Los-centros-de-reeducación-de-agresores-del-Sernam

“Te extraño bombón”, leyó Juan (56) en la bandeja de entrada de Facebook de su esposa. Sin hacer preguntas la acusó inmediatamente de infidelidad, la insultó, la tomó del pelo y la lanzó al suelo. El ruido despertó a la hija menor de ambos que entró a la pieza a preguntar que estaba pasando.

Así recordó los hechos, casi un año después, frente al sicólogo del centro de reeducación de Hombres que Ejercen Violencia de Pareja (Hevpa): “No podía escucharla, nada de lo que me decía iba a calmar mi rabia. Se me subió el animal encima, porque ella me había engañado. Cuando vi a mi hija comprendí que la había cagado, pero fue solo un mechoneo”, intentó justificarse.

Ese domingo de 2013, Juan y Sara -nombre ficticio de su esposa- decidieron continuar con la rutina normal del fin de semana: fueron a la feria, compraron la mercadería del mes y se sentaron a almorzar. Lo único que escuchó Sara fueron los gritos de su marido recriminándola por haberlo engañado. “Solo le mandé un mensaje de amigos, ¿no puedo tener amigos? ni siquiera me ha respondido”, le respodía la mujer. Pero Juan no la escuchaba.

Luego de haber golpeado a quien por más de veinte años fue su esposa, Juan asegura que en su cabeza había una extraña mezcla de rabia y vergüenza. Para evitar que la escena pudiera repetirse, Sara se fue a acostar al sillón. “No podía dormir, me imaginaba todo el tiempo que Juan vendría descontrolado por la noche a hacerme daño”, cuenta.

Recostada sobre el sofá, mirando el techo toda la noche, recordaba cuando a los siete años de matrimonio entabló una denuncia contra su marido por un golpe en el rostro, luego de comprobar que le había sido infiel con una compañera de trabajo.

Diecinueve años después de la primera agresión física, Sara se dio fuerza para poner una segunda denuncia en Carabineros por violencia intrafamiliar. En la comisaría le dieron el teléfono del Centro para la Mujer del Sernam, donde comenzó a asistir a terapia durante un año. Allí le dieron un número de teléfono de otro centro que atendía a hombres agresores. “Ella me pidió que llamara para sanarme. Yo lo hice porque quería recuperarla. En ese tiempo no sabía que yo era el que tenía el problema”, cuenta Juan.

Fue así como Juan ingresó, el verano del año 2015, al Centro de Hombres que Ejercen Violencia de Pareja en la comuna de Estación Central. Ese mismo año ingresaron a nivel nacional 1.133 hombres, según el Informe de Gestión Anual Centros Hevpa, 36% de ellos lo hizo de manera voluntaria, 45% fue derivado por el Tribunal de Familia, 12% por Tribunales de Garantía, mientras que por fiscalía solo ingresó el 0,5%.

“El objetivo es la superación del uso de la violencia en las relaciones afectivas y en la familia. Centrando el inicio del proceso en la responsabilización de los actos, desde una perspectiva sociocultural que permita a los hombres poder visualizar el privilegio masculino, donde todas nuestras conductas están dominadas por las costumbres del machismo y el patriarcado”, explica Rubén Arenas, encargado nacional de los centros.

-Yo antes andaba dándomelas del que se las sabe todas, pero nunca en mi vida había escuchado el significado de las palabras coerción o empatía. En el centro me las enseñaron- reflexiona Juan.

La violencia no es una enfermedad

Diez hombres sentados en círculo conversan sobre la manera de deconstruir los micromachismos. “Esas pequeñas formas de abuso cotidiano que están a la base de la violencia”, les explica el sicólogo con voz pausada, mirándolos fijamente. Mientras algunos toman nota en un cuaderno, otros asienten con la cabeza.

