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A Ronald León (44) le costó meterse en los zapatos del tirano rey Ricardo III, que sembró el terror en la Inglaterra del siglo XIII con su maldad, matando incluso a su misma familia con tal de aferrarse al poder. Tuvo que leerse libros de historias de personajes nefastos y ver escenas de películas donde aparecían malos como el natre. Hasta buscó en internet fotos de animales salvajes, como los lobos, para captar sus miradas agresivas. Y cuando salía a la calle se quedaba pegado mirando a los gatos huraños. “Tuve que pensar en hartos malos de la historia, meterlos en una juguera y dar con el malo más malo”, cuenta.

Todo para dar con el tono del protagonista de la historia de envidia, ambición y crimen que inspiró hace más de 400 años a William Shakespeare, y que se estrena este 31 de marzo en el GAM bajo la dirección de Jacqueline Roumeau, de la Corporación de Artistas por la Rehabilitación y Reinserción Social a través del Arte (CoArtRe). “Interpretar Ricardo III es una gran responsabilidad. No puedo desteñir”, reconoce León.

Ronald lleva siete meses ensayando a tiempo completo. Se aprendió sus textos caminando por la Alameda y en la micro. No le gustan los lugares silenciosos. Ni pensar en los parques para leer. El ruido lo acompaña siempre. Todos los días le encuentra nuevas lecturas al clásico de Shakespeare: “Me he puesto a pensar harto en la ambición y en querer el poder a toda costa. Si lo piensas, eso está en todas las personas. Todos quieren estar allá arriba”, asegura.

Ronald es parte del elenco ciudadano, compuesto por actores autodidactas, que fueron convocados por Roumeau para integrarse a la obra. Algunos tienen un pasado oscuro tras las rejas. Ronald es uno de ellos. El 2012 terminó de cumplir una condena de cinco años en la Penitenciaría de Santiago, por robo. Fue ahí que se interesó por el teatro, a través de los talleres que realizaba Roumeau en la cárcel, que lo llevaron a ser parte de los montajes “Ópera de los tres centavos” –clásico de Bertolt Brecht donde interpretó a Mackie el Navaja, el personaje principal–, “Sangre, cuchillo y velorio” y “El padre de la novia”. Pero este protagónico tiene un matiz distinto para Ronald. Es la primera vez que su rostro –y su inconfundible cabellera– aparecen en un afiche tan grande como el que ocupa un frontis del GAM. Y es la primera vez que actúa después de recuperar su libertad.

LADRÓN A LO GUCCI

Hasta los 16 años, Ronald dice que fue un “cabro normal”. Le iba bien en los estudios, nunca hizo la cimarra ni se echó un ramo. “Era tranquilo, me gustaba el deporte, jugaba ping pong”, recuerda de esos tiempos en que vivía en Puente Alto. Cuando sus papás se separaron, comenzaron los problemas. El clan se dividió: su madre partió a Argentina con dos de sus hijos y su padre armó una nueva familia en Santiago. Ronald optó por quedarse con él, pero al poco tiempo se llevó mal con su nueva mujer. Tampoco estaba de acuerdo con las reglas que le imponían.

Su padre era un artesano que trabajaba en Gucci fabricando carteras. Ronald fue su ayudante durante ocho meses. Ahí conoció a gente de La Legua y terminó yéndose de la casa a vivir con ellos. Dejó botado el cuarto medio y se fue por el camino más fácil: las malas juntas que lo iniciaron en los robos.

Como estaba sin pega y necesitaba lucas, se le ocurrió una pillería: comprar carteras Gacel y ponerles el logo de Gucci, que había aprovechado de robarse cuando trabajó en la fábrica. El negocio fue un éxito. Ni las tiendas ni las vendedoras sospechaban de Ronald, que se vestía con las prendas de la marca o, al menos, con sus logos. “Me gustaba vestir bien pa la edad que tenía. Me gusta el pantalón de vestir, la camisa, el buen zapato. Ahora ando así de excepción. Para llegar a lugares donde hay plata, tenís que ir bien vestido, poh. Tampoco soy de andar tirando chuchadas ni de escupir en el suelo. La gente nunca desconfiaba”, cuenta.

