EDITORIAL-643
No es fácil describir a Patricio Aylwin en pocas palabras, pero se puede decir sin temor a equívocos que fue un hombre sencillo hasta la austeridad, bueno y justo hasta la medida de lo posible, como él mismo lo expresara en una frase memorable, pronunciada ante las cámaras de televisión el 4 de marzo de 1991, cuando dio cuenta al país de los resultados de la Comisión Rettig, que investigó los crímenes de la dictadura militar del general Augusto Pinochet.

Aquella noche lloró dos veces. Primero frente a todo el país al terminar su intervención televisiva y pedir perdón a los chilenos por lo ocurrido en el régimen militar. Luego, en privado, en su casa, junto su familia y algunos amigos, al revisar el video de su mensaje. Aquel segundo llanto fue prolongado, amargo y desolado. Se sentía culpable, en parte, de lo ocurrido aquel dramático 11 de septiembre de 1973 y en los ominosos años siguientes.

Su padre, el juez Miguel Aylwin Gajardo, ministro de la Corte Suprema entre 1946 y 1960, le inculcó un profundo sentido “de lo justo y lo verdadero” que el hijo trató de llevar como estandarte durante toda su vida, desde que a fines de la década de los 30 empezó a brillar en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile. Allí, fue uno de los fundadores de la Academia Jurídica donde destacaban Clodomiro Almeyda, Juan de Dios Carmona, Aquiles Savagnac y Eugenio Velasco, entre otros. Savagnac llevó a Aylwin hasta la Juventud de Acción Católica, que se expandía bajo la inspiración del sacerdote Alberto Hurtado. Allí conoció a otros jóvenes falangistas que realizaban un creciente activismo. También encontró al sacerdote Francisco Vives, quien ejerció poderosa influencia en él y fue el nexo para acceder a Manuel Garretón, Eduardo Frei, Bernardo Leighton, Radomiro Tomic e Ignacio Palma, las cabezas del movimiento.

Frecuentaba, además, a un grupo denominado “Los catorce despistados en busca de partido”, entre los cuales estaban Clodomiro Almeyda, Arturo Matte Alessandri, Andrés Aylwin, Manuel Matus Benavente, Raúl Alcaíno, Aníbal Pinto, Octavio Marfán y otros. Las discusiones se realizaban en la casa de Carlos Altamirano, compañero en Derecho. Pronto, sin embargo, Aylwin se inclinó por la Falange donde en 1951 se convirtió en su presidente.
Debió acostumbrarse a los rigores de la política, que entonces –al revés de ahora- empobrecía a la mayoría de los que se dedicaban a ella. Ejerció como abogado en el estudio de Raúl Varela, al que también se asociaría Eduardo Frei. También fue profesor en el Instituto Nacional, donde tuvo como alumno a Ricardo Lagos Escobar.

Aylwin atravesó esos años bregando por consolidar una identidad para su partido. Trabajó sin descanso por la primera candidatura presidencial de Eduardo Frei, en 1957. Ese año fue uno de los artífices de la conversión de la Falange en Partido Demócrata Cristiano. Frei no llegó al gobierno. En las décadas siguientes Aylwin ocupó ocho veces la presidencia del PDC.

Aunque Aylwin no es hombre de reacciones emocionales sorpresivas, el ardor político lo crispaba y brotaban de sus labios palabras duras y filosas. Durante los años 60 algunos de sus colegas opositores en el Parlamento se especializaron en sacarlo de las casillas. Aylwin, entonces, subía el tono de su voz aguda, algo chillona, y perdía el hilo de su discurso.

“Camino propio”
Aylwin 4 a1
A fines de 1969 Radomiro Tomic aceptó ser candidato del PDC en las elecciones presidenciales de septiembre de 1970, y medirse contra Salvador Allende y Jorge Alessandri. Su programa, muy parecido al de la UP, proponía la nacionalización del cobre, la reforma agraria y la participación del Estado como regulador de la economía. Allende se impuso por escaso margen, sin alcanzar la mayoría absoluta. El Congreso Pleno debía decidir entre Allende y Alessandri quién sería el nuevo mandatario. El candidato de la derecha hizo saber que renunciaría si era nominado y que bajo ninguna circunstancia repostularía. Era un claro mensaje al PDC: la derecha apoyaría a un candidato falangista en una segunda elección para impedir la llegada de la izquierda al gobierno.