Los debates que se forman en torno al tema son diferentes para cada grupo, algunos discuten sobre la importancia de valorar la opinión de la pareja y otros aún son reticentes a abandonar las costumbres que los llevaron al centro. Dibujan sobre cómo se sienten, actúan situaciones hipotéticas y analizan películas. “A veces uno ve cosas muy impactantes en las sesiones grupales. Una vez un compañero, que siempre hablaba de la muerte, dibujó puros cuchillos y pistolas. Todos quedamos preocupados, nadie le dijo nada. Después lo llamaron a una sesión individual”, recuerda Juan.

En las terapias siempre está presente una mujer del equipo psicosocial. Durante la sesión la trabajadora social o psicóloga participa de todas las intervenciones, evaluando aspectos sociales de la violencia y también sus riesgos. Además, se encarga de los seguimientos y el control a través del proceso. “Procuramos que siempre haya una mujer en la dupla, porque son más sensibles a la violencia, por el hecho de estar insertos en un sistema de roles, los hombres pasamos por alto algunas señales”, agrega Arenas, encargado nacional del programa.

La fórmula con que el Sernam busca eliminar la violencia hacia la mujer no es nueva, está inspirada en el modelo de Duluth o también llamado “Rueda del poder y del control”, implementado hace veinte años en la intervención con hombres violentos en Estados Unidos y Europa. En lo medular la terapia busca comprender la violencia masculina como un comportamiento que retribuye utilidad, con la finalidad de imponerse a la mujer, generando dominio sobre su manera de vivir y pensar. Contrario a la idea de una reacción explosiva, incontrolable y sin sentido.

-El abuso se muestra como consecuencia de un sistema de creencias fuertemente arraigadas, donde se percibe a la mujer como un ser inferior, como alguien que presta un servicio. No son hombres enfermos, ellos pueden escoger ser violentos o no- aclara Rodolfo Escobar, sicólogo del centro.

La demanda por la intervención se ha duplicado desde que se comenzó a implementar el programa, por lo que muchas veces quienes llaman al centro deben esperar casi un año para ser atendidos por los profesionales. “Llamé a finales de 2013 y en enero de 2015 me llamaron. Dije que sí inmediatamente”, añade Juan.

Entrar al programa de reeducación no es tan fácil y no basta con ser derivado por alguna institución. Primero, los hombres deben asistir a ocho sesiones individuales con una dupla psicosocial. Durante las cuatro primeras visitas, se busca analizar la dinámica familiar y los riesgos del caso. En las cuatro restantes, se evalúa si la persona tiene o tendrá la capacidad de reconocer el abuso ejercido sin justificarlo.

Si logra pasar esas etapas, el usuario debe firmar un contrato terapéutico con el centro donde se compromete a seguir las reglas de asistencia que le permitirán egresar del programa. En caso contrario, será expulsado.

Las dos primeras sesiones individuales, cuenta Juan, fueron las más fuertes. La primera vez, solo recibió una instrucción: escribir lo que había ocurrido y explicarlo. Durante más de una hora, solo habló de cómo Sara era la culpable de su estado emocional, de provocarlo con sus opiniones contrarias a las de él y de no contestarle cuando le hablaba. Se sentía atacado por el equipo del centro, aunque no lo criticaran.

-¿Cuánto tiempo de matrimonio llevas con Sara?, le preguntó la sicóloga.
-Más de veinte años-, le respondió Juan.
-¿Desde cuándo que hay episodios donde la atacas verbalmente?”, siguió preguntando la profesional.
-Desde siempre – murmuró mirando la alfombra de la oficina.

Sólo en ese momento, luego de un año de haber violentado físicamente a su esposa y de dos décadas de abuso psicológico, comprendió que la terapia no era para recuperar su matrimonio y demostrarle a Sara que no estaba loco. “Era para sanarme yo. Para ser mejor persona”, reconoce hoy.

En la primera etapa de las sesiones grupales el equipo busca crear consciencia y detener las formas de violencia física y las amenazas. En la segunda fase se profundiza en la violencia psicológica y en la comprensión de los micromachismos.