Pero la plata se le hacía agua entre los dedos. Y de vender carteras falsas, pasó a abrir autos y llevarse lo que pillara dentro. También comenzó a robar casas del barrio alto. Muchas veces salió arrancando de los pacos, en huídas casi cinematográficas. “Prácticamente escapando entre balazos, después el auto quedaba lleno de hoyos”, recuerda.

En La Legua se ganó el respeto de todos. Lo admiraban por la imagen que proyectaba a su corta edad. “Les gustaba como me vestía, que anduviera vestido de marca y buenos perfumes. Además que sabía idiomas, era abierto de mente y educado. Era habiloso”. Fue en ese tiempo que conoció a Manuel Fuentes Cancino, el capo de La Legua conocido como El Perilla: “Era un buen tipo. Una especie de Pablo Escobar que tenía como vicios las carreras y las mujeres jóvenes. Pero era un hueón correcto. No era así como los narcos de ahora, que están todos distorsionados. El Cabro Carrera, al que también conocí cuando viví en La Victoria, era otro viejo decente. No como ahora que no hay respeto. Ya no hay ética en los ladrones”, lamenta.

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¿Qué recuerdos tienes del Cabro Carrera?
–Cuando yo vivía en La Victoria, el Cabro Carrera iba la picada del Farolito. A la gente que estaba tomando le ponía otra cerveza en la mesa. Él se tomaba una pilsen chica, conversaba diez minutitos, tiraba la talla y se iba. Y siempre caballero. Nunca una chuchada.
Antes de cumplir la mayoría de edad, en octubre del año 89, Ronald León pescó sus cosas y fue a buscar fortuna a Argentina. Allá estaban su mamá y sus hermanos. Fiel a su estilo elegante, Ronald salía pinteado a robar casas lujosas de Buenos Aires, aprovechando el descuido de sus moradores.

Robar allá le fue fácil. “La gente es más relajada y descuidada. Además que la policía es corrupta. Los pacos no se calentaban la cabeza. Y si cachaban que el choreo era bueno, te pedían su parte”. En Buenos Aires también incursionó en el robo por descuido. “O sea, dejaste cualquier cosa a la vista, te descuidaste, te diste vuelta y te la robé. Eran robos limpios, porque nunca le pegué a nadie ni le tiré balazos. No concibo eso, ni que un hueón venga y le tire la cadena a una niñita. Eso es de un hueón malo”, dice.

Tenías códigos.
–Ahora. Porque antes, si te podía robar el celular, lo hacía. El otro día eché a un cabro que andaba lanceando en la micro. Y le estaba robando a pura gente trabajadora, porque los cuicos acá no andan en bus. Si hasta los hueones más atorrantes andan en auto. Ahí me di cuenta de que he cambiado. Si veo a una señora descuidada, le digo: “cuidado, se le va a caer su teléfono”.

¿Para qué robabas?
–Me gustaba la plata fácil. En ese tiempo me metí también en las drogas y necesitaba para consumir. Estuve cinco años en la cocaína. Fueron mis peores años. Viví hartas situaciones en que podría haber muerto.

¿Cómo cuáles?
–Al menos cuatro veces tuve la muerte encima. En Argentina me pusieron una pistola en el pecho, la gatillaron y no salieron los tiros. Como no me pudieron matar, salieron arrancando. Quedé helado. Al otro día, con esa misma pistola mataron a otro compadre. Las vueltas de la vida. Pero esos tipos eran de Chile, vivían en La Victoria y me los topé hace poco. Cuando me quisieron matar estaban en la cúspide, ahora están metidos en la pasta y derrotados. La última vez que vi la muerte fue en el invierno del 2014.