El 23 de septiembre de 1970, la mesa directiva del PDC, encabezada por el senador Benjamín Prado, inició conversaciones con Allende. Ese mismo día, el ministro de Hacienda, Andrés Zaldívar, habló por cadena de radio y televisión. Afirmó que en la economía se observaban desequilibrios “propios de la anormalidad política que el país comenzaba a vivir…”. Algunos regimientos empezaron a ser visitados secretamente por civiles. Un sector de la derecha -y también ciertos demócratas cristianos- querían impedir la elección de Allende en el Congreso.

El 3 de octubre de 1970 se realizó la Junta Nacional del PDC. Prado entregó su cuenta afirmando que el camino para Chile seguía siendo el de “la revolución democrática y popular”, por lo que no cabía acercamiento alguno con la derecha. Agregó que el PDC no negaría “la sal y el agua” al eventual gobierno de la UP. Hubo dos votos políticos. Uno, presentado por Rafael Moreno, reflejaba la posición progresista de unos 50 parlamentarios (de un total de 75), de la juventud, del núcleo sindical, de la mayoría de los presidentes provinciales y profesionales y técnicos de la DC. El otro voto, propuesto por Juan de Dios Carmona, respondía al sector freista o “guatón”.

Moreno propuso apoyar en el Congreso Pleno la candidatura de Allende, tras acordar un Estatuto de Garantías Constitucionales. Este voto fue defendido por Tomic, Renán Fuentealba, Bernardo Leighton, Luis Maira, Luis Badilla y Benjamín Prado. El voto de Carmona fue argumentado por Patricio Aylwin y Jaime Castillo. Postulaba presentar al Congreso el proyecto sobre garantías constitucionales pero sin mediar acuerdo ni conversaciones previas con la UP. La Junta, por 271 votos contra 191, se inclinó por la postura de Moreno.

Los delegados tenían claro que el PDC haría oposición a la UP y para enfrentarla había tres tendencias: una se inclinaba a la derecha y agrupaba a los hombres de Frei. Entre ellos, Patricio Aylwin, Edmundo Pérez Zújovic, Andrés Zaldívar, Juan Hamilton, Juan de Dios Carmona, Patricio Rojas, Carlos Figueroa, Jaime Castillo y Enrique Krauss. Una segunda corriente se ubicaba en el centro y aglutinaba a dirigentes como Prado, Renán Fuentealba y Bernardo Leighton. La tercera línea era claramente de Izquierda y reunía, entre otros, a Bosco Parra, Luis Maira, Luis Badilla y Pedro Felipe Ramírez. Pese a estas diferencias, los parlamentarios DC votaron disciplinadamente por Allende en el Congreso Pleno y la UP llegó a La Moneda.

Los días 12 y 13 de diciembre de 1970 se efectuó una nueva Junta Nacional de la DC. Allí se enfrentaron dos pensamientos expresados en votos políticos. Uno de Renán Fuentealba y el otro de Andrés Zaldívar. Este último insistía en que el PDC debía oponerse frontalmente al gobierno de Allende, argumentando que en Chile existían sólo dos fuerzas alternativas de poder: UP y Democracia Cristiana. El voto de Fuentealba expresaba que había grandes coincidencias entre el programa que había defendido Tomic y el de la UP. Se impuso esta tesis, y los “guatones”, partidarios del “camino propio”, sufrieron una derrota. Narciso Irureta fue elegido presidente de la DC y el médico Osvaldo Olguín ocupó la primera vicepresidencia.

Dos nuevas elecciones complementarias -en enero de 1972 (una de senador por O’Higgins y Colchagua y otra de diputado por Linares)- sirvieron para que la derecha atrajera a un sector del PDC. Rafael Moreno recibió el apoyo del Partido Nacional, de la Democracia Radical y de Patria y Libertad, en el primer caso. El PDC decidió apoyar a su vez al nacional Sergio Diez, en Linares, lo que provocó la renuncia de decenas de militantes falangistas.

