Carlos-Peña

El rector de la Universidad Diego Portales, Carlos Peña, dedicó su columna dominical en El Mercurio a la irrupción de José Piñera para defender a las AFP, a quien describió como un narcisista y, además, fustigó el individualismo ala que responde el sistema previsional chileno.

“Luego de anunciar un retorno imposible (imposible, puesto que nunca se fue de veras); escribir en Twitter con la fruición narcisista de un adolescente (y simular que estaba emocionado al ver la cordillera); ensayar una y mil veces la pronunciación de la palabra Yo; ejercitar frente a un periodista un tonto desdén (para eludir preguntas incómodas); leer en cámara (y es probable escribir en secreto) poemas edulcorados, y anunciar que comunicaría, como quien revela un secreto insondable, la forma de mejorar el sistema de pensiones, dijo poco o nada, poniendo así de manifiesto que lo que lo movía era, en verdad, una simple pulsión narcisista, ese angostamiento de la realidad como consecuencia de la hinchazón del yo, ese combustible que parece alimentarlo a él y también (pero en este caso, afortunadamente, de manera más productiva y benigna) a su hermano Presidente”, dijo sobre l estructura sicólogica del cuestionado personaje.

Sobre las ideas expuestas por José Piñera, Peña afirmó: “La principal de todas -que él, por supuesto, ataba a su propio quehacer- fue que el crecimiento de Chile, graficado en una línea que de pronto se quiebra hacia arriba hasta alcanzar los 23.000 dólares per cápita, era producto de las reformas orientadas al mercado de las que él -él, por supuesto, quién otro- era el autor y el guía”.

Luego su reflexión apuntó al trasfondo del sistema de capitalización individual: “La modernización, los 23.000 dólares que José Piñera subrayó hasta el hartazgo ha descansado sobre una extrema privatización de la vida de la que el sistema de AFPs parece casi la metáfora. En efecto, conforme a ese sistema, la suerte de la vejez es un asunto que ante todo le atinge a cada uno y a su capacidad de ahorro. Ese es, por supuesto, un formidable incentivo para el trabajo y el esfuerzo (después de todo, enseña que usted bracea o se hunde); pero también se trata de un sistema que en su forma original deja a la intemperie a quienes la fortuna ha maltratado. Si cada uno fuera nada más que hijo de sus obras, si los recursos de que cada uno dispone se debieran nada más que al propio esfuerzo, si la suerte de la vida expresara el desempeño de quien la vive, si la vida social no condenara a algunos a la espera, no habría nada reprochable en que cada uno soportara los infortunios y el abandono de los años; pero cuando las trayectorias vitales no dependen solo de la propia voluntad, sino de factores ajenos a ella, como el origen de clase, la desigualdad educativa, la etnia o el género, es una cuestión de justicia compartir el riesgo entre todos. Así entonces, el sistema de las AFP no solo debe ser juzgado por lo eficiente que resultó en términos agregados, sino también atendiendo al hecho que contradice esa idea de justicia y oculta que ser miembro de una misma comunidad política impone algunos deberes de reciprocidad; entre ellos, compartir el infortunio inmerecido. Si no hay deberes recíprocos, ¿para qué somos miembros de una misma comunidad? Las instituciones sociales -y las AFP son una de ellas- no son solo instrumentos para la eficiencia; son eso, desde luego, pero también arrojan una cierta imagen de la forma en que los seres humanos se conciben unos a otros”.

“Y la imagen que ese sistema arroja -individuos dependiendo hasta el final nada más que de sí mismos, como si todos los infortunios de la vida dependieran nada más que de la propia responsabilidad, animales dedicados a rascarse con sus propias uñas- es la que promovió José Piñera, cuando, acunado por la dictadura, ejercía de ministro y hacía de intelectual, sin la incomodidad de los adversarios y sin el roce de la oposición, y es esa misma imagen la que hoy, con toda razón, lo aleja de la ciudadanía”, concluyó en su columna.