Papa EFE

El periodista José Angel González escribe una carta abierta al papa Francisco (publicada en 20minutos.es) luego del anuncio respecto de la prohibición de que las familias puedan esparcir las cenizas de los difuntos o tenerlas en casa,  hecho que podría implicar la negación del funeral al muerto.

“Francisco, Santidad, acabo de leer la muy bien redactada instrucción Ad resurgendum cum Christo (Para resucitar con Cristo), que emitió ayer la Congregación para la Doctrina de la Fe, tu brazo armado y siempre con ganas de ‘sharia’. Como no pertenezco a vuestro club -aprovecho la presente para solicitar la baja, si es que, como humano bautizado contra mi voluntad, aún aparezco en la asientos contables que guardan las identidades de los fieles-, me importa poco que prohíbas aventar las cenizas de los difuntos y restrinjas los enterramientos a las parcelas ‘sagradas’ de los cementerios. Si quiero ser ceniza, es decir, puro residuo potásico, fosfórico y cálcico y deseo ser venteado en tierra, mar, aire o bidonville, no es asunto tuyo, ‘pater’. Me place, según consta en la ‘instrucción’, donde domina más el nervio cuartelero que la modestia del sabio consejo, que tengas tanto miedo a cualquier “malentendido panteísta, naturalista o nihilista” que pueda surgir de la “conversión de las cenizas en recuerdos conmemorativos, en piezas de joyería o en otros artículos”.

Eres el mandamás de un culto que se apropió de todas las ancestrales y comunes ceremonias dedicadas a los dioses infinitos que pueblan los bosques, las aguas, el cielo, la noche, el día y cada rincón invisible para vulgarizarlas y, gracias al Elvis Presley de Galilea, mercadear con éxito universal la religión más sexy y más pop. ¿Te inquietan ahora el vudú, los orixas y el evangelismo? Ya era hora de admitir que aquellas deidades reaparecerán y serán definidas otra vez. La “alta dignidad del cuerpo humano” debería primar también en algún otro instrumental dogmático.

La “alta dignidad del cuerpo humano” a la que dice proteger el nuevo precepto debería primar también en algún otro instrumental dogmático de tu culto, Papa. Merecen esa dignidad, por ejemplo, los adolescentes a los que no dejas usar condón y obligas a jugar a la ruleta rusa del sexo como camino potencial hacia la putrefacción de la carne y el máximo dolor antes de la muerte.

Mi madre guarda en su cuarto las cenizas de mi recién fallecido padre. Estamos a la espera de entregarlas, como él deseaba, a las aguas mansas de la Ría de Arousa -uno de los cinco dedos que, dice la mitología, la mano de Dios dejó marcados en Galicia al descansar tras la Creación-. No vamos a pedir permiso ni a ti ni a nadie al subir a la barca. Haz el favor de no insultarnos con el delirio de “prácticas inconvenientes o supersticiosas”. No es digno de ti, vicario de Cristo”.