En contra de la UP

Acto en conmemoración al ex presidente Salvador Allende
A comienzos de marzo de 1972 se conoció una reunión en la chacra El Arroyo de Chiñigüe, en Melipilla, a la que asistieron Francisco Bulnes y Sergio Diez (PN); Patricio Aylwin y Andrés Zaldívar (PDC); Julio Durán (DR); el abogado gremialista Jaime Guzmán; los dirigentes empresariales Arturo Fontaine y Orlando Sáenz y algunos miembros del Poder Judicial, entre otros presentes, que buscaban actuar juntos en contra de la UP. El anfitrión, Sergio Silva Bascuñán, sólo reconoció a El Mercurio que se habían conversado “problemas que afectan a todos los chilenos”.
En los meses siguientes, los representantes del sector más derechista del PDC, los “guatones”, se multiplicaron en la prensa opositora para coincidir con la derecha en contra del gobierno de Allende. Privadamente, en tanto, Aylwin y Francisco Bulnes finiquitaban los detalles de la Confederación Democrática (CODE), que agrupó a la oposición a la UP.

En las elecciones parlamentarias de marzo de 1973, planteadas como un plebiscito por la oposición, la CODE consiguió 54,70% y la UP 43,39. Así, no se consiguió quórum para acusar constitucionalmente al presidente Allende. Eduardo Frei declaró a la prensa italiana que “Chile se precipita a una dictadura marxista”. Moreno, Carmona, Hamilton, Musalem, Papic, Foncea, Gormaz, Zaldívar y Lavandero pidieron a Aylwin que se postulara para presidir el PDC.

El 9 de abril de 1973, Renán Fuentealba entregó su informe político al consejo del partido. Planteó que “la DC debe insistir en su propia revolución” y que la existencia de la CODE sólo era una coyuntura electoral y que “su futura subsistencia se prestaría para inducir a errores”.

Un mes después, el 10 de mayo, Fuentealba, Leighton y Velasco anunciaron que no se presentarían a la reelección. El 13 Patricio Aylwin ganó la presidencia del partido y Frei la presidencia del Senado.

Dos días después Aylwin marcó el nuevo estilo de la DC. Declaró que el gobierno estaba destruyendo “la economía y llevando al país a la miseria y al hambre, desencadenando una ofensiva totalitaria caracterizada por ilegalidades, abusos, mentiras, injurias, odio y violencia en la búsqueda de la totalidad del poder para imponer una tiranía comunista”.

A mediados de julio de 1973, tras el intento de golpe conocido como “El tanquetazo”, el cardenal Raúl Silva Henríquez intervino con todo el peso moral de su figura. En una dramática cena en casa de un amigo común, planteó a Frei la necesidad de que el PDC dialogara con el gobierno. Ambas fuerzas conversaron pero no hubo acuerdo. A mediados de agosto, el cardenal llamó a Aylwin y le pidió que fuera a su casa para una conversación con el presidente Allende. La cita tuvo lugar el 17 de agosto. Allende habló con confianza: necesitaba una salida. Aylwin le propuso que dejara las negociaciones en manos de Briones: con él se entendían. La cena concluyó a las dos de la madrugada y el cardenal se quedó con la sensación de que no habría arreglo. En la tarde del 10 de septiembre, Aylwin recibió la versión de que esa noche venía el golpe de Estado.

En las horas siguientes al bombardeo de La Moneda, sólo 13 dirigentes del PDC se atrevieron a emitir una declaración condenando el golpe militar. La directiva de Aylwin, en tanto, expresó que los hechos ocurridos eran consecuencia del “desastre económico, el caos institucional, la violencia armada y la crisis moral” a la que el gobierno de la UP había conducido a Chile. Y agregó que “los propósitos de restablecimiento de la normalidad institucional y de paz y unidad entre los chilenos”, expuestos por la Junta Militar, “interpretan el sentimiento general y merecen la patriótica cooperación de todos los sectores”. Quince años más tarde, en sus memorias, Aylwin calificó esa declaración como un “pecado de ingenuidad”.

El 7 de noviembre de 1973, en reunión en la sede de la DC, se debatió el futuro del partido. Unos, encabezados por Aylwin, confiaban en el pronto retorno de la democracia. Fuentealba creía que la dictadura sería “la más dura de todo el continente” y Leighton pronosticaba que “ni en diez años saldremos de esto”.

“No soy candidato”

Velorio Aylwin A1 55
A fines de enero de 1974 no eran más de cien los democratacristianos que de manera semi clandestina trataban de mantener vivo al partido. En mayo, el ministro del Interior, el general Óscar Bonilla, ordenó la suspensión de los comentarios de Radio Balmaceda, que dirigía Belisario Velasco. Cuando Aylwin protestó, Bonilla replicó con una dura carta en la que le pedía no volver a escribirle. En noviembre, Renán Fuentealba fue arrestado y expulsado del país por comentar ante la agencia France Press la detención de Claudio Huepe. En el avión que lo llevaba rumbo a un destino incierto, Fuentealba escribió una terrible carta al presidente de su partido.