Después de un año de asistencia completa, los hombres concluyen el proceso de intervención. Desde entonces comienza el seguimiento del caso durante nueve meses. De acuerdo a los datos manejados por el Servicio Nacional de la Mujer, desde el origen del Programa Hevpa en el año 2011, se ha atendido a 5.317 hombres y han egresado 495 hasta el 2015. Es decir, solo el 9% de quienes entran al programa logran egresar.

-Es un proceso difícil: no todos están preparados para cambiar.

Deconstruir una postura patriarcal, hegemónica y violenta es un desafío para los hombres, olvidarse de lo que crees y enfrentarte a ti mismo requiere de voluntad y fortaleza- señala Rubén Arenas, sicólogo y coordinador de los centros Hevpa.

Juan comenzó las sesiones grupales junto a doce compañeros. Sólo siete terminaron. El resto, aquellos que desertaron, habían sido derivados por algún tribunal. Cada juez está facultado para determinar si habrá sanción para quien abandone la terapia. A algunos les cobran multas o les dictan medidas cautelares y sólo en casos aislados hay arresto nocturno. “El problema es que esos programas son mal comprendidos porque se ven como salidas alternativas o juicios abreviados. Pero la causa en el Tribunal de Familia no se investiga y no se busca que el hombre efectivamente adhiera al tratamiento”, indica Carola Rivas, trabajadora social del centro.

Casos distintos, mismos factores

Juan creció junto a su abuela en Curicó hasta los doce años, edad en que sus padres se lo llevaron a vivir con ellos y sus cinco hermanos, para que pudiera estudiar en un colegio de Santiago. Desde ese momento, asegura, su vida se llenó de precariedad emocional y económica. Muchas veces vio cómo su madre almorzaba sola en la cocina y cómo su padre le gritaba porque no hacía bien las cosas. Pese a los insultos, nunca se quejó. “Desde la pieza o del patio a veces escuchábamos que la agredía, nosotros nunca vimos nada, pero nos dábamos cuenta igual. Nunca quise a mis padres, cuando se murió mi mamá no lloré y a mi papá casi no lo veo”, recuerda.

Juan egresó del liceo como mecánico en máquinas de coser. No ha parado de trabajar desde que tuvo a su primer hijo de una relación esporádica a los 20 años. “A mí me criaron para ser el proveedor de la casa y por dármelas de campeoncito deje embarazadas a dos chiquillas antes de casarme”, afirma.

Hasta junio de este año los centros han atendido 655 hombres y aunque el tratamiento de reeducación es distinto para cada caso, los especialistas a cargo del programa coinciden en que hay factores comunes que gatillan la violencia física y verbal en algunos hombres. Atilio Macchiavello, sicólogo clínico y psicodramatista, participó en la creación de los Hevpa junto al Sernam hace cinco años, destaca ciertos factores que detonan episodios de violencia de género en algunos hombres.

-Es muy importante la historia de cada hombre. Si vio o fue víctima de abuso o violencia, se naturaliza su uso para resolver los conflictos. También hay que tener en cuenta el contexto, la inequidad social, que las instituciones de justicia sean indiferentes ante este delito. El consumo de sustancias influye, pero no es determinante, influye más el factor situacional, por ejemplo, que bajo presión reaccione agresivamente- detalla Macchiavello.

Sara recuerda que un día en un asado con amigos Juan la interrumpió con una frase: “Qué vas a saber tú de política, si lo único que haces es el aseo”. Sara y los asistentes se quedaron mudos.

Antes de entrar al centro Juan admite haber visto a Sara de manera utilitaria, sólo para servir en las tareas del hogar. Incluso dudaba de que pudiera elaborar opiniones. En las conversaciones con amigos o en lugares públicos, Juan desacreditaba su inteligencia, la hacía callar y se burlaba de su escolaridad incompleta.

-Me gustaba que cuando dijera algo se hiciera. Yo era la voz de mando, sin importar que estuvieran de acuerdo los demás. Acá logré ver ese error. Comprendí que dañas a otras personas y a ti mismo. Lo más valioso es que aprendí a escuchar- enfatiza.

