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Reunión del Partido Comunista en 1973, poco antes de las elecciones parlamentarias de marzo.

La noche del 10 de septiembre de 1973 en la sede principal del Partido Comunista, en la casona que aún existe en la esquina norponiente de las calles Compañía y Teatinos, a tres cuadras de la Plaza de Armas de Santiago, se reunió de urgencia el Pleno del Comité Central. Orlando Millas, uno de los principales ideólogos del Partido, integrante de la Comisión Política, informó que el golpe era inminente y que se había reducido al mínimo la cantidad de adeptos con que contaba el gobierno al interior de las Fuerzas Armadas. El presidente Salvador Allende estaba aislado, al igual que la UP y la clase obrera.

Luego intervino Mario Zamorano, el encargado de Organización. Leyó una lista con los nombres de los dirigentes que saldrían al día siguiente rumbo a las provincias con la tarea de informar sobre la situación a los comités regionales. Pasadas las 22 horas se puso término al encuentro. En el segundo piso siguieron trabajando los encargados del aparato militar y de inteligencia. En otras dependencias los miembros del equipo de Autodefensa que protegían el local empezaron a destruir papeles y a preparar las escasas armas y artefactos explosivos que se utilizarían en la defensa del recinto si era necesario.

David Canales Úbeda, a los 29 años, era uno de los principales integrantes de la seguridad comunista. Experto en Inteligencia y Contrainteligencia, formado en la República Democrática Alemana, RDA, se especializó en los asuntos más delicados del Partido. Al momento del golpe trabajaba en una oficina al lado del Secretariado, en el local de Teatinos. Recuerda:

Como a las tres me pasaron a buscar Carlos Toro y Mario Silberman. Este último pertenecía a la intelectualidad del Partido que trabajaba en las diversas estructuras del gobierno. Se había levantado la Marina, y la Escuadra –que había zarpado hacia alta mar con la excusa de la Operación Unitas– regresó sorpresivamente y copó Valparaíso y los puertos estratégicos. Fuimos a la sede de Teatinos 416. Allí permanecían varios de los compañeros de Autodefensa y nos pusimos a «limpiar» el local. Les encargué a los viejos que quemaran todo lo que les dejé para quemar. Con Carlos Toro nos dimos unas vueltas en auto y fuimos a hablar con el equipo de Arnoldo Camú, el jefe del aparato militar del Partido Socialista. La reunión se hizo en una casa de ellos y fue muy mala. Estaban en absoluto desacuerdo con nosotros y nos miraron con mucho desprecio. Ellos querían actuar, resistir. Habíamos trabajado muy bien juntos, pero en ese momento tan crítico no estuvimos de acuerdo.

De allí, con Toro nos fuimos a la sede de calle Vergara, donde debía concentrarse la Dirección del Partido. Llegamos como a las 7:30 de la mañana. En el lugar se constituyó la Comisión Política y todo el Comité Regional Capital, que era muy fuerte políticamente, la base del equipo central de organización de todo el país. El secretario era Jorge Muñoz Poutays, un hombre brillante. La Dirección había previsto en las semanas previas que si se producía el levantamiento militar, el local de Teatinos se cerraba definitivamente, se sacaban todas las cosas, se escondía o se quemaba lo que pudiera ser capturado y el punto de encuentro, sólo para tomar las decisiones de último minuto, sería Vergara, el recinto del Regional Capital, a las 9 de la mañana.

Todos llegaron mucho más temprano de lo previsto, ya que nadie durmió. Hubo una reunión formal para hacer entrega del mando del Partido a la dirección clandestina, que ya estaba nominada y preparada para asumir. El compañero Luis Corvalán se expresó muy brevemente y repitió en forma sucinta las instrucciones del Partido.

En Vergara se reunieron los jefes de los comités regionales de Santiago más algunos de provincias que por diversos motivos estaban en la capital. Se pusieron de acuerdo en ciertos detalles y salieron a cumplir lo que había que hacer. La mayoría de ellos eran viejos dirigentes del partido que habían trabajado en el aparato interno durante muchos años. Me refiero a Víctor Díaz, Óscar Riquelme, Mario Zamorano, Rafael Cortez y Américo Zorrilla, entre otros. Eran reconocidos líderes del Partido y conocedores de la antigua clandestinidad. Luego venía un grupo más joven pero muy capaz. Ahí estaban Jorge Muñoz, José Weibel y Mario Navarro, el mejor y más joven de los que dirigían el área sindical.

En esa misma reunión Corvalán corroboró lo que el Comité Central había decidido.

–Nosotros no estamos más que cumpliendo las instrucciones que nos dio la Comisión Política. Vamos a intentar salvar a esta parte de la Dirección dejándola fuera del equipo clandestino. Algunos tendremos que salir del país y otros tendremos que escondernos largo tiempo. Los que dirigen son los compañeros designados por la Comisión Política –dijo.