Pronto la represión cayó sobre los dirigentes más activos de la DC que empezaron a sufrir persecución. Otros, como Juan de Dios Carmona, Jorge Navarrete, William Thayer, Carlos Dupré y Jorge Cauas se apegaron cada vez más a la dictadura.

A comienzos de octubre de 1974, neofascistas italianos al servicio de la DINA intentaron asesinar a Leighton y su esposa en Roma. En abril de 1975, desde Nueva York, el propio Leighton, Renán Fuentealba, Claudio Huepe, Ricardo Hormazábal, Radomiro Tomic y Gabriel Valdés criticaron a Aylwin por insistir en la tesis del “camino propio”. Le recordaron que el antimarxismo iba en retroceso en el mundo y le pidieron caminar hacia un encuentro con los partidos de izquierda.

A fines de octubre de 1976, Aylwin decidió renunciar a la presidencia del PDC, se reinstaló en su oficina de abogado y trató de retomar el tenis, que había practicado desde niño. La ausencia de la política lo afectó pesadamente. Parecía agotado, enfermo, quejoso; sus amigos cuentan que pareció envejecer al margen de la política, su medio natural.

En 1978, cuando se supo que la dictadura preparaba una nueva Constitución, Patricio Aylwin se reincorporó a la actividad que tanto le gustaba y se integró al Grupo de Estudios Constitucionales, después conocido como “Los 24”, que fue el primer esfuerzo pluripartidista amplio para oponerse a los designios de Pinochet.

Tras la muerte de Frei Montalva el 22 de enero de 1981, surgió un acuerdo para que Gabriel Valdés asumiera la conducción del PDC, pese a las reticencias de Gutenberg Martínez y Claudio Orrego. Mientras, largas y secretas reuniones en la casa de Tomás Reyes fueron dando forma a un acuerdo que vino a cristalizar cinco años después, una tarde de febrero de 1983, con la firma del “Manifiesto Democrático”.

En marzo del ’83, Aylwin e Irureta se reunieron por primera vez con un joven sindicalista que había propuesto un paro de demostración: Rodolfo Seguel. Le insistieron que, en lugar de ese arriesgado movimiento, se intentara una fórmula de protesta popular. El 11 de mayo estalló el primer cacerolazo y en los meses siguientes las protestas estremecieron a Chile.

En agosto de 1983 Sergio Onofre Jarpa fue convocado por Pinochet para hacerse cargo del ministerio del Interior. El exjefe del Partido Nacional asumió con la decisión de iniciar una apertura veloz y para ello buscó contactos en el PDC. En su lista estaba Patricio Aylwin. Un primer diálogo, al arrimo del arzobispo de Santiago, Juan Francisco Fresno, se realizó con los presidentes de partidos de la Alianza Democrática. Pero después de tres esfuerzos, se tornó infructuoso.

En julio de 1984, mientras Jarpa luchaba para obtener una reforma constitucional que permitiera adelantar la instalación de un Congreso, Aylwin realizó un nuevo intento. Aprovechó un seminario titulado “Una salida política institucional para Chile”, intentando destrabar la ruta hacia un consenso: si se dejaba de discutir la legitimidad de la Carta del 80 y el eje se desplazaba hacia el debate político sobre el futuro, entonces habría grandes posibilidades de reencuentro.

Al comenzar el año ’85, el cardenal Fresno convocó a Aylwin a desayunar en su casa en un nuevo intento de diálogo pluripartidista que culminó con el Acuerdo Nacional para la Transición a la Plena Democracia. El 1° de junio del mismo año se constituyó en Punta de Tralca, por primera vez desde 1973, la Junta Nacional del PDC. Dos días después, Valdés obtuvo 110 votos, 83 Juan Hamilton y 25 Adolfo Zaldívar. Desde ese momento, los partidarios de Aylwin iniciaron una soterrada campaña para evitar que Valdés se transformase en el principal líder del partido y de la oposición.