Al centro llegan hombres de todas las edades. Incluso a veces les hacen terapia a padres e hijos. “Esto confirma que el patrón transgeneracional es muy relevante, es donde está arraigada la naturalización de la violencia, las creencias más rígidas en la desigualdad de poder dentro de una relación”, afirma Mauricio Campos, sicólogo del centro del que egresó Juan. Es precisamente este factor el elemento más complejo de trabajar con los hombres durante el desarrollo de la intervención.

La decisión es no recaer

Aunque vivían en el mismo hogar, Juan y Sara estuvieron separados un año completo. Apenas se saludaban en las mañanas. La mujer dejó de dormir en el sillón y construyó un cuarto aparte. El último que llegaba debía encerrarse en la habitación sin decir nada. Mientras menos contacto hubiera, era mejor para ambos: nadie subía el tono de voz y se mantenía la paz en casa. A medida que Juan avanzaba en su terapia, compartir en los espacios comunes se hacía más llevadero. Incluso en ocasiones comentaban las noticias o alguna anécdota ocurrida en el día.

La curva de evolución de quienes asisten a los 15 centros ubicados, uno en cada región del país, es muy similar a la de los programas de rehabilitación de sustancias: hay un hecho que detona la acción, luego se mantiene el uso de ella hasta llegar a una crisis. En ese momento se acercan a pedir ayuda, hay un estancamiento de la conducta y luego viene una recaída. “El hombre no puede dejar de ejercer violencia inmediatamente, así como el adicto no puede dejar de consumir”, indica Escobar, sicólogo del centro.

A los dos meses de intervención, Juan llegó a su casa y le pidió a Sara que conversaran. Se sentaron uno en cada extremo de la cama y se dijeron lo que no habían hablado en veinte años. Juan pudo comprobar que no conocía a quien era la madre de sus tres hijos. Tanto la había invisibilizado que no sabía ni siquiera si le gustaba el color con que se había pintado la casa.

A medida que avanzaban las sesiones, Juan decidió poner en práctica una idea que hacía poco le parecía lejana: tener una nueva pareja. Comenzó a salir con una amiga conocida de la familia. “Me sentía mejor conmigo mismo, había aprendido a escuchar las percepciones de los otros, a no criticar, ni imponer mi opinión”, indica.

Rubén Arenas, coordinador nacional del programa, asegura que cuando los hombres entienden que el sistema social les otorga un privilegio sobre el uso de la violencia en contra de las mujeres, es un síntoma de que “han evolucionado”.

Los especialistas recolectan información en los centros dedicados a las mujeres agredidas con el objeto de encontrar material de apoyo para perfilar a sus pacientes. Esta retroalimentación es fundamental ya que los breves informes provenientes de tribunales y fiscalía dificultan un diagnóstico adecuado, impidiendo detectar el verdadero nivel de riesgo que representan para sus parejas.

Al ver que Juan se transformaba en una persona con quien se podía conversar y que estaba cerca de convertirse en su ex, Sara decidió plantearle la idea de volver a estar juntos. “En ese momento pensaba en que me merecía estar con el padre de mis hijos. Yo lo quiero, pese a todo, no sé si estoy enamorada. Tampoco iba a dejar que otra disfrutara de lo que me había costado años”, recalca Sara.

La pareja volvió a vivir junta a fines del año pasado. Como una manera de simbolizar el cambio y su nueva dinámica familiar, decidieron redecorar el dormitorio que tantas veces fue escenario de sus discusiones. Cambiaron la cama, los veladores y la cómoda. Compraron una pintura del gusto de ambos y pretenden deshacerse de la habitación que usaba Sara cuando se separaron.

Algunas noches revisan los apuntes que Juan tomó durante las terapias y vuelven a ver las películas de las sesiones grupales. Faltan tres meses para que Juan finalice su etapa de seguimiento. Dice que no tiene miedo a “recaer”. “Estoy muy convencido de lo que aprendí. Antes quería ser el mejor en todo, ahora quiero que todos estén mejor”.