Y agregó:

–También ratificamos la decisión del Comité Central, que implica que si el golpe tiene las características que parece tener, como lo hemos visto desde hace días, eso indica que no fuimos capaces de atraer a una parte de las Fuerzas Armadas para apoyar a Allende. No somos capaces de resistir a las Fuerzas Armadas unificadas y en plan de guerra. Debemos replegarnos ordenadamente para salvar a la organización de la pérdida y de todas las acciones desmedidas de los golpistas. El Partido pasará a tener un papel más importante, porque va ser el Partido que va a quedar más entero. Vamos a pasar a tener mayor incidencia aún en los acontecimientos durante este régimen fascista que se nos viene encima y obviamente las formas de lucha tendrán que ser distintas. Vamos a partir reorganizando el Partido y daremos una principal importancia a la propaganda y a la difusión de nuestras ideas.

Eran cerca de las 11:30 de la mañana. Se escuchaba el tableteo de las ametralladoras y disparos desde diversas direcciones. La calle Vergara, que une la Alameda Bernardo O’Higgins con el actual Parque O’Higgins, estaba rodeada de unidades militares que se estaban movilizando hacia el centro de la ciudad. Era necesario salir de ese lugar. Alguien me tomó del brazo. Era Óscar Riquelme, que me ordenó:

–Usted maneja. Voy yo, usted y dos personas más. El resto se va por otro lado. Vamos.

Llegamos a su casa, en la calle Santiaguillo, muy cerca de Avenida Matta, en el barrio San Diego. La vivienda era modesta, aunque muy acogedora, típica de un viejo y esforzado trabajador. Riquelme era el jefe de todo el aparato militar y de seguridad del Partido, que vivía ya largos años de opacidad política por obvias razones. Su compañera se metió a la cocina a preparar café y en eso llegó el resto de la gente: Víctor Díaz, Mario Zamorano, Rafael Cortez, Jorge Muñoz, Mario Navarro, Américo Zorrilla y José Weibel. La reunión fue muy breve y ejecutiva. Todo se había discutido muchas veces, estaban todos de acuerdo y tenían claros los papeles que debían cumplir. Don Víctor habló –como siempre– en forma pausada, breve y clara:

–De aquí en adelante la vida va a cambiar. Tenemos que aprender a adaptarnos a las nuevas condiciones. Tenemos que ser muy rigurosos en el cuidado del colectivo y ceñirnos a las reglas que hemos pensado y repensado. Vamos a vivir de manera sencilla para pasar desapercibidos.

Se limitó a nombrar no más de un par de responsabilidades, por cuanto el resto les sería informado privadamente. Repasó el método de funcionamiento; los consejos prácticos para constituir los aparatos especiales: enlaces, infraestructura, distribución de los medios materiales, seguridad; y, los aparatos intermedios: los coordinadores zonales, comités regionales, comisiones nacionales.

Luego repitió algunas normas propias de la clandestinidad:

–Lo que cambia es que nunca más nos reuniremos todos, sino por fragmentos. Tampoco nos vamos a ver siempre, usaremos el sistema de buzones y enlaces. No podemos seguir estando juntos todos los días, pero debemos seguir teniendo relaciones inmediatas, mantenerlas pero sin que sean descubiertas. Cada uno sabe sus tareas. Se acabó la reunión. Ahora, un breve tiempo para que ultimemos detalles bilateralmente y nos retiramos.

Pasaron unos 15 minutos donde se trasmitieron datos de enlaces y buzones.

–Está bueno, despidámonos.

Tras abrazarse, estrecharse las manos y darse algunos palmazos en las espaldas, comenzaron a salir. Yo me paré en el pasillo y los fui revisando uno por uno. Les saqué todo: fotografías, carnets, billeteras, libretas, papeles sueltos y toda identificación o referencia personal. Fue poco agradable. Me miraron hoscos. Uno quería llevarse el carnet del partido como recuerdo, otro quería una foto de su familia. Fui implacable, pero nadie protestó, sólo me miraron feo. Junté todo, lo quemé y lo tiré por el desagüe. Abracé a los últimos con la garganta apretada. Nos marchamos a pie cada uno por una ruta distinta. Sólo don Víctor y don Américo se retiraron en auto. Yo mismo me aseguré de que los vehículos que usamos para llegar fuesen dejados muy lejos del lugar.

Era el comienzo de un largo y muy duro período de clandestinidad.

Adelanto-exclusivo-del-nuevo-libro-de-Manuel-Salazar-portada

Operación Exterminio. La represión contra los comunistas chilenos. (1973-1976)
Carmen Hertz, Apolonia Ramírez
y Manuel Salazar
LOM Ediciones, 2016, 400 páginas