El 4 de junio de 1987 cerca de 30 mil demócratas cristianos eligieron sus autoridades comunales y provinciales. Luego las juntas provinciales nominaron sus delegados a la Junta Nacional. Tras dos días de debates, Patricio Aylwin fue elegido con 132 votos (55%). La mesa quedó integrada por Andrés Zaldívar en la primera vicepresidencia; Narciso Irureta, en la segunda; Edgardo Boeninger, en la tercera; y, Gutenberg Martínez, como secretario general.
En enero de 1988, Aylwin hizo una tajante declaración que más tarde se la enrostrarían una y otra vez: “No soy candidato ni abanderado (a la presidencia del país). He sido muy categórico y determinante al decir que mi nombre no está disponible para eso. Si esa idea me entusiasmara, perdería el interés moral necesario en el cumplimiento de la tarea en que estoy empeñado”, dijo.

Al iniciarse 1988, en febrero, se creó la Concertación de Partidos por el No.

El 24 de octubre de 1988 se reunió la Junta Nacional de la DC para fijar fecha a la elección del presidente del partido. Andrés y Adolfo Zaldívar, Eliana Caraball y Ramón Briones presentaron un voto político con apoyo de 34 de los 46 presidentes provinciales para levantar a Patricio Aylwin como candidato. Los comandos de Eduardo Frei Ruiz-Tagle y Gabriel Valdés, que también postulaban, se opusieron. Claudio Huepe, apoderado de Valdés, enrostró a Aylwin su discurso en la Junta de 1987, cuando había señalado que no asumía la conducción de la DC por aspiraciones presidenciales. Gutenberg Martínez insistió en proclamar a Aylwin y diversos oponentes amenazaron incluso con renunciar al partido. Finalmente los negociadores -los hermanos Zaldívar, Boeninger, Irureta, Martínez, Caraball y Bosselín, por el aylwinismo; Jaime Castillo, Ricardo Hormazábal, Claudio Huepe y Andrés Palma, por los valdesistas y Genaro Arriagada y Eduardo Cerda, por el freismo, concordaron en que el 27 de noviembre de 1988 una nueva Junta Nacional nominaría al candidato que encabezaría el partido.

Aquel día, antes de la elección de la Junta, valdesistas y freístas denunciaron irregularidades en cerca de cinco mil inscripciones de militantes y responsabilizaron a la División de Organización y Control, que dirigía Gutenberg Martínez. Dos militantes aylwinistas -Juan Osses y Eugenio Yánez- fueron sorprendidos ocultos y con fichas de militantes en las manos en las oficinas donde se guardaba el padrón electoral en la sede del partido, episodio que se conoció como el “Carmengate”.

El 12 de diciembre Aylwin se preguntó “¿Por qué voy a renunciar si he ganado las elecciones?”. Luego manifestó a Zaldívar que estaba dispuesto a bajar su candidatura si lograba el consenso. Zaldívar inició las negociaciones ayudado por los aylwinistas Patricio Rojas, Enrique Krauss y Sergio Pizarro. Representando a Valdés, intervinieron Claudio Huepe y Carlos Eduardo Mena. Por Frei lo hicieron Genaro Arriagada, Carlos Figueroa y Edmundo Pérez Yoma. Cuando parecía que Zaldívar había logrado el consenso, faltando sólo el compromiso escrito de los freístas, Juan Hamilton levantó nuevamente la candidatura de Aylwin expresando que la posibilidad de consenso alrededor de Zaldívar, “había sido sólo para bajar la presión”.

En el intertanto, la Concertación de Partidos por la Democracia, con Aylwin como vocero, había ganado el plebiscito del 5 de octubre entre el SI y el NO, que impidió que Pinochet gobernase hasta 1998 y permitió que en diciembre de 1989 hubiese elecciones libres.

“Se siente, se siente…”
La primera vez que Patricio Aylwin escuchó el grito rítmico de “Se siente, se siente, Aylwin presidente”, fue el 6 de octubre de 1988. Ocurrió cuando, minutos después de anunciar el triunfo del NO, cruzó desde la casa de la Concertación, hasta la sede del PDC, en Carmen 8, escoltado por decenas de partidarios.

Esa misma noche del 5 de octubre, dos hombres que no son de su partido, Enrique Correa -entonces PPD- y Ricardo Solari -PS Almeyda-, habían decidido iniciar una operación para conseguir su proclamación. La iniciativa se encontró de inmediato con un primer escollo: Genaro Arriagada, que estaba por levantar la candidatura de Eduardo Frei Ruiz-Tagle.

