almorzamos a veces o se detiene en mi antro por uno o dos pisco sours o copitas de tinto. Nicanor Parra le contó que una de sus mayores preocupaciones era que la vagina es infinita. Es mi amigo, y uno de los mejores que he tenido, aunque para algunas mentes resulte imposible comprender que se pueda tener una relación fraterna con el weón que te revisa el choriflai.

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