¿Qué te pasó?
–Me confundieron con otro y me pegaron una puñalada en el pulmón. Había ido a pagar unas cuentas y pasé a La Piojera a comerme un sánguche de pernil y tomarme un terremoto. Cuando estaba yéndome al metro sentí el pinchazo y me caí. Lo único que decía era “no me puedo morir, no me puedo morir”. Y veo una sombra que pasa corriendo. El médico me dijo que había tenido suerte. Cinco minutos más y no la cuento. Y tengo hartas cicatrices en el cuerpo. Esta en el brazo, por ejemplo, es de un robo en un segundo piso cuando me caí arriba de una reja. Después he chocado en auto, me han corrido a tiros…

¿En qué gastabas la plata de los robos?
–Quería estar donde quería estar. No me gustaba tanto el lujo, sino que vivir bien. Siempre me gustó verme bien. Usar mis abrigos, mis colleras, andar bien elegante. Una vez tuve 30 millones de pesos, pero se me hicieron agua y sal: me dediqué a puro vacilarla. Ahora con un millón soluciono todos mis problemas.

¿Qué hiciste con los 30 palos?
–Me los gasté en mujeres, arrendé autos, hice fiestas, regalé cosas. Invité a comer parrilladas. Y así se esfumó la hueá.

¿Hiciste buenos robos en Argentina?
–Todos los ladrones siempre dicen que si hacen uno bueno se chantan. Yo creo que lo hubiera hecho, pero no pasó. Estuve a punto de sacar 120 millones desde una empresa dedicada a la basura.

¿Hasta cuándo estuviste allá?
–Hasta el año 99. Tenía 27 años y quería cambiar, no quería seguir robando más. Y la verdad es que tuve problemas con gente. Así que pesqué mis cosas y me vine.

LA PENI

Ronald llegó a Santiago con trabajo, pero rápidamente volvió a los malos pasos. Hasta que, en el año 2008, cayó en la cárcel por robo. Fue a parar a la Penitenciaría de Santiago, condenado a cinco años. “En la cárcel conocí a un colega tuyo que se había robado un banco para pagar la U. El Henry tenía apellido mapudungún, pero era rubio con ojos verdes”, recuerda a modo de anécdota.

Por ser primerizo, a Ronald lo destinaron a una calle que estaba siendo intervenida para rehabilitar a los presos. Ahí llamó la atención de sus celadores, que lo catalogaron como “reo atípico” por ser un ladrón educado. Luego conoció en el taller de actuación a Jacqueline Roumeau, quien se fijó de inmediato en su talento como actor. Ronald se prendió con el teatro y armó una pequeña biblioteca con textos de Stanislavski y de clásicos como Brecht. “Empecé a pensar que se me estaba yendo la vida. Me estaba poniendo viejo y no tenía hijos. Decidí dar vuelta la página y concentrarme en el teatro. Incluso escribía obras y diarios de vida relacionados con lo que veía en mi día a día estando preso”.

Para aguantar el encierro y no meterse en líos, Ronald se creyó el cuento de la película “La vida es bella”, cuando el papá le inventaba historias a su hijo para hacerle más llevadera su estadía en el campo de concentración. “El papá le hace creer que todo era un juego. Eso mismo pensaba yo de la cárcel. El día de visitas era como salir al cine. Ir al taller era como ir al trabajo en la calle. Esa metodología me sirvió. Nunca me metí en problemas, nunca me castigaron, nunca me pasó nada”.

Ronald salió en libertad en junio de 2012. Ese día estaba tan feliz que hasta le regaló plata a los gendarmes que lo trataron bien. Cuando salió a la calle se puso a llorar. Juró no volver más. Luego se fue de carrete y se emborrachó con tequila por los cinco años encerrado. “La cana me sirvió, porque ahí conocí el teatro, pero no volvería ni cagando. El Ronald pasado quedó ahí, preso. Ahora estoy en otra. Mi sueño ahora es la naturaleza. Dedicarme a las plantas. De hecho, cuando salí de la cárcel estudié paisajismo con un loco, y a eso me he estado dedicando durante este tiempo”.