El 5 de febrero de 1989, en la Casa de Ejercicios Sagrado Corazón, de Talagante, la Junta Nacional de la DC eligió al candidato presidencial del partido. Se enfrentaron Andrés Zaldívar, Eduardo Frei, Sergio Molina, Gabriel Valdés y Patricio Aylwin. Los aylwinistas tenían mayoría en la Junta, pero los valdesistas y freístas percibían que juntos podían ganar. Zaldívar de nuevo surgió como candidato de consenso y se pidió que el presidenciable fuese elegido al menos con 60% de los votos. La proposición se sometió a votación pero se impuso la tesis de mayoría simple, impulsada por los aylwinistas.

En la madrugada, Valdés y Frei solicitaron a Zaldívar que fuera candidato, pero éste se negó luego de conversar brevemente, en un rincón, con Juan Hamilton. Entonces, Valdés subió al estrado y reconoció a Aylwin como candidato del partido. Hasta hoy se ignora qué le dijo Hamilton a Zaldívar para conseguir que declinara su postulación. Terribles sospechas al parecer impulsaron a Valdés a subir al estrado para proclamar a Aylwin.

Las dos principales banderas de Aylwin fueron la justicia y los acuerdos. En toda su vida esos emblemas se repitieron. Para obtener su título de abogado presentó una tesis sobre Juicio Arbitral, al iniciarse la UP esgrimió un Estatuto de Garantías. En su ejercicio profesional hubo escasos alegatos y ganó su reputación profesional como árbitro. En su carrera política repitió una y otra vez largos procesos de diálogo y negociación.

Ya mayor, cuando se enojaba, solía golpear la mesa con las manos y la voz se le enronquecía. No fue hombre de muchos amigos, pese a la sonrisa fácil y a su trato casi siempre gentil.

En 1989, a los 70 años, Aylwin fue revitalizado por la intensa campaña electoral, pese a los rumores sobre deterioro en su salud, enfermedades y síntomas de cansancio. Varios médicos cercanos al PDC y al Episcopado le prescribieron una tortilla de medicamentos para fortalecerlo. Pronto inclinó menos los hombros, sus manos se desplegaron con más precisión y energía, sus trancos se alargaron y sus jornadas de trabajo se extendieron a menudo a las 16 o 18 horas diarias.

Ninguno de los escritos que salían con su firma, desde las cartas personales hasta los discursos, dejaban de ser revisados por Aylwin. La secretaria que lo acompañaba desde los tiempos del Senado, Chelita León, sabía que casi siempre hacía correcciones. Para los discursos se le preparaban minutas: en esa tarea participaban su hija Mariana, Carlos Bascuñán, Sol Serrano y Marcelo Trivelli.

Asesores de imagen lo obligaron –a regañadientes- a evitar los ternos de color café que tanto le gustaban, a cambiar el marco de sus lentes y a instalar en su oficina un computador, aunque no lo usara nunca.

Edgardo Boeninger y Enrique Correa se transformaron en sus colaboradores más cercanos. El primero revisó cientos de fichas acumuladas para seleccionar a los integrantes del nuevo gobierno; el segundo, empezó a tejer redes y puentes en múltiples direcciones. A la hora de los nombramientos, Aylwin puso ciertos reparos. Dos de los afectados fueron Genaro Arriagada y Jorge Burgos, el actual ministro del Interior. Este –partidario de Gabriel Valdés- había renunciado a la secretaría general del PDC luego de conocerse el escándalo del “Carmengate”. A Genaro Arriagada se le ofreció la embajada de Chile en Rusia y un cargo en la OEA, ambos los rechazó y viajó a Estados Unidos a dictar algunos cursos en Harvard.

Aylwin perdonaba, pero no olvidaba a sus adversarios. Meses antes, de cara a las elecciones parlamentarias, había solicitado las listas de candidatos de la Concertación y tachado a varios de los postulantes, designando en su lugar a personas de su confianza.

Ya instalado en La Moneda, llevaba diariamente una vianda con la comida hogareña que le preparaba Flor, la cocinera de su casa. Sus platos favoritos siempre han sido el cochayuyo y las guatitas. También las pantrucas, las cazuelas, el charquicán y el dulce de camote. Muchas veces se le vio almorzando solo en el gran comedor de la presidencia. Se quedaba hasta muy tarde en el palacio y le gustaba recorrer las oficinas, apagando las luces y contestando los teléfonos. Decenas de personas que intentaban comunicarse con algún familiar o conocido no podían creer cuando les contestaba un hombre que les decía: Habla Patricio Aylwin. ¿Qué desea?