Secciones

The Clinic Newsletters

Más en The Clinic

The Clinic Newsletters
cerrar

LA CARNE

18 de julio de 2016

La columna de Carolina Errázuriz Mackenna: «Fría»

El lado positivo de andar fría es que los hombres se ponen más atinados (no me refiero que más empalagosos, que eso me carga), menos mecánicos y mejores amantes. Es que esto del sexo a veces es como ir al gimnasio. Mientras más voy, más ganas tengo y cuando dejo de ir, más me cuesta embalarme.

Por

carne

Andar fría es tan agobiante, tormentoso e inmanejable como andar caliente. Porque hay un punto fatal en que la temperatura la maneja a una y no hay argumento que medie entre el cuerpo y el objeto del deseo (o el suple del objeto del deseo al que hay que echarle mano). Y este desgobierno también es cuando una no tiene ganas de tener sexo. Porque yo cuando no quiero me vuelvo tan animal, terca y ciega que cuando quiero sexo. Y ambos estados son especialmente desagradables cuando una se topa al frente con un individuo que justo quiere todo lo contrario.

No he logrado hasta ahora descifrar cuánto de cierto hay en eso de “los hombres siempre quieren”; mientras una anda corriendo la entrepierna a punta de dolores de cabeza, sueño, exceso de trabajo, incomodidades del momento, desconcentración, poca calentura, en fin…Lo cierto es que en mi experiencia de relaciones un poco más largas, los hombres (sin excepción) me han hecho sentir que yo estoy “estadísticamente” menos dispuesta que ellos. Ahora de ahí a que ellos SIEMPRE anden queriendo lo dudo.

Yo reconozco que muchas veces cedo, “la presto” y así evito una posible frustración del hombre en cuestión, pero cuando ando dura, no hay argumento que me movilice y ahí me angustio y me bloqueo, porque no querer es fome. Sobre todo porque la prohibición genera más ansiedad y ahí el cariñoso cargoseo se transforma en tortura, luego en mutismo y con los días en agresión involuntaria del tipo hacia una. Porque yo he andado con santos y demonios, y todos, sin excepción, se ponen fieros, antipáticos y vengativos cuando una no quiere. Y ahí esto se transforma en una espiral de horror. Porque mientras más catetes se ponen, menos quiero. Lo contradictorio es que la mayoría de las veces que no he tenido ganas por días y logran convencerme, lo paso bien. Porque el lado positivo de andar fría es que los hombres se ponen más atinados (no me refiero que más empalagosos, que eso me carga), menos mecánicos y mejores amantes. Es que esto del sexo a veces es como ir al gimnasio. Mientras más voy, más ganas tengo y cuando dejo de ir, más me cuesta embalarme.

Después de días de desgano sexual para volver a mi temperatura normal es la misma lógica de la niña mimada…Ninguna y todas. En esos momento no soporto que me toquen las pechugas, ni que me soben el miembro por alguna parte del cuerpo y lo que ya me revienta es cuando -sabiendo que una no quiere- los tipos empiezan hacerte un masaje “desinteresado” y al final terminan encaramados con la verga más dura que a una le haya tocado en el mes….Es que es esa ansiedad la que mata. Ese urgimiento que espanta. Lo insoportable es que yo constantemente esté consciente de lo apremiante de la calentura masculina y ellos no entiendan que la frialdad es una mierda, indeseada, desgraciada y, en casos de minas como yo, pasajera. Tráguense pues señores aquella frase macabra e incorrecta que de vez en cuando se les sale de calientes y picados “Es que eres frígida”.

Notas relacionadas