¿Te costó dar ese giro?
–Nada. Me di cuenta que se me estaba pasando el tiempo, que me estaba quedando solo, que no tengo mujer ni hijos. Es cosa de creerse el cuento. Toda mi astucia como ladrón la puedo ocupar en cosas que sirvan de verdad. Sin ir más lejos, el otro día me metí a la Católica y estuve en una clase de Medicina para creerme el cuento de que yo puedo. Además que las compañeras estaban re lindas. Al final de la clase me paré y les dije: “Compañeros, esto no es lo mío, me voy a dedicar al teatro”. Y salí. Algunos me aplaudieron y otros se cagaron de la risa. Soy medio loquillo. Y creo que a todos nos falta un poquito de locura para mirar la vida no tan gris. Y así como me metí, puedo meterme de nuevo. Y si quisiera hacer cosas malas, me meto a la biblioteca, me llevo los libros y un computador, pero no estoy en esa.

¿Cómo ves la delincuencia ahora?
–Los ladrones se han puesto más violentos, pero es porque son pendejos y la pasta base tiene la cagada. Por otro lado, en la tele te bombardean con la ola de delincuencia y atemorizan a la gente. Pareciera que el sistema quiere tener delincuentes. Les sirven para exculpar sus pecados. Por eso no veo tele. Y si veo, prefiero ver 31 Minutos o los monos. No me gusta enterarme de lo que pasa. Todo es una pura mierda. El Jadue, cagado de la risa. Y los carabineros que lo custodiaron… esa hueá es encubrir. Es igual que si yo fuera con un amigo, me meto a robar una hueá y le digo “espérame aquí afuera con la pistola, que yo voy a salir con la plata”. Esa misma hueá hizo Carabineros con ese hueón. ¿No lo iban custodiando para que se arrancara del país? ¿Eso no es ser cómplice de un ilícito? Está todo mal. Un cabro está cagao de hambre, se roba un tarro de salmón, lo pescan a palos, le sacan la chucha los guardias y lo dejan preso por una hueá de mil pesos. ¿Y esos hueones cuánto roban? Por eso el texto de Brecht: ¿Quién es más ladrón, el fundador de un banco o los que roban los bancos? ¿Quiénes son los verdaderos delincuentes? Los banqueros nunca van a perder. Los delincuentes están allá arriba, haciéndose los hueones.

¿Qué te gustaría lograr con la actuación?
–Espero que este trabajo sea excelente, tenga una buena crítica, que lo vaya a ver el público, porque eso es lo que genera mis lucas para vivir. De la tele me han llamado porque les gusta esta cicatriz que tengo en la cara. Tengo la pinta para hacer de malo. Incluso me pidieron un book, y estoy a la espera. Pero no he tenido buenas experiencias con gente de la tele.

¿Por qué?
–Hace un tiempo mi primo se consiguió una pega de construcción en el Canal 13 y me llevó con él. Aproveché de pasarle una copia de un corto que hice con la Violeta Vidaurre a un tipo que trabajaba en el área de recreaciones del matinal. Y el hueón no lo hizo llegar nunca al director. No tengo nada contra los gays, pero él era de esa tendencia y me debe haber visto todo cochino, porque andaba maestreando. Y como además llegué care raja, no pescó nomás.

RICARDO III
Dramaturgia: William Shakespeare
Adaptación: Ángelo Olivier, Karla Güttner y Jacqueline Roumeau
Directora: Jacqueline Roumeau Desde el 31 marzo al 23 Abril en la Sala Nº1 del GAM. Miércoles a Sábado, 20.30 hrs. Más información y entradas en www.gam.cl