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Nacional

21 de Julio de 2016

Patada en la Raja (Archivo The Clinic)

"Al verme avanzar, Sabat enrojece. La yugular viva. Todos los antidepresivos o lo que sea que tome se le van a la mierda. Pierde la compostura y me grita, delante de todos: “¡¡Dime algo, huevón! ¡Dime algo y te meto preeeeeeeeeesooo!!”"

Por

Sabat Ñuñoa

Teatro California repleto. Hace un par de años. Por un lado, los vecinos organizados y no tanto, tratando de evitar a toda costa lo que ya era inevitable: que Ñuñoa no terminara depredada por las empresas constructoras que encontraron ahí un nicho -y un cómplice- para hacer sus lucas. Por otro, la claque de Pedro Sabat Pietracaprina, un montón de viejas fachas (organizadas quizás desde sus tiempos de CEMA Chile), aplaudiendo cada salida de un alcalde que se comportaba como dueño de fundo, haciendo callar a sus contrarios y leyendo con sorna y provocación las opiniones llegadas al sitio web de la municipalidad. “Gracias, señor Sabat, por la plusvalía que le está dando a mi propiedad”. “Se pasó, alcalde, Ñuñoa está dando un paso a la modernidad”. “La raja, Pedrito, todo pasando”.

Cuando llegó el momento de las preguntas del público, debieron pasar unos veinte minutos antes de que el lameculos encargado le pasara el micrófono a un detractor. Su pregunta fue clara y directa. “Señor Sabat”, dijo. “¿Es verdad que usted tiene una inmobiliaria?” (Fue sólo eso. Una pregunta clara y hasta neutra. La pregunta no fue: ¿Se ha enriquecido ilícitamente durante su gestión? ¿Es verdad que se traficaba droga desde su automotora? ¿Es verdad que la red de sus amistades llega más temprano que tarde al “Perilla”? ¿Es verdad que es tan bueno para los negocios que con su sueldo de alcalde más unos pololitos tiene propiedades para tirar para el techo? ¿Es verdad que contrata en la municipalidad a sus socios comerciales? ¿Es verdad que las licitaciones de la muni se las gana el hijo de su amigo aunque no tenga ni patente municipal?) Fue sólo eso. Nada más esa pregunta. Y esa vez, en el teatro California, no lo vimos “emocionado hasta las lágrimas” como tituló La Segunda. No se hizo el ofendido. Simplemente ante el colectivo y expresivo “¡Uuuuuuh!” que surgió de la audiencia ante la posible respuesta que debería dar, el edil sacó su mejor cara. “¡¿Por qué no se callan tropa de ordinarios?!”, exclamó desde la testera. Y continuó: “¿Alguna otra pregunta?” ¡Y no respondió! Incrédulos, un grupo desde atrás gritamos: “¡Contesta, poh! ¡Te hicieron una pregunta!” Y el energúmeno -eso parecía- espetó: “¡¿Qué se han imaginado tropa de rascas?! ¡Vengan a decírmelo a la cara!”

Aquí viene la parte ingenua de la historia. Con mi humilde humanidad (soy bajito con el favor de Dios) parto rumbo al escenario mientras un claque de viejas me gritan “¡chico comuniiiiiista!” para decirle al edil lo que hay que decirle. Al verme avanzar, Sabat enrojece. La yugular viva. Todos los antidepresivos o lo que sea que tome se le van a la mierda. Pierde la compostura y me grita, delante de todos: “¡¡Dime algo, huevón! ¡Dime algo y te meto preeeeeeeeeesooo!!” Y no alcanzo a decirle nada, porque antes de poder pronunciar una palabra, se me acercan ¿cuatro, cinco? tipos de terno y lentes oscuros, pelito negro (¿les suena?) y me agarran del cogote (no podía respirar) y me empiezan a pegar rodillazos en los riñones (pancorazos que le llaman, para callado, para que se sientan pero no se note), mientras las viejas rechuchas de su madre celebraban (las huevonas se reían) y un par de ciudadanos me salvaban de los gurkhas que seguro eran pagados por mi patente municipal y no por el “Perilla”.

Cuando finalmente me soltaron, uno de los “guardias” (yo les llamaría “agentes jubilados” o simplemente “agentes”) me espetó esta perla: “¡Y después alegan por los derechos humanos!”

A la salida -esto es de no creerlo- uno de los miserables me siguió hasta la puerta del teatro. Y ahí, frente a un paco de turno, el “agente” me pegó con toda la fuerza que pudo ¡una patada en la raja! Fuerte, precisa. Y totalmente impune porque el sargento o lo que fuera dijo que no había visto nada. ¿Ustedes creen que si yo le hubiera pegado una patada en la raja al gurkha o al paco o a Sabat no me hubieran metido preso? Para qué hablar de un jarrazo.

Esa noche, me fui a mi casa pensando en eso. Y pensando que me seguían. Me di un par de vueltas a la manzana antes de entrar a mi casa. Me dio julepe. “Rica tu demoracia”, pensé, sobándome los riñones y el culo. Por lo menos no me fui de pancorazo en las bolas como el Luizo Vega, ¿se acuerdan? Porque eso es lo que hace Sabat cuando alguien le insinúa que es un… ¡corrupto!

 

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